Читать книгу La poli, la convicta, la gánster y la ladrona - Candice Fox - Страница 9
BLAIR
ОглавлениеCuando llegamos al Denny’s de Crenshaw Boulevard me senté en una de las mesas del fondo, lejos de la puerta principal y de las ventanas, cerca de los cuartos de baño, de manera que pudiera esconderme en ellos si veía entrar a alguien que pareciera siquiera que trabajaba en la policía. Llevaba gafas de sol, puse la carta del restaurante como escudo y no les quitaba ojo a los demás clientes. Sneak no dejaba de llamar la atención con aquella camiseta de tirantes y aquella falda minúscula mientras miraba el menú.
—Es demasiado extensa —dijo en un momento dado mientras dejaba la carta de golpe en la mesa—. No estoy acostumbrada a tener tanto donde elegir. Hay quince tipos diferentes de tortitas. No puedo con eso.
—Tú pide el Grand Slam y un café.
—Tienes más pinta de sospechosa actuando de esa manera que si estuvieras sentada como una persona normal. —Se limpió los dientes con una pajita doblada—. Si un agente de la condicional o un poli nos pilla juntas, tú le ofreces algo y ya está.
—¿Que les ofrezca el qué?
—Dinero, idiota.
—No tengo dinero.
—Pues una mamada.
—¡Por Dios, Sneak! —Sacudí la cabeza—. A ver si nos concentramos, ¿eh? Anoche recibiste la llamada de Dayly. Se cortó. Hoy has preguntado por ella a gente que conoces y, luego, has denunciado su desaparición, ¿no?
Sneak jugueteaba con una servilleta. No respondió.
—Un momento, ¿me estás diciendo que no has llamado a la policía? —Me moví en mi sitio—. Vale, pues tenemos que denunciar su desaparición ahora mismo. Ese es el primer paso que hay que dar.
—No, no hay por qué hacerlo. Ya lo hará su compañera de piso. Ya la has oído, iban a llamar a la policía.
—Pero tienes que contarles lo que sabes. —No podía parar de moverme—. Tienes que contarles lo de la llamada.
—No puedo.
—¿Por qué?
—Mira, en una ocasión conocí a un tipo que robó en un Denny’s —comentó mientras consultaba de nuevo el menú—. Fue como en esa escena de Pulp Fiction. Sacó un arma, pegó un par de voces y amenazó a todo bicho viviente. Obligó a los clientes a meter la cartera en una bolsa de basura.
—Sneak...
—Luego, fue a la parte de atrás y empezó a pegar a los cocineros para que le entregaran la cartera, las joyas y todo eso. —Aspiró con fuerza—. La cuestión es que la encargada de la freidora se puso tan nerviosa que desparramó por el suelo una enorme cacerola con salsa de queso y el tipo se resbaló y se cayó de culo. Perdió la pistola, la bolsa de basura y todo lo demás. Aquel era el momento para echársele encima e inmovilizarlo, pero no era fácil, porque el tipo no dejaba de intentar ponerse de pie y de resbalarse una y otra vez. La escena resultó tan divertida que todo el mundo empezó a partirse de risa. Permitieron que se fuera. El tipo salió deprisa y corriendo por la puerta de atrás cubierto de salsa de queso. Se olvidó de la pistola, de la bolsa..., de todo.
—Sneak, ¿no quieres ir a denunciar la desaparición de tu hija porque te busca la policía?
Sneak se echó a reír y se peinó hacia atrás sus rizos grasientos y deshechos.
—Que me busca... Lo dices de una manera que parece que sea el puto Jesse James.
—La policía puede ayudarnos. Es de tu hija de quien estamos hablando.
—Puede que me busquen... —Suspiró con fuerza—. No lo sé. He oído que me andaban buscando por unos objetos que podrían haber encontrado..., o no..., en un almacén que está a mi nombre.
Me sujeté la cabeza.
—Eres un cúmulo de problemas, ¿lo sabías?
La camarera llegó y pedimos. Sneak se frotó las manos.
—No puedo ir. Como me encierren, no podré seguir buscando a mi hija. La poli me conoce. Me acusarán de cualquier cosa, y entonces serás tú la que tenga que encargarse de todo.
—¿Yo? —me burlé—. ¿Por qué yo?
—Porque eres la única persona en la que confío. —Se quedó mirándome con atención—. Porque estás conmigo, ¿no?
—Mira... —escogí muy bien las palabras antes de seguir hablando—, t-todavía no tengo claro a qué nos enfrentamos... Estoy deseando que nos pongamos a pensar en qué ha podido pasarle a Dayly, pero recuerda que yo también tengo un hijo, eso ya lo sabes. No puedo arriesgarme a que me lo quiten una segunda vez.
Sneak me observó con atención, en silencio, sopesando lo que le decía.
—Te debo una. —Admití.
—Ya te digo. Imaginaba que, antes o después, me vendrías con eso.
—Me sacaste de un agujero muy jodido en Happy Valley.
