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Primera parte
Capítulo XI Preocupaciones

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En el funeral no había mucha gente. El miedo al contagio flotaba en el aire y muchos debían volver de la guerra. En la iglesia, sentadas en los primeros bancos estaban sobre todo las mujeres, vestidas de negro con grandes pañuelos oscuros que cubrían sus cabellos. Unos poco hombres permanecían en el fondo, en pie, con los sombreros en la mano. Antes de que el féretro saliese de casa había vuelto Rudi. Se había enterado de la noticia a través de Fosco, con quien se había hospedado los días siguientes al fin de la guerra. Se había marchado enseguida y el amigo no había querido dejarlo solo así que lo había acompañado hasta Viterbo.

Giulia se lo encontró en el umbral de la puerta.

–Rudi… has llegado a tiempo…

–Giulia…

Se abrazaron con fuerza, en silencio y durante un instante ella pensó que aquel ya no era el muchacho que había partido unos años antes.

–He traído conmigo a Fosco… estaba en su casa… fue allí donde el ejército me ha comunicado la noticia… había dejado su dirección…

–Has hecho bien… no sabíamos cómo encontrarte y…

–Giovanni…

Rudi se acercó al cuñado que estaba bajando las escaleras de las habitaciones y se intercambiaron un apretón de manos que no necesitaba de las palabras.

–¿Los niños y María están bien?

–Sí, están bien ―respondió Giulia ―Ya se han ido a la iglesia. Queríamos evitar que vieran…

–Es mejor así, es mejor así… Perdona, Giovanni, no te he presentado todavía a Fosco Frizmaier…

Un poco alejado Fosco observaba la escena de la que era espectador, a la espera de poder formar parte de ella. Bien abrigado en su gran gabán negro parecía todavía más alto y más delgado. El apretón de la mano delgada en el momento de la presentación le pareció a Giovanni vigoroso y sincero. Giulia advirtió su mirada indagadora cuando se inclinó hacia ella para saludarle.

En la iglesia los sobrinos habrían querido estar con Rudi y a Antonino se le había escapado una sonrisa y un brillo de alegría le había atravesado los ojos. Había sido suficiente la mirada elocuente de la tía para disuadirlo de hacer nada más.

Por la noche se reencontraron todos a la mesa. Extenuados por el dolor y las fatigas de una larga jornada los niños fueron enseguida a la cama. Los tres hombres permanecieron sentados hablando mientras Giulia y María ponían en orden la cocina.

Fosco había estado silencioso durante buena parte de la cena, casi arrepentido de haberse querido confundir en aquel sufrimiento tan privado pero Rudi y Giovanni habían conseguido incluirlo en su conversación y sólo entonces, también Giulia, había parado de estudiarlo. Durante toda la comida había sentido una pequeña incomodidad cada vez que intuía su mirada posarse en cada uno de ellos, una violación inconsciente de la intimidad familiar. Advertía, no sólo la curiosidad normal de un extraño sino también el deseo de penetrar a fondo en cada uno de ellos, casi como pidiendo confirmación de una convicción precedente.

María tenía un color terroso y el vestido negro resaltaba la palidez violácea del rostro. Se había quedado encerrada en sí misma, aislada de los otros, buscando con los ojos a la cuñada para que le diese instrucciones de cómo comportarse. Nada de lo que se dijo pudo atravesar su dolor.

–Nos vamos arriba, si no os importa .

Había sido Giulia la que había hablado por las dos. Fosco se levantó para despedirlas y todos les desearon una buena noche después de días y días de fatiga.

En cuanto los hombres se quedaron solos en la gran cocina, ahora ya silenciosa, el tono de la conversación cambió, como si hasta ese momento hubiesen querido evitar a las mujeres el peso de sus preocupaciones.

Después de unos minutos de silencio, casi en voz baja, Giovanni dijo:

–¿Qué se dice en Milano sobre este armisticio?

–Bueno… por ahora hay sólo entusiasmo por el fin de la guerra ―respondió Rudi.

–Sí, es verdad. En Villa Giusti ha terminado una larga pesadilla.

–Debemos prepararnos para grandes cambios ―dijo Fosco

–¿En qué sentido? ¿Qué cambios? ¿No hemos vivido ya bastantes? ―Giovanni se había dirigido al joven que, de repente, se había convertido en más atento y serio.

–No volveremos a ser ya los mismos. No hablo de nosotros que hemos vivido la guerra en las trincheras, sino de toda la sociedad.

–Y yo que había pensado que había ido a liberar Trento y Trieste… ―dijo con tranquilidad Rudi.

–Tú, como tantos otros muchachos ―respondió Giovanni, casi como queriendo consolarlo.

–Nadie, la haya querido o no, habría pensado nunca en una guerra de tan vastas proporciones. Nunca había ocurrido nada así en la historia. Millones de muertos… millones… pensadlo, millones de muertos y de inválidos ―Fosco parecía que estaba hablando consigo mismo,. ―Los Estados Unidos, que entran en una guerra europea con toda su potencia económica… mundos tan distintos que se tocan. Quién sabe cuáles serán las consecuencias…

–¿Y lo que ha sucedido en Rusia? ¿Os dais cuenta a que tipo de revolución hemos asistido? ―añadió Rudi.

–Es verdad, parece como si no hubieran transcurrido tres años sino un siglo…

–Esta alteración transformará la manera de ver el mundo, cambiará nuestra existencia… vosotros en el pueblo quizás no habéis sido del todo conscientes… para vosotros la vida ha permanecido la misma y la guerra ha traído sólo dolor, sin cambiar mucho las cosas. Pero en la ciudad ha sido distinto. Muchas mujeres han hecho el trabajo de los hombres y no se vuelve atrás. Será esto y otras muchas cosas lo que hará cambiar nuestros valores, nuestras costumbres…

Giovanni escuchaba en silencio. Por las preocupaciones de los dos jóvenes, por primera vez, parecía entender que estaban sólo al comienzo de un nuevo mundo, nuevo y lleno de incógnitas. Casi se sintió viejo. Más que viejo, se sintió anclado a un tiempo que ya no sería el mismo y que le podría fácilmente escapársele de las manos. Vio a sus hijos proyectados hacia un futuro desconocido y, como cualquier padre, tuvo miedo de no conseguir protegerlos bastante.

Rudi y Fosco se fueron unos días después. Ahora ya Rudi había decidido mudarse a Milano. Fosco le ayudaría a encontrar un trabajo en su mismo periódico.

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