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Capítulo 7
ОглавлениеPASCAL no debería haberse sentido tan satisfecho al ver que Cecilia palidecía.
Pero no se consideraba un buen hombre. Solo lo había sido los meses que había pasado allí, cuando no sabía si sobreviviría. Y al final se había comportado de forma indecente.
–Eso no sucederá –contraatacó Cecilia. Sus labios habían perdido el color.
Tenía los puños cerrados en el regazo y se había inclinado hacia él como si fuera a pegarle.
Y él casi deseó que lo hiciera.
–Sucederá si quiero que suceda –afirmó él con total seguridad y sin compasión–. Soy rico, cara. Y te guste o no, la riqueza es poder, incluso en este valle perdido. ¿De verdad crees que me ganarías en los tribunales?
–¿Ahora vamos a ir a juicio? –preguntó ella con la voz más débil y el rostro más pálido.
Casi sintió pena de ella. Pero llevaba allí demasiado tiempo sin nada que hacer, salvo sopesar todas las posibilidades, y había llegado a la conclusión de que solo había una; solo un posible final que daría a los dos lo que deseaban. Tal vez a él más que a ella, pero ella le había ocultado la existencia de su hijo.
Cecilia aún no había llegado a la misma conclusión. Y a él le complacía tener la oportunidad de darle una lección mientras ella aceptaba la única solución posible.
Sobre todo, porque su imagen lo seguía persiguiendo, a pesar de saber lo que le había hecho y a pesar de haberle impedido conocer a su hijo. Eso no parecía importar cuando soñaba con su dulce boca, su cabello del color de la miel y con sus ojos de un imposible color violeta, que, sin embargo, era totalmente natural.
Esa noche vestía como la mujer con la que le hubiera gustado tener una cita, mientras dedicaba todas sus energías a buscar esposa. Esa noche no parecía una limpiadora.
En los días anteriores se le había ocurrido que había sido incapaz de encontrar la esposa perfecta porque ya la había hallado.
Le había pedido que se casara con él, y ella se había negado. Había sido lo mejor porque le había dado tiempo a entender que su reacción al ver a Dante en el campo había sido solo eso: una reacción.
Y había esperado. Y se había prometido a sí mismo, según pasaban los días, que se casarían, tal como deseaba, y que ella pagaría.
Y lo haría una y otra vez, hasta que él estuviera satisfecho.
Y raramente lo estaba.
–Haré todo lo que tenga que hacer –afirmó con una intensidad que percibió que la estremecía–. Si me siento compasivo, te dejaré que vayas a Roma y lo veas un fin de semana al mes, tal vez dos.
–Un fin de semana al mes… –comenzó a decir ella.
Pero tragó saliva y se calló. Después parpadeó con tanta rapidez que él pensó que trataba de contener lágrimas de frustración.
–Te he pedido que vinieras esta noche para hablar de lo que sería mejor para Dante –dijo ella al cabo de unos segundos–. Y había aceptado que eso sería que desempeñaras el papel de padre.
–Soy su padre, no debo desempeñar ningún papel. Es un hecho.
–Pero no pareces tener idea de lo que es bueno para él, o no plantearías esas cosas.
Volvió a tragar saliva con dificultad. Y Pascal se sintió fascinado por lo agitada que estaba, a pesar de la calma que fingía.
–Por si no lo recuerdas, soy la mujer a la que hiciste toda clase de promesas, que incumpliste al desaparecer. No tengo motivos para suponer que no harás lo mismo con mi hijo. Y en lugar de dejarme tiempo para solucionar esto…
–Has tenido seis años.
–…has decidido recurrir a la prepotencia.
Ya no estaba tan calmada. Él observó que el color le había vuelto a las mejillas y que sus ojos lo miraban airados. Seguía con los puños cerrados en el regazo. Parecía muy agitada.
«Estupendo», pensó.
