Читать книгу Solo otra noche - Enséñame a amar - Una propuesta tentadora - Фиона Бранд - Страница 9

Capítulo Cinco

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Malcolm no había planeado besar a Celia, pero en cuanto sus labios rozaron los de ella, ya no pudo apartarse. Sabía a tarta de pacana, a sirope y a azúcar. Era mucho más de lo que recordaba, familiar y extraño al mismo tiempo.

El roce de la punta de su lengua había desencadenado un relámpago de deseo que le recorría de arriba abajo. Se había excitado tanto de repente que solo podía pensar en hacerle el amor allí mismo… Pero el beso terminó en un abrir y cerrar de ojos.

Celia se tocó los labios con una mano temblorosa. Tenía las uñas rotas, mordidas. Era evidente que había estado sometida a mucha tensión.

–No es lo más sensato que he hecho. Se supone que últimamente me he vuelto una persona más cabal.

–No siempre queremos lo que más nos conviene.

–Cierto. Me dejé llevar por los recuerdos que suscitó la música. El hecho de que recordaras la canción… Bueno, no tendría corazón si no me conmoviera. Pero la razón se impone. Si hubiera seguido adelante con ese beso, lo de Europa sería una experiencia muy rara y…

–Celia, no tiene importancia. No tienes que darme explicaciones ni decir nada –deslizó el pulgar a lo largo de su boca–. No me voy a volver loco porque no me hayas invitado a tu cama después de un beso.

Ella le miró con unos ojos llenos de indecisión. ¿Realmente estaba considerando la posibilidad? Malcolm sintió que se le aceleraba el corazón.

De repente ella sacudió la cabeza y se apartó.

–No puedo hacer esto –dijo, retrocediendo y huyendo de él.

Sacó sábanas y una almohada del armario del pasillo. Quitó una manta del respaldo del sofá.

–Buenas noches, Malcolm.

Le puso la ropa de cama contra el pecho y dio media vuelta sin darle tiempo a decir nada.

Malcolm aguantó las ganas de ir tras ella. La puerta de su dormitorio se cerró y solo quedó el silencio.

Celia mantuvo los ojos cerrados aunque llevara diez minutos despierta. Había pasado una larga noche de insomnio y estaba agotada. Se escondió bajo las mantas. Solo había sido un beso, pero ya había perdido el control. ¿Por qué no la había presionado para que le invitara a su cama? Eso era lo que más la preocupaba… Pero él jamás lo había hecho, ni siquiera cuando eran adolescentes. Siempre había sido ella la que tomaba la iniciativa, la que le perseguía. Le conocía desde hacía muchos años. Habían tenido la misma profesora de música e incluso habían actuado juntos en algunos festivales del colegio. Pero algo había cambiado aquel verano, justo antes del segundo curso en el instituto.

Malcolm Douglas había vuelto convertido en un joven irresistible. Se había hecho mayor de repente.

Todas las chicas se habían dado cuenta, pero ella estaba decidida. Sabía que era suyo. Nadie le había negado nada jamás y se había propuesto metérselo en el bolsillo. Su propio egoísmo la había hecho perseguirle sin tregua. Pero él insistía en decirle que no tenía ni tiempo ni dinero para salir con ella. Le había dicho que no podían ser nada más que amigos. Y ella le había dicho que no necesitaba un cuento de hadas, que solo le quería a él…

Cuando llevaban cinco meses saliendo juntos, empezó a pensar que le perdía. Su madre había solicitado varias becas para que asistiera a un instituto especializado en Bellas Artes. Celia entendía que Terri Ann Douglas quisiera lo mejor para su hijo, pero parecía que más que darle una educación mejor, lo que realmente quería era alejarle de ella.

Entre las clases y su trabajo, apenas le veía, pero siempre sacaban tiempo para estar juntos, para soñar, para hablar.

