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2.8.2El apego materno
ОглавлениеDependiente total, el bebé humano necesita del cuidado materno, tanto la alimentación y la higiene, como la atención y el afecto. En esta interacción, madre e hijo regulan mutuamente sus comportamientos. Respecto del niño, su capacidad de evocar sentimientos en la madre, determina la calidad del vínculo. El niño nace equipado para la interacción: para atender selectivamente a los estímulos y para responder con patrones de conducta, en fin, para relacionarse con el otro través de manifestaciones básicas: sonrisa, llanto, succión.
Por su parte, la madre estaría también biológicamente equipada para responder a las demandas del hijo, lo que Winnicott (1965) denomina responsividad materna. Ella se sitúa en el lugar del niño y su preocupación maternal primaria le permite sintonizar intuitivamente con sus necesidades. A ello contribuyen los cambios hormonales post parto, el inicio de la lactancia y el hecho de sentirse a cargo de la creatura. Hoy se agregan otras variables contextuales neonatales, por ejemplo, el deseo de desarrollar la relación, como ocurre en las adopciones.
El niño nace sin instintos animales de supervivencia, aunque pueda emitir algunas señalas que requieren de alguien que las interprete y atienda sus necesidades básicas de subsistencia. La madre interpreta señales y en la medida que lo hace, contribuye a la organización e integración de la experiencia psicológica del lactante. La estimulación interna y la externa son fuentes de tensión y ansiedad que no puede enfrentar solo. En este punto, la madre regula la estimulación externa, y simultáneamente la tensión propia del niño. Desde esta visión, el desarrollo se entiende como una reducción del caos potencial, a grados moderados de novedad y variedad. La madre brinda al bebé el indispensable sentimiento de cohesión y favorece la incipiente diferenciación yo - no yo. La madre es el mundo del bebé y desde esa posición puede generarle confianza o desconfianza, seguridad o inseguridad, además de devolverle especularmente una imagen de sí mismo. Reconocer la creciente autonomía del hijo y tolerar separación, puede resultar más difícil aún que generar el vínculo inicial.
Las circunstancias en que se concibe, la personalidad y salud mental y física de la madre, su experiencia temprana, el grado de satisfacción con su vida y el contexto vital, son factores que determinan el éxito o fracaso en esta etapa del desarrollo emocional del niño. La interacción sana genera seguridad, sentimientos de ser amado y valorado y libertad para expresar emociones, disfrutar y aprender. Dentro de la relación, también hay factores que contribuyen al fracaso de la vinculación, por ejemplo, el no respetar los tiempos del bebé, la sobreestimulación que frena la autorganización interna, en fin, la falta de habilidad para interpretar las señales que envía el bebé (Bowlby, 1998).
Los conceptos propuestos por Bowlby, principalmente durante los 70 y los 80, se han reestudiado en la última década a la luz de los avances de la neurobiología y de la psicología evolutiva. Actualmente hay consenso en que el apego surge de la relación cerebro/mente/cuerpo del niño y de su cuidador, en un medio que favorece o amenaza dicha relación. Este paradigma resulta fructífero para explicar las primeras relaciones de afecto que el niño establece y también para las futuras formas de relación con personas significativas.
Las diferentes formas de apego que el niño desarrollará en el futuro son el resultado de un historial interactivo específico entre cada niño y la figura de apego. El apego seguro resulta de una sincronía entre necesidades biológicas y sociales del bebé y la respuesta eficaz de la figura de apego. El niño tiene una percepción interna de seguridad que activa el comportamiento exploratorio, clave en el ajuste social y emocional (hasta la adultez) y que resulta clave en la forma en que el niño se relaciona en el jardín con sus profesores y sus compañeros.