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Capítulo Siete

Para cuando me puse de pie, Tippity había desaparecido, y no puedo decir que me sintiera desilusionado. Quería atrapar a aquel cabrón, pero necesitaba un momento para serenarme. Había esperado seis años para ver a alguien usando magia, pero no me había imaginado que sucedería a medio metro de mi rostro. Me pasé las manos por el cabello, y entre los dedos se me quedaron algunos pelos quemados. Tenía la garganta irritada por inhalar una bocanada de aire caliente y la vista llena de puntitos blancos.

Había ceniza en el suelo, todo a mi alrededor. Busqué la pequeña bolsita que había provocado las llamas, pero debía de haberse incinerado por la explosión. Había una pequeña trampilla de madera empotrada en el mostrador, así que la abrí y pasé hacia el otro lado. Había estantes debajo del mostrador, donde habían estado las manos del brujo, pero no quedaban más bolsas mágicas llenas de fuego.

Las notas que Tippity había estado escribiendo me resultaban indescifrables, así que las dejé allí; eran problema de la policía. Sí encontré una caja metálica que contenía bastante efectivo, así que me reembolsé las compras que había hecho y me pagué la inminente visita a la peluquería.

Había un teléfono en la pared, pero no lo utilicé de inmediato. Yo había ido a la farmacia a refutar la teoría de la magia, no para fomentar el rumor, por lo que quería tener algo más que decir que “la magia ha regresado y yo tengo las quemaduras que lo prueban”.

Los pasillos de la trastienda estaban llenos de tinturas, semillas y trozos de corteza, pero nada que se pareciera a la bolsita explosiva. Tampoco había etiquetas de nada, por lo que resultó en vano buscar (excepto por las reservas de Clayfields que se las arreglaron para llegar al bolsillo de mi chaqueta).

Detrás de los pasillos, en la pared del fondo, había una puerta abierta, que el brujo debía de haber usado para escapar. Extraje el cuchillo de mi cinturón y lo sostuve en alto mientras abría la puerta de una patada y miraba en el interior.

Solo era un almacén abarrotado y oscuro. La única luz que había provenía de la salida opuesta, que daba al callejón. Los ojos aún me titilaban a causa del ataque, por lo que me tropecé con algunas cajas antes de encontrar la lámpara que colgaba del techo. Prendí mi encendedor y lo sostuve contra el farol. Cuando se encendió la mecha, brinqué hacia atrás de la sorpresa. No a causa del fuego, sino por el enorme bloque de hielo que había al fondo de la habitación, con un hombre gritando atrapado en su interior.

Yacía tumbado contra la pared, como si se hubiera resbalado después de una noche de parranda. Tenía todo el cuerpo cubierto de hielo, pero este era más grueso alrededor del pecho y de la cabeza. El agua era perfectamente cristalina, en cambio la superficie tenía pequeños picos de hielo.

Yo no tenía idea de cuánto hacía que había sucedido aquello. Con la puerta abierta, el aire se había enfriado lo suficiente para detener completamente el proceso de derretimiento.

Se trataba de otro brujo. Tenía los dedos extendidos y separados, y los brazos doblados, como si hubiera estado rogándole a alguien cuando lo alcanzó el hechizo. Era mayor que Tippity, con el pelo más corto y la barba recortada, y debajo de su abrigo llevaba la misma bata blanca.

Debían de haber sido colegas. Si así era, ¿qué había sucedido?

El sujeto tenía las manos vacías. N vi señales de violencia. Había cajas, frascos y botes apilados por doquier, pero los únicos objetos desordenados eran las cajas que yo mismo había derribado.

Abrí algunos envases y busqué cualquier sustancia que pareciera más mágica que medicinal. Ninguna de esas cosas entraba en mi pericia, por lo que no llegué a ninguna conclusión brillante. Fui manoteando cacharros de tierra roja, cajas de vendajes y recipientes de jarabe. Encontré un frasco de un líquido dorado claro que me parecía familiar, así que lo abrí y me eché un trago. Era savia de tárix, y de mejor calidad que la que había en la mayoría de los bares. Me la metí dentro de la chaqueta. Era más difícil de ocultar que los Clayfields, pero mucho más valiosa.

No había nada más que pareciera ser particularmente interesante. Me detuve en medio de la habitación, mastiqué una rama y miré los ojos congelados del hombre del rincón. Había algo familiar en su rostro. No porque lo hubiera visto antes. Era su expresión. La forma en que había quedado paralizada en un momento horroroso de entendimiento.

Como si hubiera sucedido en un instante.

Exactamente igual al cadáver del bar. Pillado por sorpresa, salvo que este tipo había sido bombardeado con hielo en lugar de fuego. La muerte estaba siempre ocupada en Sunder City, pero estaba trabajando más rápido de lo normal, y con mucho dinamismo.

Regresé a la otra habitación, llamé al departamento de policía y pregunté por Simms.

—¿Puedo preguntar quién habla?

—Su vecino. Me pidió que le cuidara los gatos, pero uno de ellos ha empezado a vomitar por todas partes, y me dijo que si eso sucedía necesitaba darle una de las píldoras azules, pero el condenado animal la escupe y la escupe y la alfombra está hecha un desastre y no sé qué...

—Aguarde un momento, señor.

Treinta segundos después, Simms rugía al otro lado de la línea.

—Bien, tipo listo. ¿Qué te sucede?

—Supuse que no querrías que la recepcionista anunciara mi nombre frente a todo el departamento. Sé que al resto de los policías no les caigo tan bien como a ti.

Simms resolló; no quería admitir que yo tenía razón.

—Entonces, ¿de qué se trata realmente?

—Tengo otro fiambre para ti. La farmacia de la calle Kippen. No digo que sea magia, pero es algo parecido a lo que hemos visto esta mañana. Ahora, con hielo.

Hubo una pausa prolongada, mientras Simms analizaba las repercusiones.

—¿Sabes quién ha sido?

—Estoy casi seguro de que fue el farmacéutico, Rick Tippity. Le hice algunas preguntas sobre la magia de los brujos y el tipo se puso tan nervioso que me abofeteó con una bola de fuego.

—Demonios. ¿Estás bien?

—Me lo tendrás que decir tú. Aún no me he mirado en el espejo.

—Mantente a salvo. Voy para allá.

Cuando colgué el teléfono, me oí a mí mismo riéndome. La adrenalina abandonaba mi cuerpo y yo estaba mareado de la ridiculez de que Simms me hablara como si yo le importara.

Regresé al almacén y me quité el Clayfield, ya soso, de entre los dientes. Había un cubo de basura en un rincón, abrí la tapa.

Entonces me detuve.

La habitación estaba oscura, por lo que me dije a mí mismo que debía de estar viendo cosas que no estaban realmente allí. Yo deseé estar viendo cosas que no estaban realmente allí, porque me pareció ver cuerpos amontonados en el fondo del cubo.

Rogando que todo fuera producto de mi imaginación, abrí completamente la tapa y volví a extraer el encendedor.

Cuando la luz anaranjada iluminó las sombras, corrí hacia fuera para vomitar.

Hombre muerto en una zanja (versión española)

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