Читать книгу Ganar sin ganar - Andrés Dávila Ladrón de Guevara - Страница 19

Colombia vs. Camerún (1-2) (Redín, Milla, 2)

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El primer tiempo mostró a una selección Colombia, más agresiva y más decidida, que llevó la iniciativa. Hasta el minuto 20, fue clara dominadora, con buen manejo del balón, aunque con dificultades para superar la poblada defensa del equipo africano, principalmente de tres cuartos de cancha hacia adelante. Hubo dos llegadas claras: una, al minuto 7, por pase al vacío de Fajardo a Estrada que este no supo resolver frente al arquero. La otra, al minuto 22, una llegada por el costado derecho, pase de Estrada a Fajardo quien, dentro del área, levanta con la derecha y saca el zurdazo que lame el vertical derecho. De allí al minuto 33, Camerún se sacudió, se acercó tímidamente, impuso su estilo violento, que tanto éxito tuvo contra Argentina, y aprovechó las erráticas entregas de Colombia. Higuita tuvo que salir de su área a solucionar problemas, detuvo un golpe de cabeza suave de Oman Biyik. Sobre el minuto 30, este jugador se escapó en contragolpe, dentro del área se frenó e hizo el pase atrás para el remate franco, pero desviado, de Makanaki. Después del minuto 35, Colombia recuperó el manejo del balón y del partido. Se acercó con un centro de “Chonto” Herrera que no capitalizaron ni Rincón ni Estrada. Después intentó de pared y los cameruneses recurrieron al juego fuerte. El primer tiro libre muy cerca al área lo cobró Estrada, pegó en la barrera y el rebote lo recibió incómodo el mismo jugador, quien disparó para la atrapada de N’Kono. El siguiente tiro libre, más alejado y del otro costado, lo cobró Andrés Escobar. Volvió a pegar en la barrera y salió al tiro de esquina. De este resultó un golpe de cabeza forzado y desviado del mismo Escobar. En otra ocasión se acercaron Fajardo, Valderrama y Rincón, este último fue quien disparó incómodo y desviado. En el último minuto hubo falta sobre Gildardo Gómez. El árbitro amonestó por fin a un jugador camerunés, luego de repetidas faltas. “Barrabás” le pasó suave el balón a Rincón, quien estrelló un violento disparo en todo el vértice derecho del arco defendido por N’Kono. El rebote quedó para los colombianos y la primera parte concluyó cuando pasaban por su mejor momento.

Para el segundo tiempo, ambos conjuntos comenzaron con la misma nómina. No obstante, Camerún salió con mayor disposición ofensiva. En los primeros minutos, se adueñó del partido y llegó con algún peligro, hasta que el equipo colombiano se acercó con un disparo de media distancia de Andrés Escobar que hizo estirar a N’Kono. Desde ese momento, el partido fue de toma y dame, con lapsos breves de no más de cinco minutos a favor de uno u otro equipo. Al minuto 9, ingresó Roger Milla, el veterano centro delantero. Pocos minutos después, entró Amoldo Iguarán en Colombia, en sustitución del “Bendito” Fajardo. Como ambos equipos habían sumado hombres al ataque, cada recuperación del balón por el equipo contrario se transformaba en un contragolpe peligroso. En esta labor, mostró gran precisión y rapidez el equipo africano. Con cambios de frente y triangulación, rápida rompieron repetidamente el pressing colombiano y los achiques que siempre habían sido efectivos.

Aunque cerca de siete veces quedaron en fuera de lugar, los balones cruzados a la espalda de la línea defensiva o en la mitad de los dos centrales desnudaron problemas frente al perfecto trabajo defensivo del primer tiempo. Igualmente, balones colocados entre los dos volantes defensivos y los dos centrales complicaron a la defensa, que perdió lentamente precisión en sus movimientos. Una llegada franca de Oman Biyik, que disparó desviado ante el achique de Higuita, y un disparo cruzado de Milla fueron las jugadas de mayor peligro. Camerún mostró conocimientos tácticos y virtudes técnicas para contrarrestar a Colombia, que desvirtuaban por completo la supuesta superioridad nuestra. Eran dos equipos muy parejos, en la confrontación vencería el que primero clavara la estocada o aprovechara el error.

