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Audrey

Un año antes

Tenía media hora libre entre pacientes, así que me propuse una escapada atípica. Salí del edificio de salud mental, ubicado en Lexington Avenue y la 47, y caminé hasta la antigua tienda de café de siempre, Bobby’s Grill, que estaba pegada a un Starbucks que, lógicamente, había aterrizado un tiempo después buscando captar o mejor dicho robar sus clientes. Pero conmigo no lo lograría, sentía una gran estima por el viejo Alfred y sus maravillosos lattes. Luego de beber la mitad en tiempo récord, me metí en la pequeña librería de la Tercera, justo a la vuelta de allí.

Hacía tiempo que no leía algo que no fuera una actualización de algún tema de mi carrera y sabía que, de estar viva mi abuela, lo habría desaprobado. Decía que cada tanto era condición sine qua non leer un buen clásico como para no olvidar de dónde veníamos.

Por ser la hora del almuerzo había más gente de lo habitual merodeando por los angostísimos pasillos del lugar. Llevé la vista hacia el estante más alto y una edición bastante antigua de Orgullo y prejuicio captó mi atención por completo. La primera vez que lo había leído era una niña y recuerdo haberme quedado dormida del aburrimiento. Fue entonces cuando mi abuela me enseñó a analizarlo a fondo. Sabrán cómo termina la historia.

Estaba por tomarlo cuando una mano me ganó la delantera. Le eché una mirada cargada de ira.

–¿Ah, sí? ¿Te aprovecharás de alguien más pequeño que tú? –el muchacho me miró sorprendido. Luego echó a reír.

–¿Cuánto lo quieres? –preguntó.

–Digamos que estoy dispuesta a derribarte por él, bueno, eso si no tuviera todavía mi café a medio tomar y si Roland no me cayera tan bien –el dueño de la librería levantó la vista al escuchar su nombre y al verme elevó su mano en el aire.

Roland era bastante mayor y vivía en Manhattan desde que la ciudad recién comenzaba a erguirse para transformarse en el imperio de hoy. Había tenido el gusto de ver desde los cimientos al Empire State, aunque su corazón estaba con el Chrysler. “El resto es puro marketing para capturar el dinero de los turistas”, decía cada vez que le sacaba el tema. Cosa que me encantaba hacer.

Volví la mirada hacia el muchacho. Ambos todavía teníamos la mano apoyada en el libro, que seguía cómodamente en el estante y, sin querer, nuestros dedos se comenzaron a rozar.

–Bien, hagamos un trato, si me dejas llevarle este libro a mi abuela, prometo comprarte dos que tú elijas, dos a falta de uno; no sé, piénsalo, te doy… –miró su muñeca desnuda– diez segundos –que acabara de mencionar a su abuela fue un golpe bajo inesperado, después de todo, era el fresco recuerdo de la mía lo que me impulsaba a apretar tanto aquella solapa antigua color azul.

–Bien –revoleé los ojos–, ganaste –solté mi objeto de deseo.

Caminé delante de él en dirección a la caja, dado que el pasillo no permitía que dos personas pudieran pasar al mismo tiempo, y escuché que a mis espaldas preguntó mi nombre.

–Audrey –respondí con un grito hacia el techo.

–Mucho gusto, Audrey, yo soy Alex.

Alex era bien parecido, alto, mucho más que yo e incluso que cualquier chico con el que hubiera salido antes; definitivamente, más que Ezra.

Al final elegí un solo libro, no quería hacerle gastar de más, pero tampoco negarme a su favor, para no desmerecer el gesto. Antes de salir de la librería, le pidió un bolígrafo a Roland y tomó un señalador de esos que solían dar gratis. Escribió un número junto a su nombre y luego lo puso en mi bolsa.

–Listo, Audrey, acabo de arrojar la pelota en tu cancha –me rodeó con un pequeño bailoteo tosco y se fue por la misma puerta por la que había entrado, la única, de hecho, dejándome boquiabierta. Podía llamarlo. O bien podía olvidarme de la situación y volver a mi perfecta y rutinaria calma.


Á(r)mame

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