–Tienes dos opciones: una es aceptar que ya no tienes capacidad de decisión y que no verás al niño o que lo harás cuando yo quiera.
–Eso es imposible, evidentemente –afirmó ella con voz temblorosa. ¿Cuál es la otra?
–Ya te lo he dicho –dijo él sin ocultar su satisfacción–. Cásate conmigo y lo verás todo lo que quieras.
Ella se levantó de un salto y a Pascal le dio la impresión de que iba a lanzarse sobre él, y se preparó para el impacto. Pero ella se acercó a la chimenea y cruzó los brazos, como si quisiera sostenerse. Pascal se quedó donde estaba y esperó a que llegara el final de la partida.
O a que ella volviera a mirarlo.
Ella habló con la vista clavada en el fuego.
–No entiendo por qué quieres casarte con alguien de quien tienes tan mala opinión –dijo con voz apagada.
Pascal se encogió de hombros.
–Sea cual sea mi opinión sobre ti o sobre las discutibles decisiones que has tomado, es evidente que has sido una excelente madre para mi hijo. Está sano y es feliz, tal como me habías dicho.
Como si Cecilia no supiera que él, por supuesto, había vuelto a ver al niño sin su permiso. Que ella se lo hubiera negado no era su problema. Se había mantenido a distancia del niño, no por obedecer las órdenes de su madre, ni de nadie, sino para no asustar a su hijo.
Esperaría a que ella se lo presentara y después haría lo que le diera la gana.
Cecilia esperó como si creyera que él iba a añadir algo más. Como no lo hizo, dijo:
–Eso no explica que te quieras casar conmigo.
Él recordó el momento en el campo en que había sentido una añoranza que hacía tiempo había descartado. Porque él era Pascal Furlani, no un ser blando y emotivo. Había sido una reacción a la sorpresa, eso era todo.
Hacía tiempo que nadie lo sorprendía.
Pero había tenido muchos días para acostumbrarse a ese giro de su vida. Lo único que importaba era que tenía un hijo. Y su hijo se merecía una familia, así que podía casarse con su madre o con otra mujer, le daba igual, pero iba a darle una familia a Dante.
En cualquier caso, el niño pasaría las siguientes Navidades con su padre, con el padre que los miembros del consejo de administración de su empresa no creían que pudiera ser.
–Soy profundamente antirromántico –esperó a que ella se girara levemente para volver a mirarlo–. Mi madre se pasaba mucho tiempo hablando de su gran aventura amorosa. Ensombreció mi vida. Y te puedo asegurar que el amor no tuvo nada que ver con aquella aventura.
Vio que ella reflexionaba sobre sus palabras.
–Así que me propones un matrimonio solo de nombre.
Pascal observó un leve brillo de esperanza en sus ojos.
Tal vez por eso se echó a reír.
O tal vez fuera porque era un canalla.
–No necesito que estés enamorada de mí, si te refieres a eso –dijo. Estaba disfrutando mucho–. Yo no soy capaz de amar, pero necesito una esposa. Llevo buscándola un tiempo. El problema es que no exijo que no haya ni la más leve sombra de escándalo asociada a ella.
–Yo soy la mujer que más escándalo ha provocado en el pueblo –afirmó ella con la esperanza de que eso la descalificara–. Es evidente que no soy la mejor opción para un hombre de tu… talla.
–Yo soy tu único escándalo – afirmó él. Y al distinguir un brillo calculador en sus ojos volvió a reír–. No te molestes en decirme lo contrario. Según todas mis fuentes, dentro y fuera de la abadía, yo he sido tu único error, lo que hace que seas perfecta para mis propósitos.
–Te aseguro que no quiero tener nada que ver con lo que denominas perfección.
–Puedes elegir, cara. Que no se diga que no soy magnánimo.
Pareció que ella iba a estrangularlo, lo que a él lo excitó instantáneamente.
–Sí, «magnánimo» es precisamente la palabra que habría elegido para describirte.
