Читать книгу E-Pack Bianca agosto 2020 - Varias Autoras - Страница 13
Capítulo 8
ОглавлениеDOS SEMANAS después, Violet seguía con su política de silencio, que irritaba cada vez más al impasible Zak Montegova. No se podía decir que lo mostrara abiertamente, pero lo notaba de todas formas.
Estaba en la tensión de sus labios cuando un día se levantó tras una civilizada pero silenciosa cena y se fue.
Estaba en la rapidez de sus pasos cuando era él quién se marchaba.
Estaba en sus ojos cuando la miraba con deseo y se topaba con un muro de indiferencia que no podía ser más falso, porque lo deseaba con toda su alma.
Estaba en sus palabras cuando volvía a pedirle matrimonio y estaba en su actitud cuando ella respondía:
–No.
En general, ella se congratulaba de su habilidad para mantener la compostura. Solo la había perdido seis días después de llegar a la mansión, al despertar una mañana y oír el motor de una lancha, de la que se bajaron un distinguido doctor de Montegova y dos enfermeras con una gigantesca cantidad de equipos médicos, incluido un aparato de ultrasonidos portátil.
Violet tuvo que hacer un esfuerzo para refrenar su entusiasmo, porque ardía en deseos de oír los latidos de su bebé; pero Zak estuvo a punto de amargarle el día cuando se inclinó sobre ella y le susurró al oído:
–Si estás pensando en contarles lo que pasa, no te molestes. El doctor ha sido mi médico personal desde que nací, y confío plenamente en él. Pero, si rompiera esa confianza por algún motivo, puedes estar segura de que tengo recursos de sobra para forzarle a ser discreto.
Violet se odió a sí misma por soltar un suspiro que demostraba lo vulnerable que era. Y, sobre todo, se odió a sí misma porque tenía intención de hacer exactamente lo que Zak sospechaba y renunció a la idea por una simple amenaza.
–Eres un bastardo, ¿sabes?
–Soy muchas cosas, mia carina, pero eso no –replicó el príncipe, mirándola con dureza–. Y si entras en razón, nuestro hijo tampoco lo será.
Su voz sonó extrañamente sensual, y Violet recuperó la esperanza al sentirse deseada; una esperanza que aumentó cuando el médico le pidió que se tumbara en la cama y, tras conectar el aparato, le enseñó la granulosa imagen de su bebé. Entonces, ella se giró hacia Zak y vio que no miraba la pantalla con su habitual gesto impasible, sino con arrobamiento.
El corazón se le encogió y, cuando él la tomó inconscientemente de la mano, Violet se aferró a sus dedos.
–Todo está como debe. Felicidades, Alteza –dijo el médico momentos después–. Y felicidades también a usted, lady Barringhall.
Zak apartó la vista del monitor, frunció el ceño al ver que la había tomado de la mano y rompió el contacto. Luego, se cruzó de brazos y empezó a interrogar al médico.
Sin embargo, su súbito cambio de actitud no alteró el humor de Violet. Había visto a Zak con la guardia baja, y tenía la sensación de que estaba verdaderamente encantado con la perspectiva de ser padre. Pero, ¿eso era todo? ¿Le había ofrecido matrimonio pensando exclusivamente en el futuro de su hijo? ¿O también estaba pensando en ella?
Era una cuestión relevante, como bien sabía por las maquinaciones de mujeres como Margot, que se empeñaban en casar a sus hijas por dinero y las condenaban a situaciones insostenibles. En pocos años, los desgraciados cónyuges se tiraban los trastos a la cabeza, se lanzaban a infidelidades de todo tipo y, al final, se divorciaban u optaban por seguir casados a efectos legales, pero no prácticos.
Y Violet no quería eso.
Ahora bien, ¿estaba a tiempo de impedirlo? Y, en cualquier caso, ¿tenía derecho a anteponer sus necesidades a las del bebé? ¿Qué diría su hijo o su hija cuando creciera? ¿La apoyaría por haber tomado su propio camino? ¿O la condenaría por haber rechazado la oferta de su padre?