En ataque, Colombia se acercaba con cierto peligro, pero no definía. Siguió sin aprovechar los tiros libres repetidos y las faltas reiteradas minaron el físico de sus atacantes. Valderrama, perseguido por toda la cancha, perdió precisión Y desapareció por ratos del partido, pero cuando logró hilvanar jugadas, fue importante. El acompañamiento de Leonel, con sus piques a zona libre, la distribución pausada de “Barrabás” y las incursiones de los marcadores, en especial del “Chonto” Herrera, fueron las fórmulas para suplir a Valderrama y al intermitente Fajardo. El ingreso de Iguarán le dio proyección al equipo, le permitió abrir la cancha, acelerar y distraer de tres cuartos de cancha hacia adelante. En cuatro ocasiones, Iguarán produjo zozobra con sus veloces incursiones y con centros pasados. Sin embargo, el gol no se concretó.

Del minuto 22 al 33, Colombia pasó su peor bache. Luego de que el débil árbitro italiano le perdonó la expulsión al número 8 de Camerún, en una falta alevosa sobre Luis Carlos Perea, al combinado nacional se le perdieron los papeles. Una falta no cobrada sobre Estrada produjo casi inmediatamente la respuesta necesaria de Perea para detener a Milla, quien ya había mostrado su contundencia. Pocos segundos después, una mano de “Barrabás” le significó la tarjeta. A pesar de que los africanos habían casi cometido el doble de faltas y merecido por lo menos una tarjeta roja, las faltas de los colombianos implicaban inmediatamente la tarjeta amarilla. Nuevamente se favorecía la táctica de ablandamiento del equipo africano. En Camerún salió Makanaki, un volante de manejo y pases precisos y punzantes. Fue reemplazado por Djondip, de similares características. Sobre el minuto 33, en Colombia ingresó Redín por “Barrabás” Gómez. El volante de marca amonestado fue reemplazado por un volante de creación. El equipo retomó las riendas, luego de un momento de confusión, entregas erráticas y adornos innecesarios. y produjo cinco minutos finales en los que reeditó los méritos para ganar el partido. Pero, en este momento, la displicencia y la falta de puntería e inspiración fueron los factores que lo impidieron. Estrada y Redín se acercaron al borde del área, se frenaron, se devolvieron y terminaron perdiendo la pelota en más de dos ocasiones. Ninguno se atrevió a disparar de media distancia, ninguno quiso meterse al área. Preferían frenar y encarar. En dos ocasiones Iguarán buscó la fórmula de gol, pero no estaba en su época goleadora. Cabeceó un centro de Herrera, fuerte al piso como él sabe hacerlo, pero le salió un remate a la mitad del arco y allí estaba N’Kono.

En el último minuto Estrada mostró que debió ser relevado. Recibió pase al vacío de Iguarán, amagó por derecha, ingresó al área y, cuando debía sacar el centro atrás o un disparo seco, que por un rebote se introdujera en el arco, quiso hacer la jugada que lo inmortalizara individualmente. “La Gambeta” finalmente terminó con el balón fuera de la cancha y enredado entre sus piernas, mientras en la mitad del área Iguarán, Redín y Valderrama esperaban el pase. Es verdad que el centro podía ser rechazado, que había por lo menos cinco jugadores de Camerún listos al cierre y a evitar el gol, pero estaban a contrapierna, con las marcas perdidas, con la presión y el cansancio del minuto 45 del segundo tiempo. Cuando la televisión repetía la jugada, sonó el pitazo final y todavía faltaban 30 minutos de sufrimiento y desgaste.