Todavía recordaba con todo detalle aquel día, el día en que había perdido su virginidad. Recordaba lo que llevaba puesto, unos vaqueros de color rosa y la camiseta de un grupo de rock. Recordaba lo que había comido, cereales, una manzana y poco más, porque quería seguir cabiendo en esos vaqueros… Pero sobre todo recordaba cómo había sido tumbarse en el asiento de atrás del coche con Malcolm. Estaban aparcados junto al río, por la noche. Ya se había quitado la camiseta y el sujetador, y también le había quitado la camiseta a él. No había nada como rozarse contra su pecho. Con las manos metidas por dentro de sus pantalones, había comenzado a desabrocharle la cremallera. Él hacía lo mismo con sus vaqueros rosa. Habían aprendido a darse placer sin llegar hasta el final.

Pero esa noche Celia estaba más egoísta que nunca. Tenía tanto miedo de perderle… Habían cometido una estupidez. Lo habían hecho sin condón.

Y después había necesitado que la llevara al orgasmo con la mano. La primera vez no había sido tan explosiva como esperaba. Pero tampoco se había quedado embarazada ese día, y eso les había vuelto más temerarios durante las semanas siguientes. Malcolm estaba decidido a darle ese placer arrebatador mientras estaba dentro de ella…

Celia se escondió mejor entre las sábanas, refugiándose en los recuerdos, los buenos, y después en los malos. Había pasado años diciéndose a sí misma que él no la había querido tanto como ella a él, que habían llegado a ser una pareja solo porque ella le había perseguido hasta la saciedad. ¿Qué adolescente decía que no al sexo?

Pero la noche anterior, al oírle tocar esa canción, se había dado cuenta de que no estaba en lo cierto. Auto–convencerse de algo que no era verdad solo había sido una estrategia para aligerar la culpa que sentía por los estragos que había hecho en su vida.

Echó a un lado la manta. De repente oyó un ruido proveniente del exterior. Fue hacia la ventana y abrió las persianas de madera.

<<Oh, Dios mío>>, pensó, conteniendo el aliento. Se apartó rápidamente.

El jardín estaba atestado. Coches, furgonetas de los medios, decenas de personas que llegaban hasta la acera… Cerró las persianas del todo y pasó el pestillo de las ventanas. Su casa estaba invadida y estaba claro que no tenía nada que ver con el acosador.

Recogió el albornoz del pie de la cama y fue hacia la puerta, poniéndoselo por el camino. Se dirigió hacia el salón.

Nada más entrar se detuvo en seco. Malcolm estaba tumbado en el sofá. Solo llevaba unos vaqueros y tenía la manta enroscada alrededor de la cintura. Celia contuvo el aliento. Los músculos que había intuido por debajo de la camisa estaban al descubierto. ¿Por qué no le había salido barriga ni se había quedado calvo? Por lo menos podría haberse convertido en un idiota vanidoso.

Se arrodilló junto al sofá. Le puso la mano en el hombro. El calor de su piel la invadía por dentro. Quitó la mano de inmediato.

–¿Malcolm? Malcolm, tienes que despertarte.

Él se incorporó de un salto, empuñando un arma. Tenía una pistola en la mano. Apuntó al techo.

–¿Malcolm? –Celia gritó–. ¿De dónde ha salido eso?

–Es mía y está registrada. La tengo por protección, y creo que no viene nada mal, dado que te están amenazando. Seguro que cualquier posible intruso se asusta más con ella que si les doy en la cabeza con una partitura enrollada –puso el arma sobre una mesita con una sonrisa en los labios–. Será mejor que no me des sorpresas cuando estoy dormido.

–¿Las fans acosadoras te despiertan a menudo? –Celia se frotó los brazos. De repente sentía mucho frío.

–Cuando entré en las listas de éxitos por primera vez, una fan logró pasar los controles de seguridad y entró en mi casa. Pero desde entonces no. Sin embargo, eso no quiere decir que vaya a bajar la guardia. Mi equipo de seguridad es una pared impenetrable.

–¿Entonces por qué duermes con la pistola?

–Porque tu vida es demasiado valiosa como para confiar en alguna otra persona. Tengo que estar seguro.

Celia sintió que el corazón se le encogía. Se aclaró la garganta y señaló la ventana del salón, que estaba tapada por una simple persiana blanca, sin cortinas.