Tras sopesarlo unos segundos, llegó a la conclusión de que las madres siempre estaban condenadas a tomar decisiones por sus hijos. A fin de cuentas, la maternidad consistía en decidir por alguien que no podía decidir por sí mismo, y hacer lo que consideraran mejor. Pero, si eso era cierto, también lo era en el caso de los padres, empezando por Zak.
Al pensarlo, se dio cuenta de que todo lo que sabía sobre el príncipe eran informaciones ajenas, cosas que había leído o le habían contado.
Todo, menos aquel beso.
Todo, menos el inolvidable episodio de Tanzania.
Pero solo había sido sexo. Y se había acostado con él porque había querido, sin conocerlo bien. De hecho, lo conocía tan poco que ni siquiera sabía nada de su infancia.
Definitivamente, Zak no era el único culpable de lo que había pasado.
Además, tampoco se podía decir que su secuestro fuera una pesadilla, porque todos los días la cubría de regalos: vestidos de diseñadores, perfectos para una isla tropical; zapatos, sandalias y gafas de sol; bikinis maravillosos y pamelas de todos los colores, cubriendo todas las necesidades que pudiera tener.
Y todos los días, le llegaba un ramo de flores con algún detalle añadido, desde brazaletes de diamantes hasta velas aromáticas, pasando por cosas tan curiosas como un lápiz USB que contenía una vista aérea del proyecto de Tanzania y una cesta con ovillos de lana, que le había comprado después de que Violet hablara con el ama de llaves y le comentara su intención de retomar su antiguo pasatiempos.
Pero el mejor regalo de todos era una foto enmarcada de la imagen del bebé en el monitor de ultrasonidos; una imagen que ella había puesto en la mesita de noche, para verla cada vez que se despertaba.
Quizá fuera eso lo que la estaba llevando a replantearse su negativa a casarse con él. O quizá, que llevaba tres días sin pedírselo.
Violet se frotó las sienes, confundida. ¿Estaría sufriendo el famoso síndrome de Estocolmo? ¿Estaría bajando la guardia en el momento más inapropiado?
Enojada con ella misma e incapaz de concentrarse en el libro que supuestamente estaba leyendo, echó un vistazo a su alrededor y se levantó de la tumbona donde estaba. No sabía qué era más bonito, si las aguas resplandecientes de la piscina o la playa que se veía al fondo, pero nada encajaba con la idea de estar en una prisión. Ni siquiera los empleados de Zak, que la trataban como si fuera una princesa.
Sin embargo, Violet estaba lejos de haberse rendido. Se seguía negando a hacer excursiones por la isla, aunque hacía uso de la impresionante biblioteca que estaba pegada al despacho. Y no perdía ocasión de demostrarle indiferencia, como había hecho la primera vez que le llegó una caja de ropa: le dio las gracias con frialdad, subió a su habitación, se puso el bikini más provocativo del lote y, tras pasar por delante de sus narices, alcanzó un libro y se fue.
Pero no podía mantener esa actitud eternamente. En primer lugar, porque no tenía ni fuerzas ni ganas y en segundo, porque su madre no dejaba de enviarle mensajes que la obligaban a contestar con evasivas. Más tarde o más temprano, Margot ataría cabos y cometería alguna estupidez, como llamar por teléfono a una revista del corazón y confesarle sus temores sobre el paradero de su hija.
Violet sacudió la cabeza al pensarlo y se dio la vuelta.
Y justo entonces, se encontró ante Zak.
Los dos se miraron a los ojos, pero no fue una mirada normal; fue como si se estuvieran devorando, absorbiendo el uno al otro, y el ambiente se cargó de una tensión sexual que aceleró el pulso de Violet.
Aunque quizá no fue por eso. Quizá se aceleró por la energética, pura y animal virilidad que Zak exudaba, o porque ardía en deseos de asaltar su boca. Pero, fuera cual fuese la razón, se quedó con el corazón en un puño y completamente inmóvil hasta que él avanzó hacia ella con determinación.
