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Viernes 7 de septiembre

11:30 p.m.

Iseul

Apartamento Iseul

Después de su primer día en la casa de St!gma y en las oficinas de Nowadays Entertainment, tiene la sensación de haberse quedado sola. Esos chicos consiguen llenar el espacio y hacerse con todo sin darse cuenta. Suerte que su madre al teléfono ocupa su atención mientras ella entra en casa.

Hace malabarismos para mantener el móvil contra el oído y el par de bolsas que ha comprado en el súper más cercano a su casa. El cajero de siempre se ha reído cuando le ha contestado a su madre que no había comprado un cargamento de chocolate al tiempo que pasaba varias tabletas por el lector de productos.

—No, mamá, no voy a preparar ramen instantáneo para cenar, ya sé que me sienta pesado —asegura poniendo los ojos en blanco—. Por cierto, ¿qué tal se lo están pasando los tíos en la playa?

Como todos los años, durante el mes de septiembre, los hermanos de su madre visitan su lugar de origen para disfrutar de las playas de arena negra y aprovechar para ponerse hasta reventar del pescado auténtico que se cocina en los restaurantes de la costa. Es el primer año que Iseul no coincide con ellos en ese viaje anual y extraña no estar saboreando el marisco a la brasa.

—Pues, como siempre, Seung-ssi ya se ha empachado, pero esta vez ha sido peor porque no consigue que nadie le siga el ritmo, como su querida sobrina.

No puede resistir reírse con ganas, aunque en parte le da pena porque ella también los echa de menos.

—Dile que, cuando termine de cubrir esta baja, les haré una visita con buen género —promete Iseul.

Pone el teléfono en altavoz para ir colocando las cosas en los armaritos de la cocina. Las tabletas de chocolate a la altura perfecta, los paquetes de fideos instantáneos a la derecha, unas piezas de fruta en la fuente que le regalaron sus primos y unas bandejas con pescado fresco y carne en la nevera.

—Como si el sabor lo diera el pescado y no estar en la playa de Maseongri con el sonido del mar de fondo —refunfuña su madre.

—Bueno, algo es algo, mamá.

En ese preciso instante, otra voz se filtra por el altavoz, llamando a la mujer, que responde a gritos. Entonces su madre se despide con rapidez y, en cuanto cuelgan, es consciente del silencio que hay en su casa. Puede que tranquila, pero también solitaria.

Iseul enciende el ordenador portátil en la cocina. Es una estancia pequeña con apenas dos encimeras, tres armarios y una nevera que le llega a la cintura, suficiente para lo que necesita. El microondas fue un regalo de su madre cuando se matriculó en la universidad y ella se compró la batidora con su primer sueldo. Aprovecha, mientras se inicia el sistema, para preparar algo de cena, porque, aunque tenga la opción de hacerlo en el trabajo, prefiere en casa.

Le prometió a Jaehee que le mandaría el vídeo esa noche para que realizaran los arreglos que fueran necesarios. Lo que no tiene tan claro es si le dejarán acceder a su correo, por eso decide mandarlo al de Taeyang. Es el que está más pendiente del móvil con diferencia.

El archivo se descarga y lo reproduce antes de dirigirse a la nevera para sacar una fuente y llevarla al microondas. Mientras tanto, la voz de Jaehee inunda la cocina.

No puede evitar que se le dibuje una sonrisa y su mirada se pierde en el vídeo. Agradece haber cambiado de teléfono hace poco porque, aunque la imagen no es profesional, no parece tampoco un vídeo de aficionados.

Está convencida de que los jixis adorarán ver al pequeño de St!gma dedicándoles una canción. Jaehee, que empezó su entrenamiento con apenas trece años, se ha criado sabiendo que la atención del público es fundamental, pero no hay nada en su comportamiento que sea solo para agradar. Sus maneras son tan sinceras que es imposible que no ablande a cualquiera que lo conozca.

La alarma de seguridad se dispara en el vídeo, coincidiendo con el pitido del microondas. Iseul se dirige a coger la comida y, cuando lo sirve todo en un par de platos y boles, se vuelve hacia el ordenador.

Se queda quieta frente a la pantalla, observando a Jaehee y Taeyang hablando. Le enternece su cercanía, pero inmediatamente se da cuenta de que hay algo más. Y ni siquiera es capaz de reaccionar para interrumpir la reproducción, porque hay algo hipnótico en cómo los dos encajan, tan bien que nada aparte de ellos tiene sentido.

Puede advertir el brillo en las miradas, como si se comprendieran con un simple vistazo, y el corazón se le encoge al descubrir cómo Taeyang acaricia la mejilla de Jaehee con una delicadeza tal que pareciera estar rozando algo de incalculable valor.

Abre los ojos de golpe por la sorpresa y siente que el frío se instala en su garganta.

¿Y ahora qué?

Stigma

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