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Audrey

Presente

Debía encontrar la forma de hacerme de una identificación que pudiera corroborar que yo era Esther Morgan, aun cuando no era el tipo de persona que tenía esa clase de contactos, ni en un millón de años. Pensé en llamar a Frederick, uno de mis compañeros de la universidad que sabía que ahora vivía en los Hamptons. No me sorprendía, puesto que siempre le había gustado la buena vida, aunque no así trabajar por ella, pero las cosas siempre terminaban por salirle redondas. Definitivamente, de todos mis conocidos era el único que podría ayudarme.

Le mandé un mensaje a Leanne pidiéndole su número, pero me respondió con una negativa, hacía tiempo que nadie parecía saber de él y solía cambiar de número de móvil más a menudo que de camisa.

Recurrí al viejo nuevo truco, las redes sociales. Tipié el nombre “Frederick Launge” en el buscador y apareció uno solo, después de todo no había tantos Launge en el mundo; claro que esto nunca se lo diría, ya que solo conseguiría alimentar su ego. Como era de esperarse, se lo veía posando en algún destino exótico, que bien podía ser Saint-Tropez o Ibiza, y se encontraba tan bronceado que el brillo del sol le hacía aparecer la piel color naranja. “Definitivamente para él no han pasado los años”, pensé y le envié solicitud de amistad.

Al rato vi que me aceptó y enseguida escribió por privado: <¡Pippa! No puedo creerlo, eres tú, ¿la verdadera?>, maldición, lo había olvidado. Audrey “Pippa” Jordan, para los amigos. Hacía tantos años que nadie me llamaba Pippa, que, en lugar de enojarme porque había utilizado aquel espantoso apodo, me sentí reconfortada, como si, de alguna manera, hubiese regresado a casa. Casa. Si hubiera sabido qué considerar como casa me habría ahorrado muchos dolores de cabeza. Me coloqué un mechón de cabello detrás de la oreja.

<Hola, Fred, sí, soy yo, la misma... Pippa>, y le sumé una cara feliz para descontracturar. Y no, ya no era la misma, pero qué más daba.

Debía pedirle ayuda, pero no podía hacerlo y ya. Después de todo, habría quedado en evidencia que solo lo contactaba por interés, sin mencionar que me hostigaría hasta saber cómo era que la Pippa que él conocía había terminado buscando una identificación falsa. Demasiado para alguien a quien no veía al menos hacía ocho años, demasiado para alguien en quien no había confiado jamás y mucho menos ahora.

<¿Estás en la manzana?>, preguntó, imagino que luego de ver mi ubicación en mi perfil personal.

<Así es, tengo entendido que estamos cerca, Go Go>, si él había tenido el desparpajo de llamarme Pippa, yo le devolvía con la misma moneda. “Go Go” se lo había ganado con honores. Ocurrió durante una escapada relámpago que habíamos hecho con todo el grupo un verano, mientras estudiábamos en Gibraltar Lake. Conseguimos alquilar a muy bajo precio una cabaña que pertenecía a los tíos de Ezra, en un pueblito llamado Casper, donde nos esperaría un fin de semana de hacer fogatas y nadar en el lago.

Pero, desde luego, si había alguien a quien podía írsele de las manos la cosa era a Frederick. Terminó bebiendo tanto que lo encontramos desnudo en el muelle de la cabaña cantando: “Baby please don’t go, go, go”. Nunca supimos a quién estaba dirigida su serenata nostálgica. Y ciertamente aquello seguía intrigándome y asaltaba mis pensamientos... de vez en cuando.

<No lo dejan ir, ¡eh!>, escuché el campaneo de su respuesta y miré la pantalla, saliendo de mi feliz recuerdo.

<No, así como ustedes no olvidan llamarme Pippa>, le agregué una risa para hacer que el mensaje pareciera más jocoso que mi cara de póker detrás de la pantalla.

<Fred, necesito hacerte una consulta>, tomé aire, <y que no me preguntes nada>.

Respondió más rápido de lo que esperaba. Y mucho más abierto de lo que definitivamente suponía.

<Dime, soy todo ojos>. Esnob. Ojalá no siguiera intentando conquistar mujeres con esa forma tan entusiasta de parecer un galán condescendiente. Ojalá que, de hacerlo, las mujeres hoy en día al menos fueran más exigentes que ocho años atrás, cuando parecían morir a sus pies.

<Necesito una identificación falsa>, jugué mi carta; si tenía suerte, quizá pasaría.

<¿Qué ocurre? ¿Acaso no te están dejando entrar al club nocturno?>. Revoleé mis ojos. Aun así, si era el precio que debía pagar por pedirle un favor, adelante.

Vi que escribía y se detenía, así varias veces. Comencé a ponerme nerviosa, hasta el punto de casi apagar el ordenador y cerrar mis ojos como si con eso consiguiera borrar mi desvergonzado e inmoral accionar.

Finalmente recibí la respuesta esperada. Perfecta. Sin preguntas.

<212-204-4525, se llama Börja, dile que yo te he enviado y no hará preguntas>.

Estaba por agradecerle, cuando me llegó otro mensaje más: <Lleva billetes chicos>.

Fred acababa de lucirse. Nos despedimos y le ofrecí tomar un café cuando anduviera por aquí. Él hizo lo mismo con los Hamptons. Ambos sabíamos que el encuentro nunca sucedería, pero quedaba bien decirlo.

Eran las nueve de la noche cuando Börja me recibió en el quinto piso de un edificio de la zona de Hell’s Kitchen, detrás de aquella puerta con el número veinticinco pintado a mano al costado.

Enseguida noté que se trataba de un hombre de pocas palabras y, a juzgar por su nombre, imaginé que quizás esto se debiera a la barrera idiomática, aunque tal vez fuera simplemente parco y ya.

Me indicó que esperara en una sala, que habría sido el living de aquel pequeño apartamento. Dos hileras de sillas unidas contra una pared en L le habían robado el protagonismo al concepto de living. Me sorprendió el despliegue para una actividad tan secreta como aquella. Más me sorprendió que al recorrer con la mirada el resto del lugar se encontraran pegados pósteres y comunicados que hacían alusión a las consecuencias del consumo de drogas y alcohol. Con seguridad, me hallaba en un sitio que no oficiaba de lo mismo de día que de noche, con lo que se convertía en una perfecta fachada de actividades ilegales. Desde luego que Frederick estaría involucrado, si nunca salía limpio de un cacheo, como solía decir mamá.

A los veinte minutos de aguardar mirando el cielorraso, las demás sillas vacías, una mancha en el suelo que me estaba poniendo particularmente nerviosa, para luego volver a comenzar el mismo recorrido, Börja salió del otro ambiente con el plástico en su mano.

–Esto debería servir, señorita.

Tomé mi nueva identificación y automáticamente me estremecí de pies a cabeza. La doctora Morgan acababa de elevar la apuesta: lo que hasta hacía horas se había tratado de una mentira sin demasiada importancia de una Audrey aburrida queriendo salir de su realidad, ahora la llevaba a jugar en las ligas mayores.

Y, una vez que la utilizara, sellaría mi destino.


Á(r)mame

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