Una evaluación de los 90 minutos indica que el partido entre dos conjuntos parejos había sido equilibrado. De pronto, por disposición, número de llegadas, riesgos corridos y faltas recibidas. Colombia había hecho más méritos, merecía más el triunfo. Pero víctima de su anemia ofensiva, que no era producto de la falta de delanteros, había sido incapaz de concretar. Estrada había fallado comenzando el partido, Rincón había estrellado el tiro libre en el vértice derecho, Iguarán había cabeceado como mandan los cánones, pero al centro del arco y Estrada, nuevamente, había confirmado sus vicios de jugador egoísta en esa última jugada. Además, la cantidad de faltas a favor y cerca del arco solo produjeron real peligro en el tiro de Rincón. No hubo variables exitosas. El disparo pegaba en la barrera o el balón iba con buena intención, pero sin receptor. En cambio, los africanos cobraron un solo tiro libre y el balón fue fuerte y seco a las manos de Higuita. No fue peligroso, pero sí estuvo más cerca que el 90 por ciento de los cobros colombianos, con todo y que varios rebotes fueron bien aprovechados. La ‘sobradez’, la excesiva confianza y la displicencia se apoderaron de algunos jugadores y fueron vicios notorios en algunas jugadas. Visto el partido en conjunto, no fue la causa principal del empate al cabo de los 90. Faltó contundencia y faltó la pizca de suerte. Pero Camerún no era inferior a nosotros. Era un rival difícil, como lo demostró más adelante frente a los ingleses, y las estadísticas del grupo que le correspondió lo mostraron como un equipo que sabía defenderse, aguantar y, en cualquier momento, resolver con un gol mortífero. Además, tuvo a su favor la timidez del juez italiano para detener con tarjetas la efectiva labor de ablandamiento que, con reiteradas faltas, hacía parte de la estrategia defensiva del conjunto africano.

Para el primer tiempo suplementario, el partido se veía para cualquiera de los dos. El que aprovechara el error ganaba. Igual, se podía llegar hasta los cobros desde el punto penal. Ambos equipos se habían desgastado física y mentalmente y no habían cedido nada; si habían mostrado fisuras en sus esquemas, esto obedecía a las virtudes del contrario. El partido había sido interesante, aunque lento y de muchas precauciones en algunos pasajes. A pesar de las faltas, había primado el buen manejo del balón y se habían visto buenas jugadas de ataque y defensa, lujos en momentos difíciles, pero que habían resuelto la situación. Cualquier cosa podía pasar.

En ese primer tiempo, nuevamente, Colombia mostró mayor intención ofensiva, mientras Camerún esperaba, aparentemente dispuesto a llegar a la definición desde los doce pasos. No obstante, aprovechaba cualquier descuido para lanzar punzantes contragolpes y para buscar al peligroso Milla. Por el cansancio, ambos equipos perdieron precisión en los pases y la fortaleza física se impuso sobre la habilidad. Colombia llegó tímidamente, solo un disparo de Iguarán tuvo algún peligro. Lo demás moría en los rechazos de los defensas o en centros pasados de Iguarán. Camerún llegó una vez con bastante peligro, aprovechando un descontrol defensivo por lesión de “Chonto” Herrera. El árbitro acertaba en la mayoría de las faltas poco visibles. Al final de ese tiempo, nuevamente, Estrada mostró displicencia y terminó peleando con Rincón al negarle un balón fácil y buscar el lucimiento personal. Dos nuevas faltas cerca al área fueron desaprovechadas con cobros que no tuvieron ninguna incidencia. Valderrama participaba poco, pero cuando el balón pasaba por sus pies el equipo adquiría la claridad necesaria. Rincón y Leonel hacían una excelente labor de anticipo y recuperación en tres cuartos de cancha. La defensa tenía algunos problemas con Milla, pero mantenía su eficiente labor reflejada en los permanentes fuera de lugar. El segundo tiempo se insinuó parecido, con algo más de intención por parte de los africanos. Muy pronto llegó el gol, a los dos minutos, cuando por el costado izquierdo estos pudieron romper el pressing al costado de los colombianos, habilitaron a Milla y este aplicó toda su técnica y potencia para superar a Perea y a Escobar y fusilar a Higuita con un disparo al ángulo superior de su mano derecha. Colombia adelantó las líneas y con algo de desesperó intentó acercarse al arco de N’Kono.