–Mira ahí fuera.

Malcolm arrugó los párpados. Cruzó la habitación y abrió un poco las persianas.

–Vaya –se echó a un lado para que no le vieran–. Me gustaría decir que me sorprende, pero me temía que esto podría pasar. Debería haber insistido en que nos fuéramos anoche, antes de que tuvieran tiempo de apostarse aquí.

–En cuanto a lo de Europa… Yo…

–Sí. Estoy de acuerdo –dijo él, tomando su camisa del respaldo de una silla. Se puso los zapatos–. Tenemos que irnos directamente.

Celia jugueteó un momento con el cinturón del albornoz.

–No sé…

Él levantó la vista un momento. Se estaba abrochando la camisa.

–No tenemos elección, gracias a toda esa gente con cámaras.

–Entonces sospechabas que esto podría pasar, ¿no?

–No estaba seguro –guardó el ordenador en su funda de cuero–. Pero he tenido que tener en cuenta todas las opciones y hacer planes en consecuencia.

–¿Qué clase de planes?

–Una forma de escapar antes de que las cosas empeoren más –guardó el arma en la cartuchera y la metió en el maletín del ordenador–. En cuanto te vistas…

–¿Las cosas pueden empeorar más? Ya no hay sitio en la entrada.

–Siempre hay. Vístete y yo haré café. Tendremos que comer durante el camino.

–¿Y si decido quedarme?

Él se detuvo. Guardó silencio.

–Muy bien –Celia suspiró–. Me voy contigo. ¿Pero por qué tan rápido? ¿Y no hacemos las maletas?

–Todo eso está arreglado ya.

–Claro. Por supuesto… Dios, esto se está complicando –Celia se frotó el cabello–. Tengo un concierto de fin de curso esta noche y muchas notas que poner.

Malcolm levantó el teléfono que tenía en la mano.

–Dime qué necesitas y yo lo hago. Puedo rodear todo el edificio del colegio con guardias de seguridad si es preciso.

–Eso suena peligroso y asusta. Llamaré a una profesora del instituto. Ella puede dirigir el concierto y ya entregaré las notas por correo. Teniendo en cuenta el circo que han montado ahí fuera, imagino que el colegio entenderá mi decisión de tomarme el día libre.

Malcolm le tendió una mano.

–Celia, siento tanto…

–Uh, en serio, no pasa nada. Solo tratabas de ayudar.

Celia dio media vuelta y corrió hacia su habitación. Sacó un vestido de verano y unas sandalias del armario y se quitó el pijama. Se cambió de ropa. Llegaban aromas provenientes de la cocina. Olía a avellanas. Regresó al salón y agarró su bolso estampado. Dentro tenía el monedero y el ordenador.

–Creo que es hora de que tus guardaespaldas nos ayuden a llegar a la limusina.

Malcolm le dio una taza de café.

–No vamos en la limusina. Vamos a bajar al garaje por las escaleras interiores.

–Mi coche sigue en el colegio. Creo que debería llamar a mi padre. Y… maldita sea, Malcolm, que me vaya contigo no significa que vayamos a acostarnos juntos. Tienes que entender…

–Celia, para. Está bien. Te he oído. Y ahora escúchame tú. Hice que me trajeran un vehículo anoche por si necesitábamos salir corriendo. La limusina no cabía en el garaje. Puedes llamar a tu padre y a la profesora una vez estemos en camino –la agarró de la mano–. Confía en mí. No voy a dejar que nadie te haga daño, ni siquiera yo mismo.

La condujo por la estrecha escalera que llevaba al garaje.

Dentro había un flamante deportivo rojo.

Celia contempló el coche con la boca abierta.

–Oh. Eh, es un… un coche muy bonito.

–Y muy rápido –le abrió la puerta y se puso al volante. Sacó una gorra azul de la guantera y se la puso antes de arrancar–. ¿Estás lista?

–No –Celia apretó los puños–. Pero supongo que no tiene importancia.

–Lo siento –activó la puerta del garaje y arrancó el coche.

