Читать книгу Á(r)mame - Luz Larenn - Страница 18
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Juliet
Un año antes
<Podríamos encontrarnos>, escribí decidida, después de conversar por largo rato y foto mediante, para corroborar que, al menos, a no ser que me estuviera mintiendo, se trataba de alguien presentable. Nada mal. Lucía como uno de esos modelos de Banana Republic. Pero lo mejor era su sonrisa, podía imaginar mis días paseando junto a esos dientes blancos y perfectamente alineados.
<Buena idea, debo ocuparme de unas cosas y te diré cuándo>.
Revoleé los ojos, característico de los seudogalanes detrás de una pantalla. Se creían los reyes del juego hasta que una los apuraba.
Traté de llevar mi atención a otros pensamientos, de dignarse a reaparecer, ya vería qué hacer con él.
Debbie estaba en clase, casi no nos habíamos visto aquella mañana, luego de que había salido corriendo tras quedarse dormida dejando tirado su disfraz en medio de la habitación, muy atípico en ella. Sonreí burlona al recordar su peinado de la noche anterior. Es que normalmente llevaba el cabello recogido en una cola baja desaprovechando su fantástica cabellera rubia dorada natural.
En algunas horas debía rendir examen de Psicología de Masas. Encendí el ordenador para revisar mis apuntes, no era de las que estudiaban hasta el último minuto, más bien prefería dejar macerar la información durante la noche previa. Creía absolutamente en que lo que no había estudiado antes no iba a entrar en mi cabeza bajo presión. Pero, como estaba aburrida y algo insegura respecto de esta materia, hice una excepción. La psicología nunca se me había dado bien. Creo que, de hecho, la psicología en mi vida se encontraba a la par de la religión, me consideraba una no creyente.
Pero en la carrera de Marketing era una materia decisiva, así que estudié sin chistar, para dar lo mejor de mí, como siempre. Cuando estaba cargando el último archivo, el de la clase del 3 de mayo, mi móvil sonó. Era un mensaje, lo abrí y esta vez mi nuevo proyecto de cita me mandaba un gif, se trataba de una caja de regalo; al tocar sobre ella salía despedido la típica imagen del payaso con resorte.
Al segundo tocaron a mi puerta, dejé el teléfono sobre la cama y antes de abrir pregunté quién era. Nadie respondió. Observé por la mirilla, no había nadie del otro lado, pero pude ver que el dormitorio de enfrente se encontraba abierto y que había dos chicas conversando en el pasillo. Abrí. Ambas me miraron y, acto seguido, llevaron la vista hacia el suelo de mi puerta. Hice lo mismo. Había un paquete. Sonreí confundida, tomé la caja entre mis brazos y cerré la puerta con rapidez.
Ya dentro de la habitación la deposité sobre mi cama. Una vez más sonó mi móvil, nuevo mensaje, mismo modelo de Banana Republic: <Vamos, ábrelo>.
Para los tiempos que corrían, el hecho de que un muchacho desconocido, con el que hacía menos de veinticuatro horas que hablaba, supiera dónde vivía y hasta me enviara un regalo dudoso, resultaba aterrador.
Apagué el teléfono y lo solté sobre la cama. Decidí esperar a Debbie, así que dejé todo como estaba y me fui no sin antes dejarle un cartel: “Ni pienses en abrir esto”. Y debajo agregué en mayúsculas: “hablo en serio”.
A las dos y media de la tarde mi cerebro ya era carne de picadillo en manos de ese tal Freud, tanto que, por un momento, había olvidado la situación del misterioso envoltorio. Encendí el teléfono al salir del aula y automáticamente entraron cuatro mensajes, uno atrás de otro, de mi nuevo enamorado secreto, secreto y algo imprudente.
<¿?>.
<¿Estás ahí?>.
<Ey, ¿te asusté?>.
<Perdóname, no era mi intención, es que me conoces, solo que no me recuerdas>.
Este último mensaje llamó particularmente mi atención, si bien no lo volvía menos psycho, de repente le daba una explicación al hecho de que supiese dónde vivía. Después de todo, hacía meses que venía girando en espiral descendente con Jeff y Nicholas, quizá lo que me faltaba era confiar, confiar en que podía haber alguien más, alguien que fuera suficiente como para superar mi relación con ellos.
Caminé a gran velocidad para llegar al dormitorio, abrir el paquete junto con Debbie y finalmente contestarle.
–¡Por favor, señora! ¡Más despacio! –bromeó Deb cuando entré a nuestra habitación de una manera impetuosa y hasta algo abrupta.
–Vine lo más rápido que pude, necesito abrir este paquete.
–¡Eso! ¿Qué es esa caja? –preguntó, mientras lo señalaba desde su cama.
–No lo sé, no quise abrirlo, me lo envió mi nuevo admirador –modulé mi voz hacia un tono sensual al decir esto último.
Noté que la frente de Debbie se fruncía, predecible, con la misma confusión que yo horas antes y, proviniendo de ella, seguramente con temor.
–Ya lo sé, es aterrador y hasta fuera de lugar, pero luego me envió este mensaje –y le mostré donde decía conocerme de antes.
–Ten cuidado, Ju, no me gusta nada todo esto –se incorporó para venir hacia donde yo estaba.
–Bueno, pero un paquete no puede ser dañino.
–No, a no ser que haya una bomba dentro de él –ambas sabíamos que Debbie acababa de hacer una broma, pero, por si acaso, levanté la caja y la puse en mi oreja. Luego la agité sutilmente y ella me miró vacilante–. Bueno, si fuera una bomba con eso que acabas de hacer ya habríamos volado, camarada.
Desanudé la cinta azul a lunares dorados y luego levanté la tapa de la caja. Un papel amarillo envolvía lo que habría de encontrar segundos después. Con cuidado, separé el papel hasta llegar a un pequeño envoltorio rectangular. Ya con menos paciencia decidí romper el otro papel que envolvía lo que ya parecía ser una broma de esas en las que el paquete no termina de abrirse nunca, encontrando un envoltorio y otro más y así hasta llegar a la nada misma. Pero esta vez sentí que había algo duro detrás de ese último papel, y estaba a punto de descubrirlo.
Lo sostuve entre mis manos en alto, ambas lo miramos con incredulidad e intentando recordar de dónde podíamos conocer un objeto así.
A los pocos segundos nos miramos y gritamos al unísono:
–¡Gibraltar Lake!
Desde luego, cómo olvidarlo, se trataba de un pequeño cuadro de color verde que consistía en dos vidrios que pegados oficiaban de contenedor de agua y arena, haciendo que el cuadro fuera siempre distinto y que uno mismo pudiera armar su propia versión de arte con la arena cayendo en cualquier dirección.
Pensé en aquel lugar y en las personas que habíamos conocido. No íbamos allí desde hacía dos veranos, así que más aún se me dificultaba recordar mis andanzas.
Quizá fuera Ted o tal vez Frederick. No me sentía orgullosa del desfile de hombres que habían pasado por mi vida y menos en aquel entonces. Debbie, por su parte, era todo lo opuesto a mí, creo que por eso nos llevábamos tan bien.
Le escribí un mensaje: <Me tienes más desorientada que antes>.
Respondió enseguida: <Bueno, entonces tendrás que verme para recordarme, te espero mañana a las ocho de la noche, luego te enviaré la dirección>.
Nos miramos sin decir nada. Debbie siguió jugando un momento más con el cuadro y yo permanecí sentada en la cama, con los ojos posados en un punto fijo, como excusa para descansar el cuerpo mientras mi mente seguía trotando en una loma cuesta abajo.