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12 de octubre de 2018 La responsabilidad moral del abogado
ОглавлениеMe he levantado a las 6:30 y no porque sonase el despertador en un día festivo sino porque me desperté a esa hora recordando, en ese estado de vigilia, una conversación de la víspera.
Todo empezó dos días antes cuando me reuní con un cliente en mi despacho para explicarle que nos habíamos quedado sin prueba y teníamos que decidir si continuábamos con el proceso o desistíamos. Le comenté que seguía convencido de que teníamos razón pero que era muy arriesgado fiar nuestro éxito a las contradicciones del expediente administrativo.
Quedamos en que lo comentaría con su esposa y al día siguiente me llamaría para darme una respuesta. Y así lo hizo, primero por la mañana para aclararle unas dudas, y luego por la tarde para, tras hacer memoria de lo sucedido (una dura intervención, el reconocimiento de una invalidez absoluta y una continua cruzada contra el dolor que padecía) decirme lo siguiente: “Eugenio, me has hablado con franqueza y te lo agradezco, sé que va a ser difícil ganar este pleito por cómo me lo has explicado, pero tengo la razón y si alguien puede demostrarlo ese eres tú; no hay nadie más indicado, así que adelante con la demanda y que Dios reparta suerte”.
Emocionado, más que por sus palabras por el solemne tono utilizado (que en su delicado estado de salud sonaba con cierto dramatismo), tuve que recurrir al humor –que ya habrán comprobado que en estas situaciones me sale instintivamente como mecanismo de defensa para desdramatizar determinadas situaciones–, a fin de decirle que agradecía su confianza, aunque me fastidiaba que me hiciese trabajar en el puente del Pilar aun no siendo Guardia Civil (cuya patrona es esa Virgen).
Seis horas después de haberme ido a cama con el recuerdo de esas palabras, me encuentro con el ordenador portátil encendido sobre la mesa de la cocina, una taza de café a la izquierda, mi libreta de notas a la derecha y de fondo el jolgorio callejero de quienes liberados de estas preocupaciones abandonan con sonora alegría un cercano “after hours”.
Mis vecinos de enfrente, un matrimonio mayor con los que comparto unas bonitas vistas de Vigo con el monte de la Guía al fondo, cuando dentro de un rato se levanten (ambos solemos madrugar) quizás pensarán lo mismo que dejó escrito Calamandrei al explicar el motivo de la iluminada ventana del abogado a altas horas de la noche1.
No es el trabajo como prosaica expresión de una mera forma de ganarse la vida lo que justifica este exceso de celo profesional, sino cierta retórica de la responsabilidad que da sentido a nuestra profesión en cuanto depositarios de los intereses (a veces trascendentales) de nuestros clientes.
Como decía en gallego mi abuelo: “o que ten ansia non durme” (el que tiene ansia no duerme). No se refería a la ansiedad, ese mal de nuestra acelerada sociedad (que él, hombre de campo, no conoció), sino a la sensación de supeditar en ocasiones nuestra comodidad al esfuerzo por alcanzar determinados objetivos. Ese ansia por responder a la confianza de mi cliente ha sido hoy mi despertador, y no se puede apagar.
1. “El abogado está allí, en su mesa, y en la tranquilidad nocturna redacta para la mujer amada que le disputa un rival, cartas ardientísimas, prolijas, enfáticas y fastidiosas, como todas las cartas de amor; estas cartas se llaman demandas, dúplicas o conclusiones, y esta amada se llama la Audiencia”. En Elogio de los jueces escrito por un abogado, ya citado, página 131.