Un rechazo largo fue recibido por Higuita casi en mitad de cancha y con un pase preciso reinició el ataque. Pocos minutos después se repitió la escena. Recibió el balón, lo pasó a Perea, quien debía continuar la salida o enviarlo adelante sin importar la dirección. Al ver a sus compañeros marcados, se la devolvió a Higuita quien, acosado por Milla, intentó un lujo. Perdió el balón y el veterano delantero de Camerún se dirigió solitario al arco colombiano. En menos de cinco minutos, Camerún había tenido la contundencia y la suerte y había aprovechado el error del contrario para asegurar el partido. Una gran injusticia se había cometido con Higuita, el “arquero loco” que le había ofrecido novedad y espectáculo al Mundial. Sus críticos y detractores tenían ahora toda la justificación para negar la validez de su estilo.

Distensionado por un 2 a 0 que se antojaba imposible de igualar, Colombia volvió a ser fiel a su estilo. Con gran manejo de balón, con toque a ras de piso y con distribución pausada conquistó el descuento en uno de los mejores goles del Mundial. Iguarán inició la jugada, y Redín y Valderrama se encargaron de construir una hermosísima pared. Pero quedaban menos de cinco minutos para empatar. Camerún quemó tiempo, retuvo el balón, enfrió el juego y aseguró finalmente el triunfo. Colombia tuvo otra oportunidad luego de un tiro de esquina, pero el disparo de Leonel salió desviado. Ganó el que supo, en un momento dado, imponer la diferencia a través de un gol, pero el partido ha debido terminar 1 a 0, sin esa tremenda falla de Higuita que no le hacía justicia a su calidad, a su aporte al fútbol del mundo y a la seriedad de su trabajo. El encuentro fue parejo, entre dos equipos distintos tácticamente, pero similares técnicamente. Al mayor manejo de Colombia, Camerún oponía mayor contundencia, y a la propuesta más lírica y de fútbol bien jugado que desarrollaba Colombia, Camerún respondía con una fidelidad absoluta a la búsqueda del resultado. Para ellos el empate era un triunfo y esto les permitió ganar, igual que contra Argentina y Rumania. A Colombia, por la labor de su prensa y cierta “sobradez” del cuerpo técnico y los jugadores, le obligaba ganar, y el empate se convirtió en un castigo que no permitió mantener el resultado. Cuando Colombia se atrevió a atacar más, su falta de contundencia fue castigada con el triunfo del rival. (Fue lo paradójico de su planteamiento táctico y su propuesta estratégica en el Mundial). Ellos no eran más que nosotros, pero sí muy parecidos y tenían un gran delantero.

“Colombia, elimillada”, un jueguito de palabras que no sabíamos si aprobar o rechazar. Qué duro le dio al país la actuación del veterano Roger Milla, el excompañero de Valderrama en Francia. La gente no habló al día siguiente y muchas personas prefirieron volver al trabajo después de ese sábado. El Mundial ya no era el mismo.

Los buitres agitaron sus alas. Eligieron la presa más apetitosa, apuntaron a la pechuga y le clavaron a René Higuita varios picotazos. Luego siguieron con el resto sin medida ni clemencia, como si nunca hubiéramos ganado un juego, como si no estuviéramos por encima de 120 naciones futbolísticas del mundo.

“Qué vaina”. “Sí, qué vaina”. “Pero Milla es un berraco”. “Sí, ese señor es oro en polvo”. “Lástima que ahora todos le echen la culpa a Higuita”. “Pero, bueno, la tiene, aunque no de la eliminación, sino del gol”. “¿Será que del gol también?”. “A mí más me parece que fue culpa de Perea”. “O de la falta de gol nuestro. ¿Viste qué fácil llegaron al área Redín y el “Pibe” cuando ya nos habían clavado el segundo?”. “Bueno, será para otro Mundial”. “Además Higuita tiene para dos o tres mundiales más”. “Qué vaina”. “Sí, qué vaina”.