—No he venido a buscarte porque crea que me debes una, sino porque eres dura. Porque se te dan bien las distancias cortas. Eras una cirujana importante, y eso te convierte en la persona más inteligente que conozco. Así que es hora de que me digas si vas a ayudarme o no, porque si no me vas a ayudar..., ya daré con alguien que lo haga.
Pensé en Jamie. Me imaginé despidiéndome de él por otros cinco años, intentando explicarle que era por ayudar a una amiga..., pero que, con eso, había sacrificado mi relación con él durante media década más. Bastante duro me había resultado ya hablarle de lo que había hecho para que me metieran de nuevo en la cárcel cuando me habían soltado. Le había confesado que había cometido algo que estaba terriblemente mal, que no había sido mi intención hacerlo y que, a pesar de que había actuado de corazón, la policía no lo había entendido así. Parecía imposible que un niño pudiera comprenderlo... Y era una verdadera locura que lo arriesgara todo una vez más, en este caso por Sneak y por su hija, una muchacha a la que ni siquiera conocía, pero...
La cuestión es que Sneak había sido la clave de mi supervivencia en prisión. Era la que había conseguido que saliera de mi asombro y, después, había sido la que siempre había estado ahí, una mujer tristemente acostumbrada a la vida carcelaria, alguien que sabía bien qué era la rutina de aquel lugar, cuál era su idioma y cuáles eran sus reglas. Fue mi guía, mi maestra de la vida penitenciaria. Sneak era una mala influencia, no cabe duda. Siempre estaba colocada y se peleaba muy a menudo con las demás reclusas o intentaba ennoviarse con alguno de los guardias. Además, tenía los dedos tan largos que me veía obligada a llevar en el sujetador todo aquello que no me podía permitir que me desapareciera, como los salvaslips, las fotos de Jamie o mi medicación posparto. No obstante, cada vez que se acababa su condena y se marchaba de Happy Valley, cada vez que desaparecía de mi vida... era como si el suelo se resquebrajase a mi alrededor. Cuando regresaba, meses después, a veces solo unas semanas, era como si hubiera vuelto a reunirme con una hermana a la que hacía tiempo que no veía. Sneak nunca se rendía, daba igual la condena que le hubiera caído, daba igual lo inútiles que parecieran sus intentos por volver a formar parte del mundo real. Tenía claro que como dejara que la vida de la cárcel le quebrara el espíritu, les destrozaría la vida a otros, así que siempre iba por ahí con la cabeza bien alta. Y yo aquello... lo admiraba.
Por otro lado, me daba cuenta de que parte de mí ansiaba unirse a Sneak en la búsqueda de su hija, un ansia, un anhelo, muy similar al que había sentido cada vez que entraba en el quirófano. Estaba deseando darle unos puntos a la relación que tenían Sneak y su hija para unirlas; ponerle un vendaje blanco, esterilizado. Tenía la oportunidad de salvar a una joven. De ayudar a una madre. De ser una heroína. Eso era justo lo que hacía antes de que me metieran en la cárcel. Aquello era una señal. Una prueba. Si la pasaba, significaría que seguía siendo la mujer que era antes de que me encerraran. Significaría que seguía siendo una buena persona.
—Sí, voy a ayudarte.
Sneak sonrió.
—Dime lo que has descubierto sobre Dayly. Cuéntame lo que se dice en la calle.
—Ha estado rodando porno. —Sneak sacó el móvil, puso algo en la pantalla y me pasó el dispositivo deslizándolo por la mesa—. Una amiga mía que trabaja frente a una cámara web me enseñó esto. Ve echándole una ojeada, que necesito un cigarrillo.
Sneak salió a la calle y yo me quedé con su móvil. Estaba conectado a una página web llamada Rareshare-Hx.com. En la parte de arriba de la pantalla se veía el dibujo animado de una mujer brillante, como embadurnada en aceite, haciéndole una mamada a un hombre en una habitación oscura. La mujer movía la cabeza adelante y atrás, y lo miraba a él a los ojos con sus enormes pupilas mientras un cartel retaba al espectador con un ¡INTENTA NO CORRERTE! Había una lista de categorías por encima de una colección de vídeos de chicas reales haciendo cosas similares. En la miniatura del primer vídeo aparecía la chica que me había robado en el Pump’n’Jump, estaba hecha un ovillo en una de las esquinas de un sofá azul, con una copa de vino en la mano. Cliqué en la miniatura y Dayly cobró vida. Saludó a la cámara con una mano.
«¡Para! —dijo guasona—. ¡Esto es una chorrada!».
Vi el vídeo un rato. La cámara estaba fija y, por detrás, apareció un hombre pequeño y delgado, moreno y con el pelo cortado al rape, con un tatuaje azul e ilegible en el cuello. Dayly y él empezaron a meterse mano en el sofá. Subí un poco la página para leer el título del vídeo: A jovencita tetona, rubia y novata le dan bien fuerte en el sofá de su novio.
Justo cuando el hombre del vídeo le estaba quitando la camiseta a Dayly oí una voz por encima de mí.
