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3. HA DESAPARECIDO CIRO SMITH
ОглавлениеEl ingeniero había desaparecido junto a su perro. Gedeón Spilett, Harbert, Pencroff y Nab, olvidando el cansancio, empezaron a buscarlo. Hacía poco de su llegada a tierra y debían estar a tiempo de salvarlo.
–¡Busquemos, busquemos! –exclamaba Nab una y otra vez con desesperación.
–¿Sabe nadar? –preguntó Pencroff.
–¡Sí! –contestó Nab–. ¡Además, Top está con él!
Llegó la noche y los náufragos todavía caminaban por aquella costa desconocida. De vez en cuando se paraban y llamaban a gritos. Pero nadie respondía.
Hacía frío y la tormenta comenzaba a calmarse. El cielo se despejaba poco a poco y asomaban algunas estrellas. Sin duda no estaban en el Hemisferio Norte, pues resplandecía la Cruz del Sur. Pero no sabían si esa tierra, en la que quizá vivirían muchos años y en la que tal vez morirían, era una isla o parte de un continente.
Cuando amaneció, Nab y Spilett partieron hacia el Norte en busca de Ciro Smith, mientras el marino y Harbert conseguían comida y un refugio.
Se encontraban en una playa de arena sembrada de negras rocas y, tras la playa, se elevaba un largo muro de piedra que terminaba en un acantilado. Sobre el muro se extendía una meseta.
Pencroff y el muchacho caminaron rumbo al Sur, hacia lo que parecía ser la desembocadura de un río. Encontrar agua era muy importante, y era posible que la corriente hubiera llevado a Ciro Smith hacia allí. Pero en su recorrido no hallaron más que unas almejas. Comieron, pues estaban hambrientos y, poco más adelante, llegaron al río en cuya margen crecían hermosos árboles.
–¡Agua y leña! ¡Solo falta la casa! –exclamó Pencroff.
Como ya hemos dicho, en sentido opuesto al mar, la playa terminaba en una extensa y elevada muralla de piedra. Los dos náufragos la recorrieron de punta a punta buscando una cueva que les sirviera de refugio. Pero no encontraron más que un conjunto de rocas que se alzaban una al lado de la otra, como si fueran las chimeneas de un enorme techo. El marino pensó que, tapando algunas aberturas, podrían habitarlas y así, el problema de la vivienda quedó solucionado. Después, decidieron subir a la meseta que se alzaba sobre la pared de piedra para examinar el territorio.
Desde esa altura observaron el océano que acababan de atravesar en tan terribles condiciones y luego, la parte de la costa donde Ciro Smith había desaparecido. Pero el mar era como un desierto de agua y la playa también estaba desierta.
–¡Algo me dice que el señor Ciro no pudo ahogarse! Nos debe estar esperando en algún lugar. ¿No es así, Pencroff? –dijo Harbert.
El marino sacudió tristemente la cabeza. No esperaba volver a ver a Ciro Smith pero no dijo nada, para no entristecer a Harbert. Después miraron nuevamente la costa. Frente a ellos, las rocas parecían animales acostados en la playa. Y hacia el Sur, la arena continuaba hasta el horizonte. A sus espaldas se elevaba una montaña de cima nevada y laderas boscosas.
–¿Estaremos en una isla? –preguntó el marino.
–Si es así, es muy grande –respondió el muchacho.
–Una isla, por grande que sea, siempre será una isla.
Averiguar esta cuestión era muy importante pero lo harían en otro momento. Ahora debían procurarse más alimentos y, de regreso a las “chimeneas”, se encontraron con una gran cantidad de aves.
–Son palomas de roca –dijo Harbert–. Y sus huevos deben ser excelentes. Busquemos…
–¡No les daremos tiempo a abrirse sino en forma de tortilla! –agregó Pencroff, alegremente.
–¿Y dónde harás tu tortilla? ¿En un sombrero?
–Por ahora nos conformaremos con comerlos pasados por agua –contestó el marino.