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2.6.1 Las crisis y sus cauciones

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En cualquiera de sus formas -es decir, vista como tradicionalismo o conservadurismo, como apego o como cobardía-, la resistencia al cambio es pensada negativamente. El cambio es postulado como un riesgo preñado de posibilidades. Esta aseveración es parte de un sentido común largamente elaborado, que justifica el régimen de contratación flexible americano, en contra de los modelos de trabajo un poco más atados a legislaciones protectoras de derechos de Alemania y Francia.

El horizonte del trabajo está lejos de ser fijo, siquiera estable. No sirve de norte ni de orientación; es mutable. La condición subjetiva necesaria es la adaptación, pero esta implica que los objetivos, que las directivas, sean de los otros; que haya poco margen de organización o control del entorno. Es una suerte de intemperie existencial. Todo puede perderse. Por eso, la actitud “saludable” es no apegarse. Las problemáticas subjetivas más frecuentes que se suscitan bajo estas circunstancias son la angustia y la ansiedad, los consumos compulsivos y la sensación de vacío existencial.

Pero el contexto de competencia furiosa no da demasiados permisos y la continua exigencia, bajo estos parámetros, puede volverse cada vez más perjudicial. El stress continuo puede desembocar en burn out o en depresión, o hacer añicos la vida familiar. El sujeto se percibe como “insuficiente”: la vara está demasiado alta y no llega a transpasarla, y el exceso de acción se revierte en inacción. Las versiones más humanizadas del management – o más eficientes, pues buscan reducir estos daños - postulan un cierto equilibrio y recomiendan prácticas de relajación y armonización, como el yoga. El modelo de la competencia se quiebra si no hay un sujeto capaz encarnarlo.

La organización desterritorializada

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