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LABOR DE CORONISTA
ОглавлениеMUY CERCA DE MI CASA hay una biblioteca pública. El edificio es todo de piedra; la fachada, elegante y sobria, en que el arcaísmo del estilo inglés se acompaña de adornos parcos; los dilatados ventanales que se abren en todos los pisos prestan una gran ligereza al conjunto.
El interior es austero, grave y silencioso; el piso, de cemento; los pasamanos de la escalera, de recio roble lustrado. En los muros cuelgan litografías antiguas: panoramas del Londres de otros tiempos, planos, mapas y figurines de los diversos uniformes del ejército y marina ingleses.
En el entresuelo está la sala de periódicos y revistas ilustradas. Es el habitáculo preferido de las viejas, las cuales, con su capotín polvoriento, ajado e inenarrable, sus manteletas medievales e increíbles y sus rostros bermejos, en fuerza de intoxicaciones periódicas, se extasían contemplando los monos; ladies ataviadas como reinas, rendidos amadores glabros, dibujos de tigres y de exploradores. Los periódicos están colocados en grandes facistoles e ingeniosamente asidos al pupitre, a fin de que nadie los lleve de una parte a otra. Comoquiera que están a una conveniente altura, es menester leerlos en pie, porque de lo contrario, con cuarenta ejemplares de cada uno y sendos sillones, no se daría abasto a los hambrientos de noticias, o por mejor decir, de confortable reposo. En torno de cada hoja hay siempre un haz de lectores: uno, que viene a ser el sochantre o maestro de capilla, el cual lleva el compás de la lectura a su capricho y vuelve las hojas cuando le place, y los otros, que alargan el pescuezo y aguzan los ojos, por alcanzar alguna noticia volandera.
En el piso primero está la biblioteca de préstamos. Todo el que vive en el barrio o circunscripción en que radica la biblioteca tiene derecho a llevarse a su casa hasta tres volúmenes de cada vez, siempre que haya una persona, también del barrio, que le garantice. Si el que demanda los libros carece de relaciones a este fin, con diez chelines que deje en depósito está al cabo de la calle. El procedimiento es simple y expeditivo. Una vez otorgado el permiso, que dura un año, y es, naturalmente, prorrogable, no es menester siquiera ir a la biblioteca para tomar los libros: se envía una tarjeta indicando el libro que se requiere, y un mozo de la casa lo lleva al domicilio del suscriptor. Téngase en cuenta, de paso, que el catálogo comprende millares y millares de volúmenes.
En el piso segundo está la biblioteca de consulta y colecciones de revistas serias. Es una estancia espaciosa, bien iluminada, pulcra. Los catálogos andan profusamente por todas las mesas. Las revistas están a disposición del que llega. Para conseguir los libros se escribe en una papeleta los títulos de las obras y el nombre de quien las pide. Al dorso de esta papeleta hay un extracto de regulaciones, algunas de las cuales juzgo conveniente trasladar:
«Ninguna persona que tenga menos de catorce años será admitida en la biblioteca, como no sea por especial permiso del bibliotecario.
Se prohíbe hablar alto en las salas de lectura.
Se prohíbe encender cerillas y fumar tabaco o sustancias semejantes.
Ninguna persona que esté embriagada o no esté limpia en sus personas y vestidos, o que sufra de enfermedades infecciosas y ofensivas, será admitida en la biblioteca.
Se prohíbe haraganear, dormir, escupir, comer y beber en la biblioteca».
Gentiles y hermosas muchachas, viejecitos temblones, sabios (a lo que supongo) enchisterados, obreros, estudiantes, pastores, etc., todos acuden a esta mansión del reposo, inclinan los ojos sedientos sobre el pozo de la sabiduría, y en tanto de la calle de Oxford llega el rumor de la vida epiléptica y confusa, todos estos rostros momentáneamente ausentes del espacio y del tiempo meditan, se arroban, fruncen el entrecejo, sonríen, duermen. Sí, duermen, a pesar de las regulaciones. Y quienes duermen son los obreros, siempre. Y como se supone que si duermen es porque están cansados y se considera que acaso sueñen dulces quimeras que la lectura evocara, el bibliotecario es benévolo, es caritativo, es amable, y les deja dormir; y ellos son tan discretos que nunca roncan.
Como esta librería que os he descrito hay en Londres… A ver si adivináis. Calculad alto. 49 bibliotecas públicas. Todas ellas con más de 100.000 volúmenes, y todas ellas de fundación reciente. A excepción de la de Ealing y de la de Richmond, que datan de 1883 y 1879, respectivamente, todas las demás han sido creadas recientemente por el Gobierno o por los particulares.
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Hoy he sido coronista de la antigua usanza. He relatado hechos sin poner nada de mi parte. ¿Comentarios que se relacionen con España? ¿Para qué? Serían tan largos… Serían tan tristes…