Solo entonces, reaccionó y pasó por detrás del sofá en un intento de huida que fracasó segundos después, cuando Zak la acorraló a un par de metros de la puerta.
–Deja que me marche –dijo ella, con voz más ronca que de costumbre.
–No, cara, no te dejaré.
Zak apoyó las manos en la pared, atrapándola entre sus brazos y haciéndola dolorosamente consciente de que solo llevaba un bikini de color naranja y un pareo a juego que apenas cubría sus caderas y la parte superior de sus muslos.
–¿Se puede saber qué estás haciendo?
–Basta ya, Violet –bramó él–. Ya han pasado dos semanas.
–Bueno, ya sabes lo que tienes que hacer si tanto te disgusta esta situación –replicó ella, recobrando a duras penas la compostura.
Zak la devoró con los ojos y dijo:
–¿Por qué te empeñas en torturarnos de esta manera?
–¿A qué te refieres? ¿A lo que sentimos? ¿O a que me niegue a hablar contigo?
Él le dedicó una sonrisa tan sexy como arrogante.
–Ah, comprendo. Quieres que te abra mi corazón para apuñalarlo después.
–Si fueras tan amable…
La sonrisa de Zak desapareció.
–¿No has aprendido la lección de lo que pasó en Tanzania?
Violet se estremeció.
–¿Me estás amenazando, Zak?
–Sí, por supuesto que sí –respondió él, inclinándose sobre ella–. Te estoy amenazando con la reacción con la que has estado soñando desde que empezó esta… aventura.
Zak se sintió como se había sentido en Tanzania, como se había sentido todas las veces que se acercaba a Violet. Estaba nervioso, abrumado, perturbado.
Su vida siempre había estado calculada al milímetro. De niño, se había esforzado por ser un hijo perfecto para un padre perfecto que quería que hiciera carrera en el Ejército. Y de mayor, había esmerado tanto su discreción que, a pesar de cambiar de amantes constantemente, no había causado ningún drama o incidente que pudiera avergonzar a su familia o avergonzarlo a él.
Por desgracia, su padre no era el hombre honorable que Zak creía, y su legado había manchado la imagen de los Montegova y desestabilizado el país, lo cual lo llevó a extremar sus precauciones. Con el tiempo, se volvió inmune al halago y a las palabras cariñosas. Desconfiaba de todos y, por supuesto, nunca caía en las trampas del amor.
O casi nunca, porque había dos excepciones: el beso que había dado a Violet en el jardín de su madre y la situación en la que ahora se encontraba.
Por lo visto, aquella mujer era su punto débil. Pero, por inquietante que le pareciera, no se arrepentía de nada de lo que habían hecho. A fin de cuentas, estaba embarazada de él. Le iba a dar un hijo, carne de su carne, sangre de su sangre. E incluso cabía la posibilidad de que también le diera otra cosa: una oportunidad de cambiar la historia.
¿Dónde estaba escrito que no pudiera tener éxito donde su padre había fracasado? ¿Dónde estaba escrito que no pudiera infundir lealtad, integridad y hasta afecto en su heredero, virtudes todas a las que él se había creído inmune hasta que la vida le demostró lo contrario? ¿Dónde estaba escrito que no pudiera ser una buena persona?
Aunque solo fuera por eso, casarse con Violet merecía la pena. Pero corría el peligro de enamorarse de ella, y no se lo podía permitir. Lo que sentía era demasiado potente, demasiado abrumador.
Además, Violet había demostrado ser extraordinariamente firme. En lugar de romper a llorar, organizar un escándalo o rendirse dócilmente a sus deseos, había mantenido la calma y lo había sometido a un tratamiento continuado de frialdad e indiferencia. No se parecía nada a las mujeres con las que estaba acostumbrado a salir. Era distinta y, por esa misma razón, más interesante.