El motor rugía con impaciencia. La puerta se abrió rápidamente. Fuera se agolpaba la multitud.

De alguna manera, Celia buscó su brazo y le agarró con fuerza.

En cuanto asomaron el morro, la gente se precipitó sobre el coche. Los flashes de las cámaras se activaban una y otra vez. Celia se sentía como Alicia en el país de las maravillas, cayendo por un agujero que la llevaría a un mundo desconocido.

Una hora más tarde, Malcolm piso a fondo el acelerador del deportivo. Iban por una carretera desierta. Estaban en mitad del campo. Miró a Celia de reojo. La vista se le iba hacia las suaves curvas de sus piernas.

Tomó una acusada curva en la carretera.

–Siento que hayas tenido que perderte el concierto.

–Sé que solo tratabas de ayudar.

–De todos modos, es una pena tener que dejar de hacer algo para lo que has trabajado tanto. –Malcolm sintió el peso de su mirada y la miró fugazmente.

Tenía el ceño fruncido.

–¿Qué?

–Gracias por entender lo importante que es esto para mí. Gracias por no restarle importancia. Sé que no llenamos estadios ni teatros.

–La música no se mide por el número de gente que hay en el público, o por el dinero que tienen.

Ella sonrió por primera vez desde que habían salido de la casa.

–La música es para tocar el corazón, el alma.

Malcolm asió con fuerza el volante. En otra época ella le había dicho exactamente lo mismo. Una noche se había llevado su guitarra para darle una serenata bajo la luz de las estrellas. Había comprado comida rápida y se había llevado una manta. Por aquel entonces soñaba con darle algo mejor. Se había prometido a sí mismo que algún día lo conseguiría. Quería darle más, pero ella le había dicho que el dinero no le importaba, sino la música y el corazón.

Debería haberla escuchado entonces. No quería esa clase de vida entonces y tampoco la quería en ese momento.

Malcolm aceleró más y el coche se deslizó como una bala por la recta carretera.

–Ha sido una escapada impresionante. De verdad creí que atropellarías a alguien o que por lo menos le pisarías los dedos de los pies. Pero lograste salir de la marabunta de gente sin que nadie se hiciera daño. ¿Dónde aprendiste a conducir así?

–Es parte del entrenamiento.

Ella se rio.

–Debí de perderme la clase de conducción cuando estudié música.

–Tengo un amigo que es conductor profesional –eso también era verdad–. Me dio clases.

–¿Pero qué amigo es ese? –Celia se volvió hacia él, levantando la rodilla para estar más cómoda.

Durante una fracción de segundo, la mirada de Malcolm se desvió hacia el dobladillo de su falda.

–Elliot Starc. Fuimos juntos al colegio.

Celia arqueó las cejas.

–¿Fuiste al colegio con Elliot Starc, el corredor famoso?

–¿Conoces a Starc? La mayoría de las mujeres a las que conozco no siguen las carreras.

–Cielo, estamos en el sur. La gente vive la pasión de NASCAR como si corrieran ellos mismos –se rio–. Starc es de Fórmula Uno, pero algunos de los amigos de mi padre siguen las carreras.

–Muy bien. Entonces conoces a Eric.

–Debió de darte muchas clases para que manejes el coche con tanta destreza, a tanta velocidad –Celia sacudió la cabeza. La melena se le movió sobre los hombros–. Todavía estoy un poco mareada.

–¿Te encuentras bien? No quería asustarte.

–No lo has hecho. Estoy bien –Celia se rio suavemente–. Dios sabe que ya me pusieron bastantes multas cuando era adolescente. Ahora son una conductora mucho más cauta. Ya no espero que mi padre me arregle lo de las multas de tráfico.

–Ha pasado mucho tiempo.

–Y sin embargo estás aquí. Estamos aquí.

La confusión que había en su voz no pasaba inadvertida para Malcolm.

–No quiero que te hagan daño por intentar protegerme.

–Estaré bien. Ya te lo dije. Lo tengo todo bajo control.

–Oh, muy bien. Tienes un plan. ¿Adónde vamos?

–A la casa de mi madre.

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