Читать книгу Á(r)mame - Luz Larenn - Страница 21
Оглавление12
Juliet
Un año antes
Jeffrey me había estado llamando toda la tarde, pero decidí no atenderlo. Quería estar sola. Si aquella noche iría a mi cita misteriosa, trataría de darle toda la importancia que merecía, libre de potenciales amantes buscando correrme de foco.
El enigma sobre quién podía ser el muchacho me tenía algo nerviosa. Dudaba entre ir o quedarme con Debbie mirando la nueva temporada de alguna serie. Finalmente toda duda se disipó cuando recibí la dirección: <Lexington Avenue y la 47, Bobby’s Grill, estará cerrado, pero pasa, que estaré adentro esperándote>.
Encendí mi laptop y busqué Bobby’s Grill, se trataba de un bar diurno que ofrecía desayunos, brunchs y almuerzos, pero que por las noches permanecía cerrado. Fantaseé con la idea de que él fuese el dueño del lugar, nunca había salido con alguien que tuviera un estatus superior al estándar y, si bien no me importaba lo material, suponía un buen cambio para mis decisiones románticas.
Vi fotos que los clientes habían subido a una página web de críticas de restaurantes, parecía ser un antiguo diner, de esos que ya casi no existían, al menos en la isla.
Le respondí con un OK, un beso y abrí el clóset de nuevo, en busca del atuendo perfecto para –con un optimismo desbordante– el hombre perfecto.
Salí a eso de las siete y media rumbo al metro; prefería ir con tiempo y viajar tranquila, puesto que caminar esta vez no se trataba de una opción aceptable con zapatos de tacón nuevos.
Los dormitorios de la NYU se encontraban diseminados por varias calles contiguas a la universidad. Nosotras vivíamos en Jones y Bleecker, no muy lejos de allí, en el Greenwich Village. Así que, saliendo a esa hora, llegaría unos minutos antes de las ocho a Bobby’s Grill. Puntual aunque no desesperada.
Al llegar me encontré con la puerta cerrada, tal y como mi chico misterioso me había anticipado, y se abrió al empujarla, tal y como mi chico misterioso me había solicitado que hiciera.
El local se encontraba vacío, me sorprendieron las sillas sobre las mesas, a decir verdad, me sorprendió la estética abandonada, parecía un antiescenario de lo que hasta ese momento podría haber sido el inicio de un amor inolvidable, o al menos de un buen revolcón.
Caminé unos pasos más en dirección al centro del negocio y, como no sabía su nombre, menudo detalle, solo atiné a articular un sonido parecido a un “¡Ey!”, modulando mi voz con fingida sensualidad. Nadie respondió.
Un ruido proveniente de la cocina me hizo saltar en mi lugar. Parecía haberse caído un cucharón de acero o algo así. Aceleré mi andar sin percatarme de que el piso se encontraba absolutamente mojado, tanto que resbalé y caí de espaldas sobre un charco. Perfecto. La poca claridad que entraba gracias a las luces de la calle me permitió observar lo que hasta ese momento pensé que era agua o algún producto de limpieza. Sangre. Mis manos, mis piernas y ahora mis brazos estaban cubiertos de sangre. Me sobresalté de tal manera que, al intentar levantarme, volví a patinar y caí ahora de costado. Segundos más tarde me di cuenta de que sin siquiera notarlo, las lágrimas brotaban de mis ojos esperando lo peor. Si había un asesino allí dentro y acababan de matar a mi cita, yo bien podía ser la próxima.
Intenté salir del local, pero no tuve éxito. De alguna manera esa persona se las había ingeniado para cerrar con llave la misma puerta por la que acababa de entrar dos o tres minutos antes. Me encontraba atrapada con un asesino.
–¿Qué quiere de mí? –grité, pero mis palabras se ahogaron a medio camino. Una vez más nadie respondió. Imaginé que de querer atacarme, ya lo habría hecho, aunque en esos días había tantos locos sueltos que quizás este fuera de los que disfrutaban del momento previo a la caza más aún que del instante de la captura.
Miré a mi alrededor buscando otra salida, algún hueco que me conectara con el mundo exterior, pero fue en vano, la única puerta que había estaba cerrada. “Un momento”, me dije; si los cálculos no me fallaban, en Manhattan la mayoría de los negocios solía tener una puerta trasera para poder desechar los residuos sin ser vistos por el público. Decidida, pues mi vida dependía de ello, comencé a caminar en dirección a donde deseaba que hubiera otra salida, pero antes de atravesar la cocina escuché sonar un móvil. El sonido venía directo de mi bolso, era el mío. “Eres idiota, Juliet, a veces realmente lo eres”, me reprendí.
