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8 Audrey Presente

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Al cabo de algunas horas quemándome las pestañas leyendo y tomando notas, logré unas cuantas conclusiones sobre el posible perfil del criminal.

Después de todo, no había perdido mi toque y, básicamente, ya todo había sido estudiado y analizado por expertos que a posteriori lo habían expuesto en decenas de libros. Edad, género, etnia y algunas cosas más eran las que se podían descubrir dependiendo de los daños infligidos a la víctima.

Tomé la hoja en blanco del informe que debía completar, y que me habían dado en la escena del crimen.

Sacudí mi cabeza una vez más. Desde que había leído el apellido de la víctima no había podido parar de girar en círculos. Parecía parte de una broma macabra del destino: Juliet Atwood. Karma. Sabía que Atwood en Estados Unidos era lo mismo que Hernández en México, pero de todas formas hubiera preferido que tuviera un apellido distinto del mío, bah, del de mi padre.

Luego de armar lo que podía considerarse un informe profesional, de una persona que sí hubiese estudiado por años la psiquis desde los sesos, me puse de pie y sentí que las rodillas se me habían entumecido. Sin importarme demasiado, prevaleció el entusiasmo de ir corriendo de allí rumbo a la estación, así que lancé algunas pequeñas patadas al aire y me encaminé nuevamente al metro, esta vez en dirección al Uptown.

–Buenas tardes, busco al jefe Hardy –antes de que la recepcionista pudiera indicarme, sentí una voz masculina familiar a mis espaldas.

–Justo a tiempo, doctora –era Cole Craighton. El mismo agente que me había sacado las papas del fuego en la escena del crimen ahora se ofrecía a acompañarme hasta el despacho del jefe. Tenía cierto aire de donjuán, sabría que era atractivo y eso era lo peor que podía hacer, al menos conmigo. Cancelaba cualquier posibilidad de futuro flechazo.

–Don, te buscan –canturreó al abrir una puerta de vidrio esmerilado que dejó ver una amplia oficina de muebles antiguos, aunque de categoría.

–Doctora, pensamos que ya nos había abandonado –y una vez más, yo detenida en el tiempo ante la sonrisa de Don Hardy. Me senté del otro lado de su escritorio conservando la formalidad, aunque él me sorprendió cuando, con total desparpajo, de un brinco se sentó sobre su escritorio a pocos centímetros de rozar mi rodilla con su pierna.

Hardy era alto y de gran porte. Llevaba su melena oscura impecablemente peinada de costado y sus ambiguos ojos verdes, ya que, dependiendo de la luz, por momentos quedaban de un tono parecido al gris. Intuí que años atrás habría gozado de un gran atractivo, ya que ahora mismo podía dedicarme a contemplar las trazas.

Comencé a balbucear algo sobre el informe, cuando estalló en una risotada nerviosa. Lo miré asombrada y acercó su rostro hacia mí.

–¿Me va a decir quién es? –susurró. “Mierda. Me atrapó. Sabe que no soy Morgan, sabe que soy la patética Audrey Jordan, tan patética que tuve que inventarme una nueva identidad para pasar al menos un día en el que mi ínfima existencia valiera la pena”, pensé.

–Disculpe, debo irme –cuando atiné a levantarme, me detuvo con suavidad.

El calor fue atómico. Imaginé que, a esa altura, mis mejillas estarían centelleando como un semáforo en stop.

–Disculpe mi ansiedad, doctora. Es que desde la Jefatura Central ya comenzaron a presionarme. Imagino que todavía no puede decirme quién fue, qué perfil criminal cree que hizo esto, aunque no pierdo la esperanza –“Pasé”, me dije. Sentí que mis piernas se aflojaban y no tuve más remedio que volver a sentarme.

Recorrimos juntos el informe que había armado en la biblioteca; él asentía con la mirada, se acariciaba la quijada con una barba de pocos días y hasta por momentos abría los ojos con cierto asombro.

–Eso es todo –cerré la carpeta y me puse de pie, decidida a irme de allí antes de que fuese demasiado tarde y que alguien reconociera que era una embustera.