Sin embargo, la necesidad de acariciar su piel y arrancarle una sonrisa que no empezara ni acabara en desdén se estaba volviendo insoportable. Cada vez que miraba sus azules ojos o atisbaba sus largas y preciosas piernas, perdía el control de sus emociones.
Y ya se había hartado.
De un modo u otro, pondría fin a la tortura de su silencio y su desinterés.
No tenía más remedio, porque la alternativa era volverse loco.
Violet sabía que su embarazo tendría efectos desagradables, como las náuseas matinales; pero no se había planteado que también agudizaría su sentido del olfato, amenazando su equilibrio emocional. Y, en cuanto notó el masculino aroma del príncipe, los pezones se le endurecieron y el fuego de su pelvis se transformó en incendio.
Desesperada, se pasó la lengua por los labios y, al ver su gesto, Zak respiró hondo y la miró con más intensidad.
–Tendremos que hablar más tarde o más temprano, Violet.
–¿Por qué quieres casarte conmigo, Zak? Ni tú sabes nada de mí ni yo sé nada de ti, salvo lo que he podido leer en los periódicos. Podría ser tu peor pesadilla –alegó ella–. Deja que me vaya, por favor. Y, dentro de unos meses, hablaremos sobre la custodia del bebé y…
–No –la interrumpió.
–Pero…
–¿Qué te parece si cambiamos el guion de esta historia?
Ella frunció el ceño.
–¿El guion?
–Sí, exactamente. Declaremos una tregua temporal –respondió Zak–. Dices que no te conozco, y no te falta razón. Enséñame a la verdadera Violet Barringhall, la mujer que se oculta tras esa actitud fría y silenciosa.
El desafío de Zak pareció tentador, así que dijo:
–¿Y qué saco yo a cambio?
–Reciprocidad. Hasta cierto punto.
–¿Ya estás limitando tu oferta? –preguntó Violet, decepcionada.
–Mira, no tengo la costumbre de extender cheques en blanco. Y no voy a empezar ahora –replicó Zak.
Violet se llevó una decepción, y se preguntó por qué le sorprendía su actitud. Era una plebeya más, un ser sin importancia; solo le había ofrecido matrimonio porque se había quedado embarazada de él. Sin embargo, estaba decidido a hacerse cargo de su hijo, y eso le ofrecía la posibilidad de conocerlo mejor.
Ya a estaba a punto de aceptar la tregua cuando le vino un olor. Por lo visto, Geraldine, el ama de llaves, estaba preparando alguno de sus deliciosos platos. Pero el efecto que tuvo sobre Violet no fue precisamente bueno: le provocó una náusea tan intensa que salió disparada hacia el cuarto de baño para no vomitar allí mismo.
–¿Violet? –preguntó él con preocupación.
Violet sacudió la cabeza sin detenerse y no se detuvo hasta llegar a uno de los muchos servicios de la mansión, donde se inclinó sobre el lavabo y vació todo el contenido de su estómago.
Segundos después, Zak apareció a su espalda y se la acarició.
–Tranquila, carina.
Ella soltó algo parecido a una carcajada.
–¿Cómo quieres que esté tranquila? Las náuseas matinales no son ninguna broma. Es algo horrible, humillante…
–Sí, ya lo imagino.
Violet lo miró.
–Pues no me ayudas mucho estando aquí.
–Entonces, haré lo posible por sentirme culpable –dijo él, en tono exageradamente solemne.
Violet sonrió a su pesar.
–No tiene gracia, Zak.
–No, no la tiene.
–Pues deja de intentar animarme.
Zak asintió.
–¿Qué puedo hacer por ti, Violet?
–Ya te lo he dicho, marcharte.
–No me voy a ir. Tengo la sensación de que, antes de que sufrieras este desafortunado incidente, te disponías a aceptar la tregua. Estábamos avanzando, y no quiero que la esperanza descarrile por tan poca cosa.
