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2.8.1Desarrollo socioemocional y control ejecutivo
ОглавлениеAl hablar de funciones ejecutivas tales como el control de la atención, el control de impulsos, la toma de decisiones, la capacidad de planificación y otros procesos cognitivos de alto nivel, pareciera que nos estamos refiriendo a aspectos y comportamientos y funcionamientos puramente intelectuales. Sin embargo, el desarrollo emocional, considerado como la creciente capacidad de diferenciar emociones complejas y de autorregulación, a fin de adaptarse al entorno social y alcanzar metas, está fuertemente relacionado con las funciones ejecutivas (Rueda, Paz-Alonso, 2013). Estudios sobre el desarrollo de la regulación emocional apuntan a que la regulación ejecutiva es indispensable en situaciones de alta exigencia afectiva (Zelazo et al., 2007).
El ser humano es social, y desde ahí, la comprensión de las propias emociones y de las de los otros, es una tarea central para la convivencia. Las emociones básicas como la felicidad o el miedo, son distintas de las llamadas morales, que se generan en la relación con los otros y en referencia a comportamientos normativos o ideales. Se trata de emociones tales como la vergüenza o la culpa, que implican comprensión de las normas morales y valores compartidos. El ser humano requiere comprender las emociones de los otros (empatía) y atribuirles estados mentales (teoría de la mente), es decir, reconocer que el otro es un igual. Para el desarrollo emocional se requiere desarrollo social, además de regulación afectiva.
El preescolar requiere controlar sus reacciones emocionales, positivas o negativas, para adaptarse al grupo y alcanzar sus objetivos, de manera que el control ejecutivo es factor importante de la regulación y el desarrollo emocional (Rueda, Paz-Alonso, 2013). La maduración del control de impulsos y la atención se relaciona con la comprensión de las emociones propias y de los otros, y principalmente a una mejor regulación emocional. Los niños que manejan mejor su atención, demuestran mejor control de su ira gracias al uso de un lenguaje no hostil, en vez del uso de la agresión. Central en esto es la empatía y la capacidad de comunicarla, lo que requiere capacidad de interpretar señales de angustia o de placer, vale decir, poder distinguir estados mentales propios y de los otros, lo que constituye un elemento cognitivo central de la empatía.
Los resultados de investigaciones recientes apuntan a que las funciones ejecutivas pueden mejorarse mediante entrenamiento cognitivo, lo que puede acrecentar las destrezas de regulación emocional y de comportamiento en niños.
Lo más importante de estos hallazgos es cómo el desarrollo del control ejecutivo es afectado por factores ambientales, específicamente, las prácticas de crianza y educación. Las actividades parentales, como la calidez, la sensibilidad y una disciplina suave, ligadas a un vínculo seguro y recíproco, se asocian a mejores destrezas en funciones ejecutivas en los niños (Bernier, Carlson, Whipple, 2010).
Un niño impulsivo podrá ver afectado el procesamiento de la información y reaccionar en forma inadecuada frente a cualquier situación. En cambio, los niños que tienen un aprendizaje social y emocional positivo, se adaptan con facilidad a las nuevas experiencias y desarrollan una actitud positiva hacia el colegio en la educación básica, lo que se refleja generalmente en buenas notas y en logros académicos. Adicionalmente, estudiantes con altos niveles de inteligencia emocional presentan mayor bienestar emocional y psicológico (menor sintomatología ansiosa y depresiva y menor tendencia a pensamientos intrusivos) (Extremera et al., 2003).
Los programas preescolares que privilegian las habilidades de autorregulación mejoran el desarrollo del control ejecutivo. La plasticidad del sistema neurocognitivo que sustenta la regulación cognitiva y emocional, podría estar ligada a la maduración gradual de este sistema. Datos basados en investigaciones empíricas agregan evidencia a la importancia del uso de programas dirigidos al desarrollo de las competencias socioemocionales. La sensibilidad del sistema neurocognitivo ofrece en la primera infancia múltiples oportunidades para promover la competencia social (Bernier, Carlson, Whipple, 2010).