Читать книгу Regulación del trabajo y Política económica. De cómo los derechos laborales mejoran la Economía - Adrián Todolí Signes - Страница 7
II Origen y evolución del derecho del trabajo 1. LA DISOCIACIÓN ENTRE TRABAJO Y COMERCIALIZACIÓN DEL RESULTADO DEL TRABAJO
ОглавлениеA lo largo de distintas épocas históricas existen grandes diferencias sustanciales en la formulación jurídica de las relaciones de trabajo. Así, se pueden identificar tres grandes modelos de adjudicación de los resultados de trabajo1.
Durante el periodo de la Grecia y Roma Clásica2 el uso más extendido para obtener fuerza de trabajo era el del trabajo esclavo. Aquí, las personas eran consideradas cosas pertenecientes al propietario del esclavo. El que detenta la propiedad de la persona esclava es dueño a su vez de su fuerza de trabajo y recibe los frutos del trabajo de éste. En este periodo también existen, en menor medida, los libertos –trabajadores libres a cambio de un salario– y propietarios agrícolas3.
A lo largo de la Edad Media las relaciones de trabajo están basadas en la servidumbre. En este sistema feudal el señor de la tierra adquiere la potestad de beneficiarse de los frutos obtenidos no solo de la tierra sino del trabajo de aquellos que la habitan4.
Adicionalmente, en esta época también existían los gremios de artesanos y otras profesiones “libres”. Profesiones, y prestaciones de servicios, fuertemente regulados por los gremios, que prestaban servicios directamente para el mercado. A su vez, dichos profesionales tenían asalariados y aprendices a su cargo5 que, en cualquier caso, se mantenían a pequeña escala.
En la Edad Moderna, por primera vez, el trabajo a través de la servidumbre y la fuerte regulación gremial irá reduciéndose, dando paso a otro tipo de fórmulas para la prestación de servicios con relativa libertad6. En esta época crecerá el número de profesionales liberales, artesanos y agricultores dueños de su propia tierra que producen bienes y servicios con sus propios elementos productivos –herramientas y talleres propios, sus propias tierras– y los venden directamente al consumidor final. No obstante, esta conjunción, en la que el trabajador era propietario de los medios de producción necesarios y, además, comercializaba su propio producto, era relativamente ineficiente. Aunque los mercados fueran relativamente locales, y cercanos a la producción, acudir al mercado a vender la producción, o simplemente el excedente agrícola, implicaba perder días de trabajo en la agricultura o de producción en la artesanía.
Así, poco a poco, derivado de las economías de escala y del principio de especialización, durante la Edad Moderna, los comerciantes o “empresarios” crecen en importancia. Estos comerciantes se dedicaban a realizar pedidos y encargos a los profesionales “libres”, artesanos y agricultores, para posteriormente negociar con esos productos en el mercado. Como se ve, en esta época, se separa, por un lado, la producción y, por otro, la comercialización. Los artesanos dejan de tener contacto directo con los clientes finales y, en muchos casos, dejan de tener poder suficiente para negociar el precio de su servicio –derivado de la falta de contacto con el cliente final–. Con el tiempo, estos comerciantes acabarán incorporando la manufactura y producción a su estructura de negocio creando factorías7.
Esto no significa que los comerciantes tuvieran siempre la “sartén por el mango” a la hora de fijar las condiciones de trabajo de los artesanos (precios, plazos de entrega, forma de trabajar). Los gremios conseguían mantener una especie de monopolio u oligopolio sobre la producción determinando cuantos artesanos tenían “autorización” para producir y reglamentaciones sobre cómo se debía producir. Esto implicaba que los artesanos, gracias al gremio, tenían un relativo poder de negociación frente al comerciante ya que la asociación podía imponer “sanciones”, más sociales que administrativas, a aquellos artesanos que hicieran competencia desleal vía precios sobre los productos vendidos. De esta forma, el gremio podía fijar condiciones mínimas a los comerciantes para comprar los productos que pretendía revender, además, de que mantenía un control férreo sobre el número de comerciantes que accedía a los conocimientos necesarios –formación– para desarrollar los productos lo que equilibraba el poder de negociación entre trabajadores/productores y comerciantes.
Posteriormente, con la revolución liberal se desregularizan los gremios hasta la desaparición casi total de estos. La fuerza de trabajo pasa, pues, a instrumentalizarse a través del contrato civil de arrendamiento de servicios. Con ello, se juridifica, mediante valores liberales, la apropiación de los frutos del trabajo por parte del contratista. La impregnación de los valores liberales en esta forma de contratación se manifiesta principalmente por la desregulación y la primacía de la voluntad de las partes en su articulación8.
De esta forma, con la Revolución Industrial se pasa de un sistema de trabajo basado en la propiedad de la persona –primero mediante esclavismo y después mediante la sujeción a la tierra– a otro en el que la fuerza de trabajo está, principalmente, a la “venta” bajo condiciones de mercado. El trabajo puede ser libremente comprado y vendido por las partes, ofertado y demandado como un producto más sin diferenciar su régimen jurídico de otros bienes o cosas.
Así, durante la segunda mitad del siglo XVIII y a lo largo del siglo XIX, el trabajo es considerado una mercancía más con la que operar. Los economistas de la época, como Thomas Malthus (1766-1834), llegan incluso a observar la directa conexión entre la vida de las personas y el mercado de trabajo. En este sentido, este autor sostiene que el nivel “natural” de los salarios es el nivel de subsistencia, dado que si los salarios reales se encuentran por encima del nivel de subsistencia eso aumentará la población, lo que incrementará la demanda de comida provocando un aumento de los precios que a su vez devolverá los salarios reales de nuevo al nivel de subsistencia9. También David Ricardo (1972-1823) considera que los salarios deben equivaler a lo necesario para el “mantenimiento” del trabajador, esto es, lo necesario para “subsistir y perpetuar su raza”10. Con estas ideas imperantes en la época carecía de sentido cualquier tipo de regulación: el mercado lo resuelve “todo”, incluso aunque ello sea a costa de hambrunas y muerte.
En fin, en esta época se generan las condiciones sociales, ideológicas, políticas y económicas que dan como resultado un contexto propicio para el nacimiento del Derecho del Trabajo en su etapa inicial.