Violet no supo por qué, pero le puso una mano sobre el brazo. Quizá, porque estaba muy débil o quizá, porque se había empezado a cansar de la situación. A fin de cuentas, no había ganado nada con ese punto muerto de silencios y frialdades.
Fuera como fuese, él la apartó delicadamente del lavabo, alcanzó un colutorio, llenó un vaso y se lo dio.
–Gracias.
Mientras Violet se enjuagaba la boca con el líquido mentolado, él humedeció una toalla y le frotó las sienes. La sensación fue tan placentera que ella soltó un gemido, y Zak la devoró con los ojos.
Al darse cuenta, Violet se quedó sin aliento. Su deseo era tan evidente que ni siquiera se molestó en disimularlo, y el ambiente se cargó de una tensión que se volvió casi insoportable cuando dejó de acariciarle las sienes y descendió lentamente hasta su cuello, donde se detuvo.
Entonces, Zak dejó la toalla en el lavabo y se puso entre sus piernas, clavándola en el sitio con la intensidad de su mirada.
–¿Qué estás haciendo? –preguntó ella con voz trémula.
–Disfrutando el momento –respondió él–. Déjate llevar.
Ella se había excitado tanto que habría seguido su consejo sin dudarlo un segundo, pero él se limitó a pasarle un dedo por el labio inferior, dar un paso atrás y soltarla.
–Aún no me has contestado, Violet. ¿Aceptarás la tregua?
Violet respiró hondo.
–Sí, pero con una condición.
–¿Cuál?
–Que solo durará tres días. Es todo lo que te puedo dar.
–Siete –replicó él, decidido.
Ella suspiró.
–Está bien, que sean siete –le concedió–. Pero después, me marcharé de aquí. Aunque tenga que irme nadando.
Él arqueó una ceja.
–¿Lo dices en serio?
–Sí. O eso, o vuelvo a mi actitud anterior y te vuelvo loco.
–Entonces, trato hecho –dijo él, tomándola súbitamente de la mano–. Y ahora, ¿qué te parece si vamos a dar una vuelta por la isla? Tu negativa a alejarte más allá de la piscina no me ha engañado en ningún momento. Sé que lo estás deseando.
Violet no tuvo más remedio que asentir, porque era verdad. Ardía en deseos de explorar la isla; sobre todo, la zona del norte, llena de verdes y frondosas colinas.
–¿Necesito cambiarme de ropa?
Él la miró de arriba abajo, excitándola de nuevo.
–No, estás perfecta. Vamos.
El tono apremiante de Zak no disminuyó el entusiasmo que dominaba a Violet cuando salieron del edificio y se dirigieron hacia la pequeña flota de cochecillos de golf que usaban los empleados para moverse por la isla.
Una vez allí, él la invitó a subirse al más elegante de todos, un seis plazas con aire acondicionado y minibar. Luego, esperó a que se acomodara y se sentó al volante.
Violet tuvo que hacer un esfuerzo para apartar la mirada de sus morenos brazos y sus fuertes y musculosas piernas. Estaba extrañamente nerviosa, como si se hubiera acostumbrado a no salir de la elegante mansión y tuviera miedo de volver al mundo.
–¿La isla es muy grande? –preguntó, intentando concentrarse en las preciosas vistas.
–De unas mil doscientas hectáreas –respondió él–. Tiene tres playas separadas y muchos sitios interesantes para bañarse, entre otras cosas.
Violet se quedó anonadada con las cosas a las que Zak se había referido. La isla era autosuficiente en un 90%, gracias a la planta desalinizadora y purificadora que reciclaba respectivamente el agua de mar y de lluvia, a los paneles solares que proporcionaban electricidad y a un discreto sistema de riego que daba servicio a una granja con huertas, gallinas y unas cuantas cabezas de ganado.
Sin embargo, casi todo el lugar estaba libre de presencia humana. Era un parque natural que apenas mancillaban la docena de chalets sutilmente mimetizados con el paisaje que se alquilaban a turistas ricos.