–Si decides casarte conmigo me harás un favor –prosiguió él, casi con alegría–. Me ayudarás a crear un encantadora apariencia de familia feliz para debilitar los argumentos de mi consejo de administración. Ya conoces a dos de sus miembros. Se dedican a conspirar contra mí, y que esté soltero y sin ataduras no contribuye a congraciarme con ellos. No voy a decirte que vaya a perdonarte lo que me has hecho, pero confío en demostrarte mi enorme gratitud.
Podría haberle dicho también que esperaba que Dante tuviera la familia que él no había tenido, pero no lo hizo.
–Tu gratitud –repitió ella–. O sería mejor decir que a lo que debo aspirar es a tu gratitud en potencia.
–Eso o a un fin de semana al mes, supervisado, por supuesto. Los progenitores que no tienen la custodia son famosos por desaparecer con sus hijos.
–¿Y si no te creo? –preguntó ella al cabo de unos segundos. Él notó que intentaba no perder la compostura–. ¿Y si pienso que solo tratas de intimidarme?
–Un niño de cinco años es capaz de superar la adversidad –afirmó él con su crueldad habitual–. Estaría bien que estuvieras presente cuando conozca a Dante. Estaría bien que organizaras el encuentro, pero no es necesario, Cecilia. Yo en tu lugar no lo olvidaría.
–¿O qué? –preguntó ella, airada–. ¿Me lo vas a robar para llevártelo a Roma?
–Sí, sin pensármelo dos veces.
Ella lo miró consternada.
Y ella era su fantasma, en otro tiempo su ángel. Pero eso no lo ablandó. Al contrario. Que hubiera creído que sentía algo por ella durante tantos años hacía más dolorosa su traición. La miró, implacable.
–¿Mamá? –la vocecita llegó de una puerta detrás de Pascal–. He oído voces.
Pascal se puso tenso y escudriñó el rostro de Cecilia. Y notó que ella contenía el deseo de decir al niño que volviera a la cama, de mantenerlo oculto un poco más, por fútil que fuera el gesto.
Creyó ver un brillo de desesperación en sus ojos, solo un destello, pero fue suficiente para que él se sintiera avergonzado.
Pero ella sonrió abiertamente, como si en sus ojos solo hubiera habido luz y dulzura.
–Ven, cariño –dijo tendiéndole la mano–. Tienes una visita especial.
Pascal se quedó inmóvil mientras oía los pasos del niño. Después observó que Dante, de mejillas sonrosadas y cabello negro revuelto, rodeaba el sofá, se dirigía a la chimenea y tomaba la mano de su madre.
Después lo miró con ojos somnolientos.
Unos ojos que eran negros como los suyos, con un círculo oscuro en torno al iris que él pensó que, si pudiera verlo más de cerca, sería del color violeta de los ojos de su madre.
Fue como una ataque cardiaco, pero sin dolor. Solo lo dejó petrificado.
Conocía a aquel niño. La forma del rostro era la misma que la suya. La nariz era la de su propia madre. Y también veía a Cecilia en él.
No se le había ocurrido que los niños fueran los verdaderos fantasmas, retazos del pasado renovados, pero sin interés alguno por los que se habían ido antes que ellos.
A Pascal le pareció que se había caído, aunque seguía sentado en el mismo sitio. Sintió lo mismo que había experimentado en el campo, pero aumentado, ya que ahora su hijo se hallaba frente a él y lo miraba.
Pascal nunca había entendido a su padre ni las decisiones que había tomado. Pero en aquellos momentos que transcurrían tan silenciosa y tranquilamente, a pesar de la cacofonía que había en su interior, lo entendió aún menos.
Que su padre hubiera abandonado a su hijo carecía de toda lógica.
–Dante –dijo Cecilia en voz baja pero alegre, como si fuera lo que había estado planeando desde el primer momento.
Y Pascal dejó de pensar en ese hombre cobarde e inútil con el que solo compartía la biología.
