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Acontecimientos

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El acontecimiento será un valor no corporal que, aunque se atribuya a los cuerpos, no se reduce a la condición corpórea con la que está relacionado. El acontecimiento no es la representación de un contenido, no se explica directamente por la trama corporal en sí, ni por el juego de referencias. El acontecimiento acaso implica, en algún momento, un acto de lenguaje. Interviene en los contenidos “no para representarlos, sino para anticiparlos, retrogradarlos, frenarlos o precipitarlos, unirlos o separarlos, dividirlos de otra forma. La cadena de transformaciones instantáneas siempre se insertará en la trama de las modificaciones continuas […] ¿a partir de qué momento puede decirse de alguien que es calvo?”.5 No existe, pues, una representación entre contenido y expresión, tampoco un paralelismo. Entre tales dimensiones no existe identidad, sino, más bien, una serie compleja de inserciones mutuas y fragmentaciones, una concomitancia, un intercambio continuo de registros, un entrelazamiento de signos y cosas. Un enunciado habla no de las cosas per se, sino de los estados de cosas y desde los propios estados de cosas. Entre contenido y expresión habrá un funcionamiento relativamente independiente y, al mismo tiempo, cierta presuposición recíproca que impide plantear un carácter primordial de uno u otra.

Pero, además, tanto el contenido como la expresión (que viven en constante interacción) implican ineludiblemente, por sus conjugaciones, un trasiego de desterritorialización permanente. El contenido no determina la expresión por acción causal. Esto no significa sin embargo que la expresión constituya una forma autosuficiente entendida como sistema lingüístico que permita erigir así una máquina abstracta de la lengua de carácter lineal, es decir, que considere los elementos lingüísticos en sí mismos como elementos constantes. El acto de la enunciación no es meramente lingüístico, sino diagramático y sobrelineal; en efecto, en contra de un orden lingüístico lineal fijo (que solo reproduzca la realidad), aparecen las propias transformaciones incorporales o acontecimientos que involucran ya determinada sobrelinealidad, porque ellos implican precisamente una interpenetración entre la lengua y los campos sociales y políticos relacionados, con lo cual se transforma la realidad misma. Lo lingüístico es parte del diagrama complejo de la enunciación, y no al contrario. Por eso es pertinente hablar de innumerables simbiosis y mezclas que acaecen en la enunciación (decir “estribo” –por ejemplo– presupone una nueva e interesante relación “hombre-caballo”, con todas las derivaciones instrumentales que ello entraña).

No es posible aceptar entonces la existencia de constantes universales de la lengua que permitan verla estrictamente como un sistema homogéneo de reproducción de los órdenes de realidad establecidos. Antes bien, la variación es inherente a todo sistema y opera desde dentro. Cada sistema cambia, salta, se fuga de sí mismo en cuanto involucra un potencial de transformación actuante. A tal grado es así, que todo sistema puede definirse no tanto por sus constantes (que propenden a la homogeneidad trascendente), sino por su variabilidad (que presupone inmanencia y continuidad, aun siendo objeto de regulaciones específicas). Esta variación continua de la lengua, que involucra una variación continua de la realidad en sí, ocurre en las enunciaciones cotidianas de las personas: “En una misma jornada”, apuntan de nuevo Deleuze y Guattari, “un individuo pasa constantemente de una lengua a otra. Sucesivamente, hablará como «un padre debe hacerlo», luego como un patrón; a la amada le hablará con una lengua puerilizada; al dormirse se sumerge en un discurso onírico, y bruscamente vuelve a una lengua profesional cuando suene el teléfono”.6 No se trata de variaciones extrínsecas, sino intrínsecas; al hablar como padre, como esposo o como profesional, se constatan cambios internos de orden sintáctico, semántico y, por supuesto, fonológico y prosódico. Pero también, simultáneamente, se constatan cambios de orden existencial. La lengua, por tanto, al igual que el mundo, vive intrínsecamente atravesada por vectores de variación continua.

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