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Experiencia de Elena de White dentro del movimiento millerita
ОглавлениеMiller predicaba que la venida de Jesús “iba a ocurrir alrededor de 1843”. Parte de la explicación para esa fecha era su interpretación de Daniel 8:14 (“Hasta dos mil trescientas tardes y mañanas; luego el santuario será purificado”). Él interpretó que el santuario era la Tierra y la iglesia, la purificación sería por el fuego en ocasión de la segunda venida de Jesús y el final de los 2.300 días la fecha en que el fuego purificaría la Tierra. Al igual que muchos otros intérpretes, él predijo que el cumplimiento de la profecía de los 2.300 días tendría lugar en la década de 1840, alrededor de 1843, para ser más exactos. De hecho, Miller enseñó que Jesús vendría en esa fecha. Decenas de miles aceptaron sus enseñanzas a medida que la fecha se aproximaba.
Elena Harmon fue una de ellos. Pero esa misma creencia siguió causándole problemas, puesto que la seguía atemorizando el pensamiento de que todavía ella no era “suficientemente buena”. Además, la inquietaba la idea de un fuego infernal que nunca terminaría.
Al observar la madre de Elena el estado mental de la muchacha, le sugirió que hablara con Levi Stockman, un pastor metodista que había aceptado el millerismo. Stockman alivió la preocupación de Elena al hablarle “del amor de Dios para con sus hijos extraviados [...] [que] en vez de complacerse en la ruina de ellos, anhelaba atraerlos a sí con una fe y una confianza sencillas. Insistió en el gran amor de Cristo y en el plan de la redención [...]. Ve en paz, Elena –me dijo–; vuelve a casa confiada en Jesús, pues él no privará de su amor a nadie que lo busque verdaderamente” (Notas biográficas, cap. 4, p. 41).
Esa entrevista fue uno de los momentos cruciales en la vida de Elena Harmon. De ahí en adelante, empezó a considerar a Dios “como un padre bondadoso y tierno más bien que como un severo tirano que fuerza a los hombres a obedecerlo ciegamente”. En su corazón “sentía un profundo y ferviente amor hacia él. Consideraba un gozo obedecer su voluntad, y me era un placer estar en su servicio” (ibíd., p. 43).
Fue por aquel entonces cuando Elena llegó a comprender completamente el estado de los muertos. Sus conclusiones sobre el tema fueron tres: 1) el alma no es inmortal por naturaleza; 2) la muerte es una condición en la cual todas las personas duermen en la tumba hasta la resurrección en ocasión de la segunda venida de Jesús y 3) “la Biblia no contiene prueba alguna de que haya un infierno eterno” (ibíd., cap. 5, p. 54).
Estos planteamientos aliviaron grandemente las angustias de Elena. Después de todo, como dijo ella: “Si al morir el hombre, su alma entraba en el gozo de la eterna felicidad, o caía en la eterna desdicha, ¿de qué servía la resurrección del pobre cuerpo reducido a polvo?” (ibíd., p. 55). Esa nueva percepción de la inmortalidad condicional no solo la ayudó a comprender la enseñanza bíblica de la resurrección, sino también la libró de la falsa idea de un Dios temible que tortura a las personas en el fuego del infierno por toda la eternidad. Más tarde ella diría que “es incalculable para el espíritu humano el daño que ha producido la herejía de los tormentos eternos”. Estas enseñanzas han convertido a “millones” en “escépticos e incrédulos”. Ella sostenía que esto no podía armonizar con las enseñanzas bíblicas del amor de Dios (El conflicto de los siglos, cap. 34, pp. 525, 526).
El descubrimiento de que Dios es un “Padre tierno” fortaleció a Elena para hacer resonar las nuevas de la segunda venida de manera que otros pudieran prepararse para ese glorioso acontecimiento. De hecho, en contra de su timidez natural, ella empezó a orar en público, a compartir con otros, en las clases de las reuniones metodistas, su creencia en el poder salvador de Jesús y en su pronto regreso, y a ganar dinero para imprimir materiales con el fin de esparcir la doctrina adventista. Esta última actividad la abrumó particularmente. Debido a su mala salud, tuvo que mantenerse en cama tejiendo medias a 25 centavos al día para hacer su parte.
Ella tomaba las cosas completamente en serio, y esa convicción se demostraba en todos los aspectos de su vida. Esto condujo a muchos de sus amigos jóvenes a tener fe en Jesús.
No solo Elena, sino también sus padres y sus hermanos estaban entusiasmados con la verdad adventista que predicaba Miller. Pero la iglesia a la cual pertenecían enseñaba que Cristo no vendría hasta después de mil años de paz y abundancia, y no apreciaba la doctrina del pronto regreso de Cristo. Como resultado, la familia Harmon fue expulsada de la Iglesia Metodista en septiembre de 1843. Esta experiencia reflejó la de muchos otros, a medida que adventistas milleritas en todas partes se negaban a permanecer callados referente al tema del regreso de Cristo en el futuro inmediato. El conflicto alcanzó un punto crítico conforme se acercaba la fecha predicha.
Pero los adventistas milleritas no se preocuparon demasiado por su expulsión de las distintas confesiones. Después de todo, Jesús llegaría en pocos meses, y entonces terminarían todos los problemas. Con esa esperanza en mente, los milleritas siguieron reuniéndose para animarse mutuamente a medida que se acercaba el tiempo predicho. Estaban llenos de gozo. Como Elena diría más tarde, el año comprendido entre 1843 y 1844 “fue el año más feliz de mi vida” (Notas biográficas, cap. 6, p. 66). Los adventistas apenas podían esperar su encuentro con Jesús cara a cara.
Finalmente, como resultado de un estudio de las festividades del año judío, los milleritas llegaron a la conclusión de que la purificación del Santuario (que ellos creían que sería la segunda venida de Jesús) tendría lugar el 22 de octubre de 1844. Pero esa fecha llegó y pasó sin que Jesús apareciera. Como dijera posteriormente Hiram Edson: “Quedaron destrozadas nuestras esperanzas y expectativas más queridas, y nos embargó un estado de tristeza que nunca antes habíamos experimentado [...]. Lloramos y lloramos hasta el amanecer” (Manuscrito de Edson).
Las filas adventistas se vieron sumergidas en un caos después del chasco de octubre de 1844. Es casi imposible sobrestimar la confusión. Muchos dejaron de creer en el segundo advenimiento. Y entre los que mantuvieron esa creencia, empezaron a surgir toda clase de teorías. Aunque generalmente los creyentes sostenían que solo los separaba del regreso de Cristo una corta espera, sus opiniones se dividieron sobre si algo significativo había sucedido el 22 de octubre de 1844. Algunos siguieron creyendo que había sucedido algo, pero para fines de noviembre y principios de diciembre, la mayoría llegó a la conclusión de que habían cometido un error en cuanto a la fecha. Elena Harmon pertenecía a este último grupo. Ella había renunciado a su creencia de que Daniel 8:14 había tenido su cumplimiento en octubre. Fue en ese contexto que recibió su primera visión.