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¿Quién era la visionaria Elena?

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La cita anterior registra la primera visión celestial que recibió Elena G. Harmon a los 17 años, en diciembre de 1844.

Elena y su hermana gemela eran las más jóvenes de ocho hermanos de la familia Harmon, y ambas nacieron en Gorham, Maine, el 26 de noviembre de 1827. Su padre se dedicaba a la fabricación y venta de sombreros, y más tarde se mudó con su familia a Portland, en el mismo Estado de Maine.

Fue en Portland donde Elena, con tan solo nueve años de edad, sufrió un accidente que afectó profundamente su vida. Una muchacha le dio una pedrada que la mantuvo a las puertas de la muerte durante varias semanas. Con el tiempo se re­cuperó, pero esa experiencia la dejó en tan mal estado de salud que no pudo seguir asistiendo a la escuela, aunque lo intentó con todas sus fuerzas. Durante casi toda su vida siguió sufriendo por su precaria salud.

Sin embargo, la imposibilidad de asistir a la escuela no impidió que recibiera una educación informal. Sus notas autobiográficas revelan a una joven poseedora de una mente inquisitiva y una naturaleza sensible.

Esa sensibilidad no solo se mostraba en su relación con los demás, sino también en su relación con Dios. En realidad, hasta una lectura casual de su autobiografía nos llevaría a concluir que, desde sus primeros recuerdos, era intensamente religiosa.

La joven Elena estaba profundamente impresionada con el pensamiento de que Jesús regresaría pronto. La primera vez que ella se encontró con esa idea fue a los ocho años, cuando, ca­mino a la escuela, recogió una hoja de papel donde se leía que Jesús vendría dentro de pocos años. Acerca de esto escribió: “Al considerar el acontecimiento predicho, me vi poseída de terror. [...] Me impresioné tan profundamente por el párrafo del trozo de papel que apenas pude dormir durante varias noches, y oraba continuamente para estar lista cuando viniera Jesús” (Notas biográficas, cap. 2, p. 23). Estos sentimientos se intensificaron en marzo de 1840, cuando escuchó a William Miller predicar en Portland que Cristo vendría en 1843.

El temor que Elena sintió por la segunda venida de Cristo tuvo su origen en dos asuntos. Primero, se sentía profundamente indigna. Sobre esto ella escribió: “Sentía en mi corazón que yo no lograría merecer llamarme hija de Dios. [...] Me parecía que yo no era lo bastante buena para entrar en el cielo” (ibíd., pp. 23, 24).

Su sentimiento de indignidad estaba directamente relacionado con su creencia en un infierno que ardía eternamente. Debido a sus pecados, temía que tendría que “soportar las llamas del infierno para siempre, por tanto tiempo como Dios existiera”. No solo temía por sí misma, sino también la idea de un infierno que ardía eternamente despertaba interrogantes en su mente. “Cuando me dominaba el pensamiento de que Dios se deleitaba en la tortura de sus criaturas [...] un muro de tinieblas parecía separarme de él [...] y perdía la esperanza de que un ser tan cruel y tiránico jamás condescendiera en salvarme de la condenación del pecado” (ibíd., cap. 3, p. 34).

Elena luchó durante años con estos pensamientos. Su problema se veía agravado por dos creencias falsas: primera, que ella tenía que ser buena, o hasta perfecta, antes de que Dios pudiera aceptarla; y se­gunda, la idea de que si ella estuviera verdaderamente salva, tendría sentimientos de éxtasis espiritual.

Sus tinieblas se empezaron a disipar en el verano de 1841, mientras asistía a un congreso metodista en Buxton, Maine. Allí escuchó un sermón sobre el tema de que la autosuficiencia y el esfuerzo propio de nada valen para ganar el favor de Dios. Comprendió que “tan solo en relación con Jesús, por medio de la fe, puede el pecador llegar a ser un hijo de Dios, creyente y lleno de esperanza”. Desde ese momento en adelante, procuraba fervientemente el perdón de sus pecados y luchaba para entregarse completamente al Señor. Más tarde escribió: “Mientras estaba arrodillada y oraba con otras personas [...] decía en mi corazón: ‘¡Ayúdame, Jesús. ¡Sálvame o pereceré!’ [...]. Arrodillada todavía en oración, mi carga me abandonó repentinamente y se me alivió el corazón” (ibíd., cap. 2, p. 25).

No obstante, pensó que eso era demasiado bueno para ser cierto. Como resultado, trató de reasumir la carga de angustia y culpabilidad que habían sido su constante compañía. Como escribió más adelante: “No me parecía tener derecho a sentirme alegre y feliz” (ibíd., pp. 25, 26). Solo de forma gradual pudo ir comprendiendo la ma­ravilla de la plenitud de la gracia redentora de Dios.

Poco después de regresar de ese congreso, Elena fue bautizada por inmersión y se unió a la Iglesia Metodista. Ajena a los argumentos de los miembros de iglesia que rechazaban el bautismo por inmersión, ella lo decidió así porque creía que era el único método de bautismo apoyado por la Biblia.

A pesar de esa nueva percepción, todavía estaba llena de dudas, porque no siempre sentía el éxtasis que ella creía que debía sentir si estuviera verdaderamente salvada. Como resultado, continuó con su temor de no ser lo suficientemente perfecta como para encontrarse con el Salvador en su advenimiento. Más o menos en ese tiempo William Miller regresó a Portland para dictar una serie de conferencias en junio de 1842.

Introducción a los escritos de Elena G. de White

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