De pronto, la cotización en la bolsa de valores de las monas había bajado considerablemente para Colombia y, como país productor, esta devaluación afectaba a los demás. Goycoechea no estaba en el álbum, Schilacci tampoco y Canniggia no daba para tanto. Solamente los alemanes podían sentirse beneficiados con el crack financiero de la 19. Todo por culpa… de nadie, en realidad. Son cosas del fútbol, así esa frase sea tan elástica como la vida misma, como el Mundial mismo. Así al menos lo pensamos ese día. Los análisis quedaron para más tarde. El miércoles 27 de junio regresó la selección al país. En el aeropuerto una multitud aguardaba, paciente, el retorno a casa de sus ídolos. La gente estaba cansada, los jugadores también llegaron cansados y trataron de irse a dormir temprano. Casi ninguno lo consiguió. Los hinchas merodeaban sus casas, atentos a la menor señal de vida. Y esta era la mejor prueba de un fanatismo, de un cariño que el periodismo no pudo contener.

A lo largo de la avenida El Dorado, cientos de hinchas agitaban banderitas y trataban de mirar por las ventanas de los buses a ver si se encontraban con Higuita. Que Milla le había robado el balón. A quién le importaba ahora, si él, el loco, el mago, estaba al frente. Los niños lo querían ver especialmente, pero casi nadie pudo hacerlo. Todo se quedó en buenas intenciones.

En los medios noticiosos se dio algo muy curioso. Los de acá criticaban duramente y los de allá se mostraban muy elogiosos. Alguien, por estos lados, se atrevió a decir que la incursión fue un fracaso. Muchos de los mejores periodistas del mundo definieron a Colombia como la selección que, durante el campeonato, mostró la propuesta táctica más interesante. La gente, pensando más en sus ídolos de carne y hueso, decidió no hacer caso a los de aquí. Fue la mejor decisión.

Para los medios reunidos en Italia, Colombia había presentado una de las tres mejores selecciones del campeonato en cuanto a riqueza técnica. Las otras dos eran Bélgica y Alemania. Y solo esta última avanzaba con paso firme. Sorpresivamente se quedaron las otras, ambas por goles agónicos y por dos verdugos que se enfrentaron a muerte en la siguiente ronda.

Camerún fue considerada la sorpresa del Mundial por su triunfo ante Colombia. De haber ocurrido lo contrario, esa sorpresa seríamos nosotros sin importar lo que sucediera más tarde ni lo que hubiera acontecido con Higuita. De hecho, un arquero tan veterano como Shilton cometió un error peor sin que nadie lo hubiera comprometido.

Alemania, por su parte, llegó a la final con buena parte de su pólvora mojada y con unos rivales que la complicaron a veces, luego del partido con Colombia. Fue en este duelo, que tanto hizo vibrar al país, que Alemania mostró sus debilidades, o, mejor, que Colombia las supo develar. Al final, terminaría siendo campeón ante un pobre pero astuto elenco argentino. Beckenbauer diría más tarde que nunca sufrió tanto como en los últimos minutos del partido con Colombia. 30 millones de personas, al otro lado del Atlántico, estaban seguras de que “El Kaiser” decía toda la verdad y nada más que la verdad.

Más allá del resultado obtenido, de los errores cometidos, Colombia le demostró al mundo y, lo que es más importante, se demostró a sí misma que “sí puede”. Ya existe un estilo propio. Gracias a Maturana, Marroquín, Castaño y demás técnicos de esta generación, Colombia ha logrado construir su propio camino y ha conseguido consolidar una escuela de verdadera importancia mundial.

Esta historia aún no termina. Ojalá que el proceso Marroquín-Maturana sea apenas el primer capítulo de una gran novela y no un relato corto que se quedó ahí por falta de continuidad, de fe y de confianza en el fútbol colombiano.

Ganar sin ganar

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