–Doctora Morgan, sé que hasta ahora no habíamos tenido el gusto de trabajar juntos, pero, dadas las circunstancias, estaremos necesitando más de usted.

–Déjeme revisar mi agenda, no la tengo aquí conmigo, le notificaré cuándo podría volver a pasar –simulé que estaba demasiado ocupada como para estar disponible a su antojo. A estos Hardy había que tratarlos así.

Aquella noche no pude pegar un ojo. Daba vueltas en la cama producto de la euforia que acababa de experimentar en un día tan atípico.

No obstante, cada vez que me encontraba al borde de caer en un sueño profundo aparecía la imagen de Juliet Atwood pegada a mis párpados, incluso con los ojos cerrados, más aún estando cerrados.

Esos zapatos. No podía evitar sentirme identificada. Nuestro parecido físico era innegable y si bien yo era algunos años mayor que ella, tranquilamente podría haber sido una víctima de aquel enfermo. El perfil arrojaba que había sido asesinada por un hombre.

La autopsia preliminar reveló que la joven había muerto por asfixia. No había signos de marcas en la zona de su cuello, así que fueron detrás de la hipótesis de que quizá la habían arrojado allí, moribunda y se había terminado por ahogar. La zona del parque donde la habían hallado se encontraba en remodelación, aprovechando la primavera y la temporada de lluvias, así que se habían plantado nuevos panes de pasto y, por dicho motivo, el suelo se encontraba alterado.

De caer boca abajo, sin fuerzas o incluso desmayada, podría haber aspirado pequeñas partículas de polvo que bloquearan sus vías respiratorias. Pude sentir en mi cuerpo la parálisis, la desesperación de no poder respirar y la imposibilidad de hacer algo para salir de allí. ¿Y si el asesino de Juliet no se había dado cuenta de que aún estaba viva? ¿Qué habría sucedido de haberla encontrado alguien? Los otros daños no habían sido fatales: de no haber sido por la asfixia, no estaría muerta. ¿Y si después de todo había logrado escapar de las manos de aquel animal?

Eran demasiadas las preguntas que probablemente no tendrían respuestas concretas más que en las hipótesis construidas por los forenses. De no encontrar a un responsable que confesara haberla atacado, su muerte quedaría archivada como un caso inconcluso.

Me desesperaba pensar en el hecho de que esa chica tuviera familia, una madre, un padre –esperaba que mejor que el mío–, incluso hermanos, que quedarían todos sin la posibilidad de un cierre.

No tenía opción. A esa altura me encontraba demasiado involucrada como para salirme. Para la estación del Central Park yo era la doctora Morgan y si eso los hacía felices o ayudaba en algo que contribuyera a resolver el crimen de la joven Atwood, bienvenido. A mí definitivamente me servía.

Me levanté resignada. Encendí el televisor y aunque mi cuerpo se encontraba cansado, la sobrecarga de energía me movía por inercia. Hacía largos meses que no me sucedía, así que no iba a desperdiciarla. A la mañana siguiente me esperaría Hardy con su equipo en la estación para trabajar en el caso y aun así no me importaba ir sin dormir.

Lo había llamado aquella misma tarde para confirmarle mi participación, luego de comerme las pocas uñas semicrecidas, intentando mantenerme ocupada hasta las cinco para sembrar algo de inquietud. Así que durante esas horas aproveché a ponerme al día con los chismes de la farándula que seguían llegando por la suscripción de mamá, y unos cuantos tés más tarde para cuando el reloj marcó las cinco y dos minutos, busqué a Hardy en la lista de contactos de mi teléfono y le notifiqué las buenas nuevas; al menos buenas para mí, no para Juliet Atwood, desde luego.

