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Reacciones al don de Elena de White
ОглавлениеComo era de esperarse, Elena de White tenía poca autoridad al comienzo de su ministerio profético. La mayoría de los creyentes la consideraban como una voz entre muchas. Únicamente a medida que los adherentes al adventismo se iban tomando tiempo para examinar sus mensajes y evaluarlos a la luz de la Biblia, llegaron a creer que ella presentaba mensajes de Dios.
Pero no todos los que conocían su labor la aceptaron como divinamente inspirada. Como dijera un adventista a mediados de la década de 1840: “Yo no puedo apoyar las visiones de la hermana Elena como si fueran de inspiración divina, como usted [Jaime] y ella piensan que son; no obstante, no tengo ni la más leve sombra de duda en cuanto a la sinceridad de ustedes en este asunto. [...] Creo que lo que ella y usted reconocen como visiones del Señor no son más que fantasías religiosas, en las cuales su imaginación se desboca sin control sobre temas en los cuales ella está profundamente interesada [...]. De ningún modo creo que sus visiones provengan del demonio” (A Word to the Little Flock, p. 22).
Otros no fueron tan generosos. Algunos adventistas estaban bastante seguros de que ella estaba poseída de un demonio, y no se privaban de decirlo. Esto era particularmente así entre los propensos al fanatismo, una plaga que afectó a varios sectores del adventismo durante algunos años después del Chasco de 1844. Como dijo la misma Sra. de White: “Cuando les advertí de su peligro, algunos se regocijaron de que el Señor me había enviado; otros rehusaron escuchar mi testimonio tan pronto como supieron que yo no estaba en unión con su espíritu. Ellos dijeron que yo iba de vuelta al mundo” porque estaba en desacuerdo con sus ideas forzadas (Manuscript Releases, t. 8, p. 233).
Una reacción especialmente interesante fue la de Joseph Bates, el hombre que junto con Jaime y Elena de White fueron los fundadores de la Iglesia Adventista del Séptimo Día. Bates afirma que la primera vez que escuchó a Elena relatar sus visiones fue en 1845. Pero no quedó impresionado. “Aunque no podía ver en ellas nada que militara contra la Palabra –escribió él–, no obstante, me sentí alarmado y por mucho tiempo me negué a creer y llegué a pensar que sus visiones no eran más que lo producido por un marcado estado de debilidad de su cuerpo.
“Por lo tanto, busqué oportunidades en presencia de otros, cuando la mente de ella parecía estar libre de excitación (fuera de las reuniones), para hacerle preguntas a ella y a los que la acompañaban, especialmente a su hermana mayor, para llegar a la verdad si fuera posible. [...] Yo la he visto en visión varias veces [...] y los que estuvieron presentes durante algunas de esas emocionantes escenas saben bien con qué interés e intensidad yo escuchaba cada palabra, y observaba cualquier gesto que detectara algún engaño o influencia hipócrita” (A Word to the Little Flock, p. 21).
El punto crítico para Bates llegó después de una visión en Topsham, Maine, en noviembre de 1846. En esa visión, Elena de White brindó una información sobre astronomía que, desde el punto de vista humano, ella no podía conocer. Bates, un ex marino que se mantenía al tanto de los conocimientos astronómicos, la interrogó más tarde con el fin de saber qué conocimientos tenía ella en ese campo. Al descubrir que ella estaba bastante mal informada, Bates llegó a la conclusión de que ciertamente Dios le había dado los datos en la visión en cuanto a lo último que se sabía de astronomía. Después de esa experiencia él creyó firmemente en el ministerio de Elena de White.
Todas las reacciones mencionadas en cuanto al ministerio profético de Elena de White tienen algo en común. Las personas citadas se vieron forzadas a comprobar y evaluar si su llamamiento provenía o no de Dios cuando fueron confrontadas por sus manifestaciones. Y esa era exactamente la manera en que debían manejarse sus afirmaciones según enseñaban los primeros adventistas observadores del sábado. Ellos sostenían, de acuerdo con el apóstol Pablo, que nadie debía rechazar abiertamente las declaraciones del don profético, antes de examinarlas a la luz de la Biblia; sino “someter todo a prueba” y retener “lo bueno” (1 Tes. 5:19, 21). Por consiguiente, cada aceptación válida del ministerio profético de Elena de White fue un proceso que requirió tiempo a medida que las personas comparaban su ministerio y sus mensajes con la Biblia.