—¿Le relleno la taza?
Era un camarero alto y musculoso, tanto que parecía que fuera a reventar el polo verde de Denny’s a la altura del pecho. Cliqué de inmediato el botón que silenciaba el móvil y muy deprisa lo dejé bocabajo en la mesa.
—Sí, por favor... —acerté a decir.
Mientras se apartaba de mí, jugueteé con el salero y con el pimentero; dos bonitos recipientes de acero inoxidable. Hacía una década que un hombre no me tocaba de forma íntima. Eso lo incluía todo, desde un buen polvo hasta una palmadita en el hombro o un abrazo cálido. Lo más cerca que había estado de un abrazo en ese tiempo había sido el que podría haberme dado Henry, el marido de Sasha, cuando salí de prisión, y que no había sucedido más que en mi imaginación; la lenta y deliberada repetición mental de sus brazos cerrándose alrededor de mis hombros, de su aliento en mi cuello, de su cadera contra la mía. Me lo imaginé durante semanas a medida que se acercaba la fecha de mi puesta en libertad. La cuestión es que Henry no llegó a abrazarme. Sasha y su marido me habían recogido en la puerta de la cárcel y él se había quedado en el coche. Se había limitado a girarse y a sonreírme mientras yo entraba en el vehículo y me deslizaba por el asiento de atrás. El camarero se inclinó para rellenar la taza de Sneak y me llegó el olor de su desodorante. Vi cómo se movían los gruesos tendones del cuello. Unas manos grandes. Unos antebrazos grandes.
—Gracias —le dije cuando acabó—. ¿Podrías traernos un poco de agua con hielo? Si no es molestia.
El camarero asintió, sonrió y se marchó. Sneak llegó justo en ese momento y se sentó a la mesa junto a mí.
—¿Estabas ligando con el camarero?
—Eh... ¿Qué? ¡No! No. Claro que no.
—Pues le has puesto una cara que parecía que estuvieras ansiosa por arrastrarlo a la mazmorra del placer que tienes en casa y atarlo a un potro.
—Por favor. —Me reí—. Solo le he pedido agua con hielo.
—¿Para qué, para echártela por tu humeante entrepierna?
—¡Sneak!
—Aún no has roto la maldición, ¿eh? —Negó con la cabeza. Era evidente que se alegraba de tener algo de lo que hablar para no pensar en lo de su hija—. Llevas un año fuera y aún no te han follado, ¿verdad?
—¿Podrías... podrías no decir eso de «follado»?
El camarero llegó con nuestros platos y con el agua con hielo. Lo ignoré por completo.
—Y devuelve el salero y el pimentero.
Sneak puso los ojos en blanco, sacó del bolso los recipientes y los dejó de golpe en la mesa.
—El vídeo este de Dayly... —empecé a decir— es porno de aficionados.
—Ya, pero de una página web en la que hay que pagar. —Sneak asintió mientras hablaba—. El espectador paga una mensualidad para ver porno. El que cuelga los vídeos se lleva una parte de los beneficios. Puede que estuviera sin un duro y que hiciera una estupidez. Puede que su novio los grabara y, después, colgara el vídeo con la esperanza de que ella nunca se enterase.
—¿El tipo ese es su novio o no es más que un mierda?
—Al parecer, es su novio. Tengo su nombre y su dirección. Dimitri Lincoln. Es mala gente. Tenemos que hablar con él para ver qué sabe, pero la cosa es que vive en Temple City. Si Dayly hacía esto del porno por voluntad propia es posible que ya hubiera entrado en el circuito. Así es como empecé yo en la industria. Dejé que un tipo me sacara unas fotos a cambio de dinero para comprar hidrocodona. Poco después estaba haciendo mamadas. Lo siguiente fue que acabé en las calles, en una esquina. Como se haya relacionado con la gente equivocada... Quiero enterarme de quién está metido en esto.
—Vale. —Asentí—. Parece un buen punto de partida.
—Pero Temple City está muy lejos para ir en taxi. Vamos a necesitar pasta y un coche.
—Sí, ya.
—Anoche estuve intentando hacerme con un coche, pero no tuve suerte..., y de pasta voy justa. ¿Y tú? O la mujer que se encarga de tu hijo. ¿Te prestaría un coche durante un par de semanas?
—Podría ser..., pero no quiero pedírselo. Bastante parezco ya un desecho de la sociedad. No quiero que su marido y ella piensen que no sé cómo arreglármelas o puede que nunca lleguen a considerar que estoy preparada para tener la custodia de Jamie. —Di unos golpecitos en la mesa con el tenedor. Un pensamiento que llevaba un tiempo rondándome empezó a abrirse camino a pesar de que intentara acallarlo. Me dio la impresión de que Sneak se había dado cuenta, de que me lo veía en la cara.
—He de ir a ver a mi hijo. Nos reuniremos después.
—¿Tienes alguna idea?
—Sí. —Suspiré—. Aunque, realmente, es algo que preferiría no hacer.