Читать книгу Delirios y debilidades - Miquel Bassols - Страница 10
LAS CONSTELACIONES
ОглавлениеTras la invasión de Polonia por parte del III Reich, se esperaba el ataque al frente occidental, que no ocurriría hasta mayo de 1940. Estos meses de espera son conocidos en Francia como la drôle de guerre. Joan Miró, instalado en Le Clos des Sansonnets, hizo aún algunas pinturas sobre tela o sobre la parte trasera de tableros de táblex. Pero, súbitamente, en enero de 1940, fue como si toda su pintura, todo su arte, se fueran a condensar en un bloc de hojas de papel de 38 x 46 centímetros. De ahí saldrían veintitrés «pinturas», que formarían una de las series más esplendorosas de su obra. Inicialmente, el bloc lo había comprado para limpiar sus pinceles. En palabras de Joan Miró: «En el fondo de la tela, un color claro como la craie [tiza]. [...] Había comprado en París un álbum para limpiar los pinceles, y cuando lo hice por primera vez, me quedé parado con el resultado. A partir de entonces, cuando acababa una Constelación limpiaba en una hoja nueva los pinceles, y de esta manera quedaba preparado el fondo para la siguiente».[64] Este tratamiento de los materiales fue su constante. Años después, en sus conversaciones con Georges Raillard dejaba claro de dónde vienen los colores: «Utilizo toda clase de colores cuando preparo los fondos, porque la mayor parte del tiempo mis fondos vienen de los jugos producidos cuando limpio los pinceles, parten de ahí, de todo lo que hay en los pinceles [...]. Obtuve una materia muy bella, de la manera como le dije, cagando encima, apliqué las dos hojas una sobre la otra, y con la tercera hoja compondré un tríptico».[65] La pintura viene del cuerpo, de su deyección, para ser elevado a la sublimación del cielo constelado.
En la entrevista a la Partisan Review que hemos citado, y refiriéndose a las Constelaciones, cuenta:
Comencé un grupo de gouaches que se expusieron aquí en Nueva York [...] justo después de la guerra; una concepción completamente nueva de las cosas. Hice cerca de cinco o seis [de hecho diez] antes de dejar Varengeville para ir a España, a Mallorca, cuando la caída de Francia. Había veintidós [veintitrés] en total en la serie. Se basaban en imágenes reflejadas sobre el agua. No de un modo naturalista u objetivo, ciertamente, sino formas sugeridas por esos reflejos. [...] Fue un trabajo muy largo y extremadamente arduo. Lo comenzaba sin ninguna idea preconcebida. Unas cuantas formas sugeridas por aquí exigirían otras formas por allá para equilibrarlas. Estas a su vez pedían otras. Parecía interminable. Me llevó un mes, por lo menos, hacer cada acuarela, ya que día tras día me ponía a incorporar pequeñas manchas, estrellas, aguadas, puntitos infinitesimales de color, para alcanzar finalmente un equilibrio total y complejo.[66]
El historiador del arte Paul Hammond dedicó un libro a las Constelaciones y a los textos que André Breton escribió sobre ellas.[67] Resume el periplo de Joan Miró en aquel tiempo. Tras terminar diez de aquellas pinturas, la invasión alemana era ya inminente. ¿Adónde ir? Joan Miró eligió la ruta hacia España vía Perpiñán, atravesando Francia en tren, con su mujer y su hija, y con la carpeta que contenía las diez terminadas y las demás hojas en blanco o en curso de elaboración. Lo contaba así a Georges Raillard: «Yo había comenzado esas aguadas en Varengeville. Eran una carpetita, nuestro único equipaje». No sin peligro pudo llegar a Barcelona y de allí fue a alojarse en Sant Hipòlit de Voltregà, donde vivía su hermana. Tampoco allí se sintió seguro y decidió trasladarse a Palma, que había sido franquista durante todo el curso de la guerra, y donde paradójicamente podía pasar más desapercibido. Así fue, instalado en un pequeño piso de la parte vieja de la ciudad. Allí continuó la serie; que terminaría aquel verano en Mont-roig. La titulada L’étoile matinale, fechada al dorso el 16 de marzo de 1940, en Varengeville-sur-Mer, se la regaló a su esposa.[68] Actualmente está expuesta en la Fundación Miró de Barcelona; las demás están dispersas en Estados Unidos en museos y colecciones privadas.
Paul Hammond lee en estas Constelaciones «el estado de ánimo inquieto, incluso turbulento durante este tiempo sórdido y lóbrego».[69] Alexandre Cirici consideraba que «las estrellas y las constelaciones de Miró rara vez son luminosas. Suelen ser oscuras, incluso negras y expresan, por lo tanto, no una presencia visual».[70] André Breton redactó unos bellos comentarios surrealistas para cada una de las Constelaciones (excepto para la última).
Sobre el fondo transparente de estas pinturas, Joan Miró rayó con lápiz piedra, piedra contra papel, con su suave rechinar nacarado que va escribiendo formas que se desmienten en el siguiente trazo. Para el espectador no hay representación ni escritura. Los puntos y las líneas no son pues ni ojos, ni bocas, ni sexos, ni arañas, ni picos, ni dientes, ni pecas, ni mandorlas, ni vulvas. Nada de lo que en estas Constelaciones se pueda leer configura un destino. No se encuentran constelaciones familiares ni agujeros negros peludos. No se puede saber si las rayas forman bordes o los transgreden; y si insinúan formas es para desatinarlas.
Joan Miró sobrevivió a esta desolación galáctica. Pero aquellas pinturas extendieron aún más el mapa de aquel Nuevo Mundo en el que se sumiría enseguida, escenario de nuevos y mayores éxitos.