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[14 de mayo]
ОглавлениеEsta mañana me fui al Museo del Louvre con el fin de visitarlo en la mañana. No supe en la que me metí. Visitar este museo es obra de meses de paciencia. Después de tres horas de ver sepulcros de Faraones, de reyes fenicios y caldeos, estatuas de veinticinco siglos antes de Cristo, vasijas de tiempos remotos, capiteles de palacios de antes de Babilonia y en fin, piedras de todas las edades y de todas las civilizaciones del Oriente vecino; regresé al hotel cansadísimo sin haber visto un solo cuadro, ni una estatua reciente. Otro día u otros le haré otra envestida. En la tarde fui a ver algo más concreto y más familiar: la tumba de Napoleón en los Inválidos. Entrando de la Concordia en los Campos Elíseos y torciendo sobre la izquierda por entre el grande y el pequeño palacio, se llega al puente de Alejandro III (el más hermoso que hay sobre el Sena), pasado el cual llega uno a la Explanada de los Inválidos, ocupada hoy por una verdadera feria de cachivaches, prestidigitadores, adivinas de la suerte, ruletas, juegos de tiro al blanco, carruseles y mil entretenimientos. En el extremo sur está el palacio, rodeado de un pequeño foso. Se entra por ancha puerta al inmenso patio y en el centro se ve la estatua del príncipe Eugenio. Una gran puerta conduce al patio de honor, grande como una plaza, cuyos corredores están atestados de cañones viejos (objetos ya de museo) y de pinturas de batallas. A todo el frente está la Iglesia de S. Luis llena de sepulcros de grandes hombres y aun lado de la nave derecha, una piececita donde están algunos recuerdos de Bonaparte: el cajón de mármol verde, en que vinieron sus cenizas desde Santa Elena, la mascarilla en yeso del Emperador muerto, el paño mortuorio, las piedras que cubrían el sepulcro de Santa Elena, etc.
Saliendo de la capilla y tomando a la derecha se sigue un pasadizo hasta llegar detrás de la citada capilla y allí, en severo y hermoso templo está la tumba del gran hombre. El espectador queda colocado en el borde de una rotonda en cuyo fondo, a unos metros de profundidad, se ve el sarcófago, de granito rojo, rodeado a distancia de una galería cuyo techo sostienen nueve estatuas que representan diversos asuntos concernientes a la vida del Emperador. Al frente de la parte superior de la rotonda hay un altar hermosísimo con un Cristo de tamaño natural. El altar está sostenido por columnas retorcidas de mármol negro y blanco, sobre sócalo verde. Rodeando el altar se bajan unas escaleras de mármol blanco y se encuentra la puerta de la cripta que queda al centro de la rotonda; a lado y lado de la puerta dos estatuas de bronce tiene en las manos algo como urnas y sobre el umbral esta inscripción: “Quiero que mis cenizas reposen a la orilla del Sena, en medio de ese pueblo Francés que tanto amé”.7 Ya en la cripta se ven los bajorrelieves que adornan las paredes, todos muy significativos y en un lado el relicario que contiene el sombrero de Eylau (terror de los enemigos en el campo de batalla y que aún después de la muerte de Napoleón hacía palidecer de susto a Metternich, según dice Rostand), la espada de Austerlitz, el collar de la consagración imperial y el gran cordón de la legión de honor. Al salir de la cripta veo con más detenimiento el templo: en una esquina la tumba de José, en otra la de Jerónimo, en otra la de La Tour y en la otra, oigo decir que depositarán al mariscal Foch muerto hace poco más de un mes. Al salir son las seis. Vuelvo a la casa sin haber visto aún el museo de armas. No lo veré. Para museos estoy bueno, acordándome de que me faltan aún por ver los de Italia, los de España y los de Oriente. Quizá me retraiga algo en cuestión de museos.