–Te presento a tu padre.
El niño lo miró con solemnidad durante unos segundos.
–Vale.
Después bostezó de forma que parecía que se le iba a romper la mandíbula y, sin mirar de nuevo a su madre ni a su flamante padre, se volvió a la cama.
Se casaron a la semana siguiente con una licencia especial.
Pascal se hallaba ante el mismo altar en el que había descubierto la existencia de una niño que lo había cambiado todo. Dante, su hijo, pensó con orgullo, se hallaba a su lado, con aspecto solemne y vestido con sus mejores galas.
Dante lo miró muy serio. Pascal le puso la mano en la cabeza sin pensarlo y experimentó una inesperada sensación de dulzura al ver cómo se le ajustaba la palma a la cabeza del niño.
Como si los hubieran diseñado para encajar de aquel modo: padre e hijo.
Se dijo que por eso casi se había emocionado cuando las monjas, sentadas en los bancos, comenzaron a cantar una versión de una marcha nupcial.
Entonces apareció Cecilia al principio de la nave. Y Pascal la miró.
No era feliz con él. No lo había ocultado en los días transcurridos entre aquella noche en que finalmente había aceptado la realidad y aquel momento.
–Lo que me preocupa es cómo va a vivir Dante todo esto –había dicho esa noche, después de que el niño se hubiera ido a la cama–. Se acaba de enterar de que eres su padre. No sé qué le va a parecer que me case con un desconocido.
–Los niños tienen una gran capacidad para recuperarse –afirmó Pascal con despreocupación.
–¿Y eso lo sabes por tu experiencia en criarlos?
–Si me falta esa experiencia, ¿de quién es la culpa, Cecilia?
Y ella había palidecido, pero no se había dado por vencida.
–Dante es más frágil de lo que parece.
–Si los niños no fueran fuertes, ni tú ni yo estaríamos aquí.
Ella había lanzado un tembloroso suspiro.
–No creo que debamos basar nada en tu infancia o en la mía. De hecho, me parece que lo mejor que podemos hacer es pensar en nuestra infancia y llevar a cabo justamente lo contrario.
Cecilia decidió que le dirían juntos que se iban a casar, haciendo un frente común siempre y en todo, insistió, si querían que aquello funcionara. Pascal no le recordó que ya no controlaba las condiciones ni ninguna otra cosa. Suponía que ya lo tenía claro.
–Y por funcionar –le espetó ella a la mañana siguiente, cuando él llegó a la hora convenida– no me refiero a que lo haga como a ti te satisfaga, sino a que sea lo mejor para Dante. Porque solo se trata de él.
–¿De qué otra cosa se iba a tratar? –preguntó él en un tono tan suave que ella se sonrojó.
Cuando le contaron a Dante sus planes, el niño sonrió.
–¿Vamos a ser una familia? Todos los demás niños tiene una.
–Sí –dijo Cecilia–. Seremos una familia. Viviremos bajo el mismo techo, pero no aquí. Vamos a trasladarnos a Roma, donde vive tu padre.
El niño parecía más preocupado por el camión de juguete con el que no dejaba de golpear la pata del sofá que por la conversación.
–La madre de Paolo me ha hablado de Roma –dijo–. Es de allí. Puedes tomarte un helado cuando quieras, no solo cuando los hace la cocinera de la abadía.
–Ya lo has visto –Pascal murmuró–. Ha sido muy fácil.
Ella le lanzó una mirada asesina.
Y a él le había parecido divertido.
Ella no puso objeciones para que Pascal estuviera el mayor tiempo posible con Dante el resto de los días hasta la boda. Lo cuidaba. Y él no se molestó en decirle lo que pensaba con respecto a que la futura señora Furlani se pasara los días limpiando, porque le quedaban muy pocos allí. Le daba igual que quisiera pasarlos fregando de rodillas en suelos de piedra.