Violet estaba verdaderamente impresionada. En circunstancias normales, habría dado cualquier cosa por explorar la isla y hasta por quedarse una temporada en ella. Pero no eran circunstancias normales. Si no se andaba con cuidado, corría el peligro de enamorarse de su prisión y de perdonar a Zak por lo que había hecho.
Justo entonces, él detuvo el vehículo en el lugar más alto de la isla, para que pudieran disfrutar de la impresionante perspectiva. Pero Violet estaba ansiosa por recuperar su sentimiento de indignación, así que dijo:
–¿Por qué te fuiste a Australia?
Zak se limitó a encogerse de hombros.
–Me estabas rehuyendo, ¿verdad? –continuó ella.
Él entrecerró los ojos.
–¿Ya te has cansado de ser civilizada, Violet?
–Solo quiero saber la verdad. Eso no tiene nada de malo.
–No, ¿pero estás preparada para oír la respuesta?
Violet se mordió la cara interior de la mejilla, súbitamente asustada. Pero, a pesar de ello, mantuvo el aplomo.
–Sí.
Tras unos instantes de silencio, Zak se giró hacia ella y la miró con deseo.
–Sé que eres consciente de tu belleza, Violet. Me fui porque no estaba seguro de poder refrenarme.
–¿Refrenarte? –preguntó, nerviosa.
Él le apartó un mechón de la cara.
–Sí, en efecto. Si me hubiera quedado en Nueva York, te habría llevado a mi cama y te habría hecho el amor una y otra vez.
Violet tragó saliva.
–Zak, yo…
–No tenía más remedio que marcharme –siguió hablando–. Necesitaba recuperar el control de mis emociones.
–¿Seguro que fue por eso? –insistió ella–. Te lo pregunto porque, a pesar de lo que dices ahora, no me hiciste ni caso en la boda de tu hermano.
Él soltó una carcajada y le acarició el pelo.
–¿Crees que te podría olvidar con tanta facilidad? –replicó, tomándola entre sus brazos–. No, mia carina. Eres embriagadora.
Zak le puso las manos en la cintura, apretó el pecho contra sus senos y la besó, despertando en ella un deseo absolutamente animal. Y, cuando se quedaron sin aliento y rompieron el contacto, Violet solo notaba dos cosas: su dura erección contra el estómago y la húmeda y cálida sensación que tenía entre las piernas.
–¿Tú serías capaz de controlar esto? –preguntó él–. Te he estado mirando mientras ibas y venías por la mansión con tu gesto altivo y tu cuerpo pecaminoso, y no he hecho otra cosa que imaginarte desnuda.
Violet abrió la boca, pero no dijo nada. Los pezones se le habían endurecido, y no encontraba la forma de apagar el fuego que ardía en su interior.
–No intentes disimular –continuó Zak–. Sé lo que sientes. Y si fuera un hombre sin escrúpulos, me aprovecharía de ello.
Violet sacó fuerzas de flaqueza y se apartó de él.
–¿Un hombre sin escrúpulos? Discúlpame, pero raptar a una mujer encaja bien en esa descripción.
–Esto no es exactamente un secuestro. Y, aunque lo fuera, era necesario.
–¿Por qué?
Zak frunció el ceño.
–Tenía que proteger a mi hijo. ¿Te parece poco?
Violet se quedó perpleja con su repentino tono de desconfianza, y se preguntó qué habría hecho para merecerlo.
–Dijiste que, si aceptaba tu tregua, me ofrecerías reciprocidad. ¿Es que has cambiado de idea? –contraatacó ella.
Los ojos de Zak brillaron con algo parecido a un destello de aprobación, como si le hubiera gustado que le plantara cara.
–Muy bien, Violet. Pregúntame lo que quieras.
Una vez más, ella tuvo miedo de las respuestas que Zak pudiera darle. Y no le asustaba la posibilidad de que le disgustaran, sino la posibilidad de que reforzaran lo que ya sentía por él. Pero no se pudo resistir.