Dejé la vista fija en aquel programa de preguntas y respuestas y me perdí pensando en la forma en que mi vida acababa de cambiar por completo. De la noche a la mañana me había convertido en parte de una investigación de homicidio. Un caso que ponía en jaque a la seguridad de la que gozábamos últimamente los residentes de la isla, al menos hasta la 112 y el parque. Quise llamar a Leanne para contarle, pero era demasiado tarde para una familia con niños. Además, Leanne habría creído que me había terminado de volver loca. Mejor así, mejor mantenerlo en secreto, si de todas maneras ya casi no quedaban personas que conocieran a Audrey Jordan.

A las tres de la mañana los programas eran tediosos. Estaba a punto de darme por vencida cuando apareció Don Hardy, filmado aquella mañana en la escena del crimen dando una nota. Me vi de pie, detrás de él, inservible como pocas.

Hardy, por otro lado, lucía como un actor de Hollywood, aunque las cámaras no lo beneficiaran por completo, al hacer una vez más que sus ojos parecieran grises. Una real pena para el televidente.

Mientras relataba lo ocurrido y los pasos a seguir para encontrar al responsable, apelaba sin cesar a su equipo –y yo era parte de él–. Me sentí dichosa y eso era algo que pocas veces en mi vida había experimentado. Claro que segundos después bajé a tierra y me di cuenta de que estaba actuando de manera absolutamente neurótica. Morgan era parte de su equipo, no Jordan. Apagué la televisión y en algún momento me habré dormido.

El despertador sonó junto con la sensación de que esa noche acababa de transcurrir en un abrir y cerrar de ojos; aplacada la adrenalina, el cansancio tomaba protagonismo. De todas formas, mi entusiasmo seguía intacto. Últimamente la sensación matutina por excelencia había sido querer caer en un agujero negro. Sonreí al recordar una discusión una noche de copas entre colegas y otros profesionales, en la que una psiquiatra defendía a rajatabla el uso de fármacos para salir de estados polares de emocionalidad, deberían prescribir un Don Hardy por la mañana y uno por la noche. Salté de la cama y corrí al baño para prepararme, tenía un gran día por delante.

Para cuando llegué a la estación el reloj marcaba las nueve menos cuarto. Vestía una pollera negra con una camisola azul. Solía ser una persona puntual, pero aquella mañana en particular me sentía la alumna modelo en su primer día de clases.

Ni siquiera me había detenido a pensar en la mentira, en el hecho de que acababa de tomar “prestada” una identidad. De una forma u otra, lo que realmente importaba eran los aportes que pudiese realizar y respecto de eso me sentía segura, además Hardy me había dejado claro que se hallaba satisfecho con mi presencia.

La burbuja explotó bajándome con una honda cuando solicitaron mi identificación para ingresar al establecimiento policial.

–Disculpe, la he olvidado, pero el jefe Hardy le dirá quién soy, verá, ayer comencé a trabajar con ellos. Estuve aquí.

–Lo siento mucho, señorita, pero a este lugar no se ingresa sin identificación, más aún desde septiembre de 2001. Si es norteamericana lo entenderá –tenía razón, aunque me resultara odioso, tenía toda la razón. Si por mucho menos nos registraban de pies a cabeza.

La última vez que Leanne había venido a visitarme, la había llevado de paseo a la Estatua de la Libertad y para embarcarnos tuvimos que pasar por un procedimiento del mismo tipo que en un aeropuerto, sin zapatos ni objetos de metal que pudieran sonar, y luego vuelta y vuelta por aquella máquina que parecía que en cualquier momento abduciría a alguien y lo trasladaría al año 1985.

Giré al mismo tiempo que mordía mi mejilla interna, “¿y ahora qué?”, pensé, pero de pronto, vi venir a Don Hardy hacia mí.

–¿Se ha puesto cómoda, doctora? –bromeó.

–Olvidé mi identificación –chasqueé mi lengua. Últimamente me había convertido en una maestra de la mentira. Esto no me enorgullecía en particular, pero me daba la pauta de que era potencialmente buena en más cosas de las que creía.

–Robbins, déjela pasar, está con nosotros, mañana la traerá, ¿no es así, doc?

Asentí con la cabeza. Mañana. Para mañana debía conseguir una identificación falsa si quería seguir formando parte de esta obra de teatro personalizada que acababa de montar, que venía dirigiendo y hasta protagonizando.