Uno de esos días, ella lo halló en su habitación atendiendo al trabajo que se le amontonaba en el portátil. Él oyó un leve ruido, alzó la cabeza y allí estaba ella, en la puerta y con la fregona en la mano.
Y durante unos segundos fue como si hubieran retrocedido en el tiempo. A él se le ocurrió la extraña idea de que si se miraba se vería lleno de vendas, como cuando había llegado allí por primera vez; como si el accidente acabara de suceder.
Como si pudieran repetir su historia. Apartó ese pensamiento inmediatamente de su cabeza.
Y supo que ella estaba pensando lo mismo, a juzgar por la afligida mirada de sus hermosos ojos violetas.
Sus ojos fueron lo primero que había visto al despertar de la operación que le había salvado la vida. Esos ojos se habían abierto paso en la confusión de su cerebro y lo habían tentado a volver al mundo de los vivos.
Y esos mismos ojos se burlaban de su afirmación de que estaba allí solo por el niño.
Pero prefirió no analizarlo.
–Dante está haciendo un buen papel –dijo ella al cabo de unos segundos–. Pero, antes o después, todo esto acabará por caerle encima. Espero que estés preparado. Es un niño obstinado, que a veces me vuelve loca. Dudo que tu vida pueda adaptarse a un niño tan activo.
–Lo bueno de mi vida es que se adapta a mí, por lo que se convierte en lo que quiero.
–Y eso lo dice alguien que no tiene ni idea de lo que hablo. Y, en efecto –prosiguió antes de que él volviera a recordarle por qué carecía de experiencia en ese campo–, es culpa mía. Pero eres tú quien ha lanzado un ultimátum, no yo.
Pascal sabía que se refería a que era él quien insistía en casarse y que la presionaba con el niño para que accediera. Suponía que debería sentirse culpable, pero lo extraño era que tenía la conciencia tranquila.
–Tengo dinero en abundancia –afirmó él. Sonrió al ver que ella ponía los ojos en blanco–. No estoy alardeando. ¿Sabes lo que el dinero puede comprar? Niñeras, tutores, un ejército de personal preparado para cuidarlo. Todo lo que sea necesario para que la transición sea lo menos dolorosa posible para Dante. Y para mí.
–Pero no para mí, claro. ¿No te preocupa cómo sea la transición para mí?
–No especialmente.
Ella se pasó la lengua por los dientes.
–¿Qué esperas que haga?
Pascal la examinó durante unos segundos.
–Supongo que podrías fregar el suelo de mi casa, si te apetece, pero a mi ama de llaves no le gustaría.
Los ojos de ella relampaguearon.
–Fregar suelos no es vergonzoso.
–En general, no. Pero estamos hablando de la esposa de Pascal Furlani, no de una madre soltera anónima de un lejano pueblo de montaña.
Y no tenía intención de decirle que su forma de fulminarlo con la mirada lo incitaba a seguirla pinchando.
–Habrá determinadas expectativas sobre nosotros.
–Querrás decir que las tienes tú.
–Sí, claro, pero, por desgracia para ti, no solo yo.
Y si no estaba a la altura la ataría desnuda a su cama. No lo dijo en voz alta, pero tuvo que cambiar de postura para que ella no notara lo que estaba pensando.
–En primer lugar, deberás tener un guardarropa adecuado. Después tendré que enseñarte a desenvolverte en sociedad, a guardar las apariencias, ya me entiendes.
–¿Bromeas? No perteneces a la realeza. Eres un empresario.
–Hay muchas cosas que he aprendido a base de errores –dijo Pascal en voz queda–. Me da igual que no quieres aprovechar mi experiencia. Puedes convertirte en un espectáculo, si es lo que quieres. Te lo permitiré.
–¿Te sentirás avergonzado? –preguntó ella con frialdad–. Porque, si es así, me atraería.
–Yo puedo enfrentarme a la vergüenza. Pero ¿y Dante? Los niños pueden ser muy crueles.