–Cuando te dije que me había quedado embarazada, me hablaste de tu hermanastro y del efecto que tuvo su aparición en tu familia. Pero las casas reales de Europa son un foco constante de escándalos, y ya no llaman la atención de nadie –afirmó–. ¿Qué me estoy perdiendo, Zak? ¿Qué no me has contado?
Zak pensó que, cuando Violet disparaba, apuntaba al corazón y vaciaba el cargador entero. Si hubiera podido, habría desviado la conversación para no tener que contestar; pero la tregua era idea suya, y no podía echarse atrás.
–¿Tan terrible es? –insistió ella.
Él apretó los puños.
–Bueno, todas las familias tienen sus problemas, ¿no? –replicó él, tenso–. Empezando por la tuya.
–Sí, pero los de la mía son un secreto a voces, aunque te confieso que no lo puedo soportar. Cuando descubrí que mis padres eran capaces de hacer cualquier cosa con tal de ascender en la escala social, me llevé un disgusto del que estoy lejos de haberme recuperado. No es agradable que se burlen de ti constantemente y te consideren poco menos que escoria. Y tampoco lo es que te hagan desfilar como si fueras una res en un mercado de ganado.
–No, supongo que no.
Ella alzó la barbilla, intentando mantener su orgullo.
–Ni puedo escapar de mi pasado ni renegar de mis padres; pero, al contrario de lo que algunos puedan pensar, no tengo intención alguna de seguir sus pasos –afirmó–. Sé que no confías en mí, pero te ruego que me creas ahora, porque te estoy diciendo la verdad.
Zak la creyó. Durante las dos semanas anteriores, se había dado cuenta de que Violet no guardaba ases en la manga. De hecho, le había demostrado que no le interesaban ni su dinero ni el título de princesa que le podía dar, y que se habría ido sin mirar atrás si él no hubiera cambiado de actitud.
–Él siempre fue mi ejemplo. Ese fue mi primer error.
–¿Te refieres a tu padre? –preguntó ella.
Zak asintió.
–Yo creía que era perfecto, la encarnación de todas mis aspiraciones. Y quería ser como él. Aunque no pudiera acceder al trono, quería seguir sus pasos.
–Nadie es perfecto, Zak –observó ella–. Sería un hombre extraordinario, pero también era humano.
Zak tragó saliva, pensando que estaba en lo cierto. Al fin y al cabo, él mismo había caído en la tentación tras jurarse lo contrario. ¿Sería posible que lo hubiera idealizado hasta el extremo de juzgarlo de forma excesivamente estricta?
–Mi padre era rey, Violet. Su comportamiento debía ser irreprochable. Sobre todo, en lo tocante a lo que pudiera hacer daño a su familia.
–Oh, vamos, ya habéis aceptado a Jules, ¿no? Seguro que puedes encontrar la forma de olvidar su desliz.
–No, no puedo.
–¿Por qué no?
–Porque la relación que mantuvo con la madre de Jules no fue una relación pasajera, sino de muchos años. Y, mientras mi padre estaba con ella, otros se dedicaron a conspirar a sus espaldas –respondió Zak–. Puso el reino en peligro y dio razones a los que pretendían desestabilizar el Gobierno.
–Oh, vaya… No lo sabía.
–Muy pocos lo saben.
Violet lo miró a los ojos, esperó unos momentos y dijo:
–¿Lo odias por eso? ¿O porque murió sin darte las respuestas que necesitabas? Te lo pregunto porque a mí me pasó lo mismo con mi padre. Me quedé sin saber por qué lo había arriesgado todo a cambio de dinero.
–¿Qué importancia tiene eso?
–Toda la del mundo, Zak. Si lo odias por lo segundo, tendrás que aprender a sobrellevarlo. Tendrás que perdonar y seguir adelante antes de que el rencor te consuma. Tendrás que ser el hombre que tu padre no pudo ser.
Por primera vez en su vida, Zak sintió pánico. ¿Qué pasaría si no conseguía ser mejor que su padre? ¿Qué pasaría si fallaba a Violet y a su hijo?