Colgada de ese pensamiento trastabillé sobre la escalinata del hall, delante de un puñado de oficiales y algunas mujeres de mediana edad, cuyos semblantes apagados las hacían lucir como las típicas secretarias del Estado. Me miraron con menosprecio. Hardy no se percató de mi pequeño contratiempo, ya que siguió caminando delante de mí con la mirada en alto.

Todos se detuvieron a observarme y, acto seguido, se volvieron en pequeños grupos a hablar en voz baja, menudo déjà vu del bachillerato.

Ingresando al gran salón que pertenecía a la Unidad de Crímenes Especiales se podían observar, a mano derecha, grandes ventanales con bordes de hierro y vidrio repartido que proporcionaban claridad al espacio. El día anterior había sido tal la barahúnda que no había reparado en nada más que en la puerta del despacho del jefe Hardy.

El interior se encontraba venido a menos, necesitaba varias manos de pintura y hasta nuevos muebles y escritorios, ya que parecían ser los mismos que se utilizaban desde los años setenta. Archiveros de metal, teléfonos fijos, el lugar tenía su encanto.

Mi cabeza saltó inmediatamente al edificio de salud mental de Lexington Avenue y la 47, mi despacho como terapeuta pública, y al comparar ambos escenarios, no tuve ninguna duda de que este nuevo que estaba empezando a conocer sería mejor que cualquier otra cosa. Al menos allí no había nada semejante a aquella pequeña lámina de Rembrandt que colgaba de una de las paredes amarillentas de mi consultorio. Ese maldito Rembrandt que miré a los ojos durante todo el tiempo en el que Hakkin tuvo sus manos alrededor de mi cuello en aquel ataque, tiempo en el que si no hubiera atinado a gritar en un instante de desconexión de mi atacante, no habrían llegado a socorrerme mi colega Tiffany y su paciente, que se encontraban justo al lado.

Recordar aquel episodio lograba cegarme en pocos segundos, había decidido enojarme con el Rembrandt, porque era mucho más fácil que hacerlo con la persona adecuada, es decir, conmigo misma. Me llevaría algún tiempo perdonarme por haber dudado sobre si pedir ayuda o no. Y es que en ese momento pensé que lo mejor era dejarlo ser, que todo terminase de una vez por todas. Mamá había muerto hacía unos cuantos meses, la cosa con Alex había terminado, me encontraba sola y carente de esperanza. Mucho más fácil enojarse con Rembrandt y su aire de superioridad.

Unos pocos oficiales que fuimos encontrando en nuestro camino me dieron la bienvenida. A simple vista todo indicaba que yo sería una de las pocas mujeres, al menos en aquel sector.

–El resto del equipo nos espera para terminar de elaborar el perfil del homicida.

Nos dirigimos a una sala que hasta el momento desconocía. Al abrir la puerta los miembros del equipo enmudecieron y se voltearon a mirarme perplejos.

–Ella es la doctora Morgan, se suma al equipo y nos ayudará a desarrollar el perfil psicológico del criminal –antes que pudiera decir algo, uno de los agentes rompió el hielo dándome la bienvenida.

Me sumé a una mesa ovalada grande. Contándome a mí, éramos seis y todavía sobraba lugar; yo seguía siendo la única mujer.

El jefe Hardy se quedó de pie frente a un pizarrón blanco, de esos en los que se escribe con marcador. “Al menos un objeto más contemporáneo”, pensé risueña.

Todo indicaba que el sospechoso se trataba de un hombre de entre treinta y cuarenta años, a juzgar por su formación y sus modelos mentales de crianza, creencias y estilo de vida. De origen caucásico y probablemente de gran porte, ya que había podido reducir a su víctima en pocos segundos. Hacía algunas horas habían dado con la grabación de la calle, pero no se podía ver el rostro del victimario. El lugar en el que Juliet había estado bien podía tratarse de un inmueble o depósito de su propiedad, por lo que, entre sus características, aparecía el hecho de que fuera de clase media o alta.


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