Con la mano temblorosa, revisé quién llamaba y la pantalla rezó: <Número desconocido>. Atendí por primera vez en mi vida con el deseo de que se tratara de un telemarketer intentando vender un nuevo servicio, pero por lo visto la suerte no estaba de mi lado en absoluto.
Dije “Hola” y del otro lado una voz distorsionada, lo supe por su tono metalizado, comenzó a hablar:
–Hola, Juliet, moría por hablar contigo. Verás, si te acercas al refrigerador industrial que está en la cocina, verás que dejé una sorpresa para ti; no cortes, estaré esperándote.
Aquel “estaré esperándote” del final me erizó la piel, recordándome el último mensaje que había recibido de mi cita: <... estaré adentro, esperándote>.
Pero ¿quién era esa persona que me llamaba? ¿A quién pertenecía la sangre del piso? ¿Qué quería de mí? Sorteé el charco camino de la cocina, mi cuerpo no respondía de la forma en que hubiese querido en un momento así, ilusa, y yo que creía que en una situación de emergencia podría convertirme en un ninja como por arte de magia. Demasiadas películas y esto era la vida real.
Lancé un grito agudo cuando vi un camino de sangre en dirección a la cocina, como si alguien hubiese sido arrastrado hasta allí. Y claro que eso era lo que había ocurrido. Si esa noche claramente debí haberme quedado con Debbie a mirar a otras personas metiéndose en problemas desde la comodidad de mi cama.
Pensé en mi amiga, en qué haría ella de estar en mi lugar y de manera automática me sentí empoderada; definitivamente yo era más fuerte que Debbie y, si me había tocado estar allí, debía estar a la altura de las circunstancias. Llegué a la cocina intentando contener el vómito que amagaba con brotar de mi garganta, me paré frente a aquel frigorífico plateado y, antes de que mi interlocutor volviera a hablarme, lo supe.
No podía decir que era la primera vez que veía un muerto. En Nueva York si alguien no se suicidaba, quedaba envuelto en medio de un tiroteo y chau, fin de su vida. Me había tocado ver varios cuerpos a lo largo de estos años, pero nunca algo tal como lo que vi al abrir esa fría puerta. En un acto reflejo cerré mis ojos buscando que así la imagen desapareciera, pero el frío helado del frigorífico me abofeteó directo en el rostro. Casi sin notarlo dejé caer el móvil, mientras me alejaba de espaldas, con la vista clavada en él. Sería un hombre de unos cincuenta años, llevaba bigotes y un tupido cabello marmolado. Todavía tenía puesto un delantal blanco, ahora teñido de su propia sangre; imaginé que se trataría de un empleado del lugar, y lo comprobé al ver el logo bordado en el bolsillo de su camisa, “Bobby’s Grill”. Choqué contra la estantería, detrás de mí y me deslicé hacia el piso temblando, llorando, con un puñado de dudas que me invadía.
A los pocos segundos noté que había dejado el teléfono tirado delante de mí y me apresuré a tomarlo, si quería salir de allí con vida no podía hacer enojar a quien estuviera jugando conmigo.
–¿Te encuentras más tranquila? –preguntó con serenidad inapropiada.
–¿Qué quieres de mí? ¡Estás loco!
–¡Loco por ti, Juliet! Por ti y por tu complemento. Llevo mucho tiempo planeando esto, estás a salvo, no busco hacerte daño, eso si pones atención.
Me sentí mareada, podría haber elegido desmayarme allí mismo y echarlo a la suerte, pero la pulsión de vida fue más poderosa que la de dejarme vencer, estaba dispuesta a salvarme. Tragué saliva y respiré profundo para recomponerme.
–¿Quién eres?
–No sería divertido si lo supieras, al menos no ahora mismo.
–Bueno, entonces dime qué buscas, qué esperas de mí, ¿por algo montaste todo esto, verdad? –el llanto ya era historia pasada, ahora, de a poco, podía ir recuperando las riendas. Mi esencia. La que me había acompañado a lo largo de toda mi vida y me había ayudado a sobrevivir en cada casa de acogida o de adopción transitoria en la que me había tocado vivir.
–Por eso mismo te elegí. Eres inteligente, despierta y, sobre todo, te das valor.
“Menudo reconocimiento por gozar de tales características”, pensé al mismo tiempo que analizaba qué responder.
–Te escucho –le dije cortante.
–Como te dije, te elegí hace mucho tiempo, no es casual que seas tú, no podría haber sido otra; ahora, si haces todo lo que te pido, las cosas marcharán bien, si no…
–¿Si no, qué?
–¿Ves a ese hombre? El que tienes delante. Alfred es... era –se corrigió– dueño de Bobby’s Grill. Muy querido por su clientela, es un ícono en la zona, se dice que aquí desayunaban los Kennedy.
–Ve al grano.
–Bueno, bueno, ¡qué tanto apuro si soy yo de quien dependes ahora!