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Juliet
Un mes antes
Desperté algo confundida. Empapé mis labios partidos con saliva, pero enseguida me di cuenta de que no bastaría. La sed se apoderaría de mí de un momento a otro y no había nada que pudiera hacer para evitarlo.
Un dolor punzante cerca de la nuca me despabiló cuando recordé que ahí mismo había sido pinchada antes de perder la conciencia. Intenté levantar mi mano a fin de aliviarme con un pequeño masaje, pero algo frío me tomaba por la muñeca, frenándome antes de llegar. Me encontraba encadenada. Por las muñecas y los tobillos.
La desesperación se cargó la poca templanza que me quedaba, tanto que comencé a tironear de las cadenas sin siquiera detenerme a pensar qué estrategia me podía convenir, si es que existía alguna. Comencé a lastimarme, pero no me importó, solo me detuve cuando dolió, incluso más que el pinchazo en el cuello, incluso más en todo mi cuerpo que en los tobillos y muñecas, porque ese dolor era nuevo, desconocido, imagino que sería el dolor que sentía el alma cuando parecía acercarse al final.
El lugar en el me encontraba era oscuro, lúgubre, tenía una única y pequeña ventana rectangular en lo alto, aunque tapada con papel de diario. Deduje que se trataría de un sótano, tanto en Brooklyn como en Manhattan abundaban los apartamentos de subsuelo, yo misma vivía en uno así, eran de los más económicos, un nivel más elevado que las ratas: venían ellas, luego el subsuelo y recién después podíamos empezar a hablar de condiciones apropiadas de vivienda.
Nueva York tenía todo lo que Casper no. Que eran mundos opuestos no cabían dudas. En Wyoming todo parecía moverse en cámara lenta. A lo largo de mis años más lozanos había experimentado la real sensación del letargo y el aburrimiento, sobre todo en las tardes de invierno. Luego, con suerte, comía, dependiendo de en qué casa estuviera, y a dormir. En verano las cosas eran bastante distintas, pasaba más tiempo al aire libre, jugábamos en la calle o, en ocasiones, hasta nos escapábamos al lago. Claro que Debbie nunca venía, ella era demasiado correcta como para mentirles a sus padres, decía que si perdían la confianza en ella no podría recuperarla fácilmente. Como fuera, yo ni siquiera tenía padres a los que decepcionar.
Afuera todavía estaba oscuro. Había llegado de mi cita fallida a altas horas de la noche, con lo cual, si todavía no amanecía, no estaría muy lejos de casa. De haberme llevado a otra ciudad nos habría sorprendido la claridad del alba, bueno, todo esto a excepción de que hubiera pasado días inconsciente, después de todo, sentía la boca seca y pastosa, pero eso también podía deberse al efecto rebote de haberme tomado tres copas de vino blanco. Volví a intentar zafarme de aquellas cadenas una vez más, aunque sin éxito. No lloraría; de comenzar a hacerlo, nunca podría acabar. De golpe escuché pasos acercarse cada vez más hasta que se abrió la puerta. Una silueta apareció debajo del marco, pero estaba lo suficientemente oscuro como para no alcanzar a ver de quién se trataba. Me contempló en silencio por unos segundos y luego se fue. A partir de eso, todo fue cuesta abajo. Como si hubiese sido posible.
Me despertó el recuerdo de Ethan tirándose al lago sin ropa. Tendríamos quince o dieciséis años y, para lo poco que entendíamos de amor en aquel entonces, nos creíamos Romeo y Julieta, en versión pobres. Ethan era un completo desastre, faltaba a la escuela para quedarse bebiendo cerveza con su hermano mayor y sus amigos marihuaneros.
Tenía muchos defectos, pero estaba segura de que jamás me engañaría, me amaba sin límites y lo demostraba todo el tiempo, como justamente aquella tarde en la que se acababa de tirar al lago como Dios lo había traído al mundo para probar que por mí haría cualquier cosa.
Con el correr de los años se me presentó la oportunidad de elegir un futuro mejor.
En verdad, no fue solo cuestión de suerte, sino también del hecho de tener una amiga como Debbie, que se había ocupado de completar los formularios de impuestos en mi nombre, solicitar ayuda al gobierno y obtenerla para estudiar en la universidad completamente becada.
Ella no concebía irse a Nueva York sin mí, de hecho, por momentos parecía rivalizar por mi cariño con Ethan, o tal vez fuera que sabía mejor que nadie que, de seguir enroscada en aquella relación, terminaría viviendo en una casa rodante, con objetivos de vida nulos y un gran potencial desperdiciado. Yo también lo sabía, podía ser joven, pero tanto ingenuidad como inocencia eran rasgos que no me había podido permitir jamás. La vida me había curtido lo suficiente y, en lo más profundo de mi corazón, siempre había sabido que Ethan tendría fecha de caducidad, solo que, por el tiempo que durase la cosa, yo me dedicaría a disfrutarlo, mientras todavía fuéramos dos jóvenes jugando a la pareja estable. Locos el uno por el otro. Apasionados hasta el punto de escabullirnos a la parte trasera de un auto ajeno para hacer el amor cada vez que podíamos o aventurarnos al interior del bosque.
Una vez nos había corrido un animal, chillaba como una señora mayor enojada. Ethan solía decir que se había tratado de un espécimen feroz que él mismo había espantado. Claro que yo bien recordaba que no sería mucho más grande que una ardilla, pero preferí seguirle el juego y dejarle creer que se había convertido en un ex combatiente de guerra por dicha hazaña. Lo necesitaba.
Apreté mis ojos forzando el recuerdo una vez más, el lago, el sol, el calor que me quemaba el trasero sentada sobre las rocas de la orilla. Juliet feliz.
Comenzaba a hacer frío. Aquel lugar era todo menos Casper, y yo hoy era todo menos aquella jovencita que alguna vez había sido, sobre todo la de apenas un año atrás, la que todavía albergaba un puñado de sueños que hasta hacía poco tiempo había creído que podría cumplir.