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Presentación

Lo que mi voz leía es, si se quiere, un libro singular. Noventa y cinco testimonios acerca de cómo comenzó en la infancia la práctica de la lectura. Y quiénes tenían la responsabilidad en ese, casi siempre, tortuoso camino. Cuesta escribir la palabra “tortuoso”, cuando debería ser “festivo” la palabra empleada. Pero aquí mandan los recuerdos y ellos, correspondientes a noventa y cinco personas que les cuentan por escrito a Javier Naranjo y a Orlanda Agudelo sus primeras experiencias en dicho aprendizaje, son casi siempre inexorables. Sufrieron el duro carácter de sus profesores y guías, además de las adversas condiciones que en algunos casos tuvieron que padecer quienes querían, por encima de todo, aprender a leer. Y quienes hoy son o se aprestan a ser, en la mayoría de los casos, a su vez, profesores y guías de lectura.

Es un bello título el de este libro, que dice a las claras que cada uno de nosotros tiene una voz particular para juntar letras y pronunciar palabras, balbuceantes, que van conformando los pequeños universos que se abren ante nuestros ojos, ya para siempre. Y que, cualquiera sea ese camino, es la voz que conservaremos toda la vida. La voz que, sin duda, nos hace felices. Y trasmisores de felicidad, por lo tanto.

El lector se encontrará con testimonios (“cartas”, les dicen los autores) asombrosos y tal vez repudiables, porque la experiencia lectora va acompañada de castigos y de condiciones que, de nuevo, no se compadecen con lo que tendría que ser el reino de la alegría, de la holgura y de la libertad. Y también se encontrará con páginas de muy dudosa ortografía y con faltas de lenguaje que, como bien dice la introducción, ponen a prueba la persistencia de buenos lectores de quienes abracen estos testimonios. Páginas que, en todo caso, no desdicen en absoluto la validez de las experiencias. Deben ser, eso sí, un llamado de atención para ellos mismos, formadores o futuros formadores de lectores.

Luis Germán Sierra J.

Lo que mi voz leía

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