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Sección I

Predicar sobre los Evangelios y Hechos

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Para muchos, la idea de sentarse bajo las estrellas, alrededor de un crepitante fuego, escuchando a un emocionante narrador es todo un sueño. Mientras más éxodo se da del mundo rural a las concurridas ciudades, lo que antes era el entretenimiento vespertino normal, si no el único, ahora se ha convertido en una de esas experiencias que tienen lugar sólo una vez en la vida para aquellos que tienen esa suerte.

¡Sí, las historias todavía importan! ¿Por qué si no, nos sentamos pegados a los televisores? ¿Por qué si no las librerías venden tantas novelas? Los buenos narradores todavía son respetados y seguidos en el mundo entero.

Esta debería ser la razón más básica para la popularidad constante de los evangelios. ¡Son historias magníficas y fascinantes! Desafortunadamente, muchos predicadores (quizá especialmente en las iglesias occidentales) al parecer se han olvidado de esto. Parecen estar conformes al tratar los evangelios igual que un denso párrafo de Romanos, del cual sacan (¡usualmente tres!) puntos de teología sistemática. Estos sermones pueden comunicar la verdad del evangelio y esta siempre será útil; y Dios es lo suficientemente capaz como para usar cualquier sermón, por pobre que sea. ¡Pero esa no es excusa para olvidar que los evangelios son historias!

Dios comunica su verdad no solamente por medio de palabras, pero también por medio de la forma (o género) en la que estas palabras se transmiten. Esto significa que no hacerle justicia a la forma literaria de un pasaje puede que resulte en no hacerle justicia al significado de dicho pasaje.

Para cualquier predicador cristiano, Jesús será el centro de nuestra fe, el corazón de nuestro mensaje y el fundamento de nuestro ministerio. Sin él, no tendríamos ni fe, ni mensaje, ni ministerio. No es de extrañar que nos encante hablar de él, contar historias acerca de él. Y eso es lo que hacen los evangelios. Nuestra tarea es hacer que Jesús ‘salga de las páginas’ de estos textos y llegue a las vidas de las personas. ¿Acaso puede haber mayor gozo que presentar a Jesús a otros y ver como sus rostros se iluminan y sus corazones arden mientras las vendas caen de sus ojos?

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