Al darse cuenta de lo que estaba pensando, reaccionó con una ferocidad que habría enorgullecido a sus antepasados. Él no era cualquier persona. Él era un príncipe con sangre de guerreros en sus venas. Nunca se había acobardado, y no se acobardaría ahora.
–¿Ya has terminado con tu interrogatorio? ¿O quieres hacer más preguntas?
Violet estuvo a punto de soltar un grito ahogado. ¿Cómo era posible que Zak hubiera pasado de hombre vulnerable a príncipe dictatorial en solo unos segundos? No lo sabía, pero había vislumbrado a la persona que se ocultaba tras todo el poder y majestad de su título; había visto a la persona de verdad, a una persona que, al igual que ella, se había sentido traicionado por su propio padre.
En otras circunstancias, habría cerrado los brazos alrededor de su cuerpo y habría apoyado la cabeza en su pecho, sin más intención que la de estar cerca de él. Pero Zak ya se había distanciado, y la miraba con su frialdad habitual.
–Dijiste que Jules fue el único hijo ilegítimo que ha habido en tu familia –declaró–. Sin embargo, habrá habido divorcios.
–Sí, unos cuantos –replicó él–. Pero, ¿a qué viene eso? ¿Es que ya estás pensando en poner fin a nuestro matrimonio? Porque aún no estamos casados…
Ella soltó una carcajada sin humor.
–No te finjas herido, Zak. No me ofreces matrimonio porque estés enamorado de mí, sino porque estoy embarazada.
–Es una buena razón. Una que desestimas con demasiada ligereza.
–¿Y qué tiene de raro? No sé qué quieres hacer con tu vida, pero yo quiero ser libre y poder elegir al hombre con el que me case. No me ataré a ti por el simple hecho de que seas el padre del bebé que llevo en mi vientre. No me venderé por tan poco.
–¿Por tan poco? –bramó Zak–. Discúlpame, pero la inmensa mayoría de las mujeres del mundo me consideran un buen partido.
–¡Pues cásate con ellas!
El tono de Violet fue tan violento que Zak se dio cuenta de que estaba celosa, y sus ojos brillaron con un destello de triunfo.
–Veo que no eres tan inmune a mis encantos, cariño mío.
–No me llames eso –protestó–. Yo no soy nada tuyo.
–Pero podrías serlo si…
–¿Si entrara en razón? –lo interrumpió–. ¿Si me alegrara de que tu oferta de matrimonio incluya la ventaja de una relación sexual apasionada?
–Vaya, admites que sería una relación apasionada –dijo él–. Gracias por reconocerlo, Violet. Y sí, es una ventaja inmensamente placentera. Deberías reconsiderar tu decisión.
–¿No crees que olvidas algo?
–¿Qué?
–Que la atracción física no dura mucho tiempo. Hasta es posible que se haya acabado antes de que firmemos el certificado de matrimonio –respondió Violet–. Y, en cualquier caso, no voy a comprometer mi futuro con una base tan endeble.
Zak se pasó una mano por el pelo y sonrió con sorna.
–Menuda manera de empezar una tregua –comentó.
Ella se encogió de hombros.
–Parece que saca lo peor de cada uno.
–Bueno, yo no diría tanto –dijo él, echando un vistazo a su carísimo reloj–. Pero ya hemos hecho bastante por un día. Volvamos a la casa. La cena se servirá en una hora.
Violet sintió una mezcla de placer y temor. La cena implicaba la posibilidad de pasar más tiempo con Zak, y ella ardía en deseos de volver a ver al hombre que se escondía tras una rígida fachada exterior. Quería compartir sus sueños, calmar sus miedos. Quería estar con el único hombre con el que se había permitido el lujo de soñar.
Además, tenía la esperanza de que la grieta que se había abierto en su fachada derrumbara el muro, mostrándole su verdadero ser. Solo era cuestión de tiempo. De tiempo, de paciencia y, quizá, de amor.