Читать книгу Psiquiatría de la elipse - Ivan Darrault-Harris - Страница 11
DISIMETRÍA DE LAS POSICIONES
ОглавлениеIntuitivamente, es cierto, el psiquiatra y el semiótico traen entre manos un asunto común, el del sentido, término que engloba, entre otras cosas, la significación y la dirección. Pero esa reconfortante declaración no puede disimular todo lo que las separa, por reunidas que aparezcan en una búsqueda idéntica.
El psiquiatra, en el sentido más general del término, contrariamente al semiótico, se halla comprometido en un programa práctico de transformación: confrontado con la enfermedad mental (desde las dificultades más benignas hasta los estados psicóticos más graves), debe trabajar por el cambio positivo del sujeto-paciente, abrirle las vías para la resolución de sus problemas, hacerle posible la curación, por lo menos una mejoría, que sancione finalmente la calidad del programa. La psiquiatría afronta, pues, la infinita complejidad que encierra una multitud de fenómenos enmarañados, difícilmente delimitables y asignables a tal o cual aproximación científica.
El semiótico, como se constatará, se atiene, por razones epistemológicas evidentes, a una estricta delimitación de su objeto. Aunque este podrá parecer irrisorio al psiquiatra, que se ve constantemente obligado a encauzar una marea fenoménica multifactorial, polimorfa.
Ciertamente, el psiquiatra, incluso el tradicional, se convierte más en semiótico cuando se compromete en la lectura y en la interpretación de los signos, de los síntomas (cuya disciplina es la semeiología o semiología) que emite, conscientemente o no, el paciente a través de sus discursos verbales y no verbales; sus manifestaciones serán asimiladas a discursos, así como sus producciones en terapia, incluso cuando no son verbales.
Lo mismo que el semiótico, el psiquiatra trata de «leer», de «construir» el sentido de los discursos. Pero lo hace en la acogida directa, como destinatario, y siempre para responder a ellos, en el decir lo mismo que en el hacer (el conjunto de las prescripciones posibles): sujeto pragmático, el «Cuando decir es hacer»*, de Austin, lo caracteriza plenamente. Y lo que se denomina «interpretación» en psicoterapia no se inscribe si no se hace «acto», aunque solo sea por la revelación dinámica de un sentido oculto. Se puede, por lo demás, verificar la calidad de una revelación por el hecho de que no es únicamente mental, sino que se manifiesta corporalmente, en particular por medio de los ojos que se bañan en lágrimas o a través de los centros energéticos del sujeto.
El semiótico, por su parte, queda satisfecho con un proyecto notoriamente insuficiente, sin duda, a los ojos del psiquiatra; a saber, con la modelización del engendramiento de la significación en los discursos. ¡Hasta la interpretación parece exceder las fronteras de su campo de validez!
Aparentemente, la interfaz que enlaza las dos disciplinas es tan delgada que depende apenas de un hilo frágil, expuesto a romperse en todo momento. De un lado, un psiquiatra que pasa de un discurso «patológico» a otro, hermeneuta en tiempo real de los textos-síntomas, constructor de proyectos terapéuticos que tiene que realizar a veces con urgencia. De otro lado, un semiótico que trata de mostrar la necesidad de una detención, de una estasis (la semiótica no se ejerce, y eso es fundamental, más que sobre la vida detenida), para edificar pacientemente un simulacro del engendramiento del flujo, de la ola de significación ininterrumpida que el psiquiatra debe acoger, asumir, analizar, comprender, transformar, y eventualmente reconstituir su génesis.
Dicho esto, podrá descubrirse, más allá de las apariencias, todo un camino seguido tanto por la semiótica como por la psiquiatría, que abre un campo inesperado si, por suerte, el semiótico sale de su cognitivismo un poco solipsista, y el psiquiatra, de una práctica fundada en una concepción teórica totalizante.