Y había sonreído cuando ella se marchó por el pasillo golpeando con fuerza sus instrumentos de limpieza.
Él no veía el momento de que llegara el día de la boda.
–Creía que me daría usted un sermón –le dijo a la madre superiora ese día, que había ido a verlo, una vez vestido.
–¿Crees que serviría para algo? –le preguntó la anciana mirándolo con astucia–. ¿Me harías caso?
–Se lo hice la última vez –le recordó mientras se dirigían a la iglesia–. ¿Por qué no iba a volver a hacerlo?
–Hiciste caso a tu miedo, hijo –dijo la monja mientras llegaban a la puerta–. Yo solo fui un catalizador. Y te agradecería que recordases, cuando el miedo vuelva a susurrarte al oído, que hizo que te quedaras solo.
–Pero también me hizo muy rico –observó él con sequedad.
–La abadía espera que nos hagas una generosa donación –contestó ella de forma cortante.
Pascal no sabía por qué estaba recordando los comentarios de una monja anciana en un momento como aquel, en que estaba en la iglesia y Cecilia se le acercaba flotando como en uno de esos sueños que lo habían perseguido los años en que habían estado separados.
Llevaba un vestido de color crema y un velo.
Una vez lo había salvado; después lo había traicionado. Ahora iba a casarse con él, y pensó que la boda equilibraba la balanza.
Y la equilibraría más aún el lecho conyugal.
Ya la había besado larga y concienzudamente en aquella misma iglesia, sin que le hubiera caído un rayo encima. No era probable que pensar en su unión marital fuera a hacer temblar los muros que los rodeaban.
Ella llegó a su lado y él la tomó de la mano.
Y sucedió.
El cura fue rápido, mientras las monjas murmuraban con aprobación.
Pascal dijo «sí, quiero» en un tono tan alto que se podría haber oído en la habitación del hospital a la que no pensaba volver.
Cecilia lo hizo de forma más mesurada, pero lo dijo. No tartamudeó ni esperó unos segundos para crear suspense.
Y llegó el momento en que él le alzó el velo y se lo retiró del rostro.
Experimentó algo parecido a la furia, hasta que se dio cuenta de que no era furia, sino una sensación de triunfo.
Y era por ella, no por el niño.
Pero se negó a analizarla.
Besó a Cecilia con toda la pasión acumulada a lo largo de los años en que ella le había ocultado a su hijo y los días en que lo había obligado a cumplir penitencia en el hospital. La besó profundamente, sin importarle que las monjas se sintieran incómodas.
La besó hasta que no cupo duda alguna de que estaba reclamando lo que era suyo.
Y cuando alzó la cabeza, ella se tambaleó, aturdida.
Eso también le supuso una victoria.
Dante salió corriendo delante de ellos hacia la puerta. Pascal tomó a Cecilia de la mano y fueron tras él, mientras se apoderaba de él un instinto primitivo: su hijo, su esposa.
Su familia, por fin.
–Quiero que te quede clara una cosa –dijo su flamante esposa cuando salieron. Hacía una mañana de diciembre fría pero soleada.
Cecilia no se estremeció. Lo miró mientras Dante corría alrededor del coche de Pascal, que los esperaba.
–Creo que nunca he tenido las cosas más claras, cara –afirmó él.
Ella lo miró a los ojos y le sostuvo la mirada mientras alzaba la barbilla.
–Me has obligado a hacer esto, y lo he hecho por Dante. Pero debes saber que da igual que me beses así. El matrimonio no se consumará.
Pascal rio.
Le acarició el rostro y le sonrió, porque sabía cómo conseguir lo que deseaba, y lo haría. Siempre lo hacía.
–Mi querida esposa –dijo saboreando las palabras, al igual que el temblor de ella.
Estaba seguro de que era la furia la que la hacía temblar. Y eso también le gustó.
–Me suplicarás.