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NOVA ROMA

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LOS INGLESES HAN TOMADO muy en serio su papel de romanos modernos. Lo primero, se jactan de la analogía entre la antigua Roma y la Albión de ahora. El culto al esfuerzo, la glorificación de la energía, la austeridad en las costumbres, la sumisión a la disciplina, he aquí las sólidas ligaduras de que ambas dispusieron a fin de anudar a su hegemonía el puñado de naciones, díscolas o débiles, desparramadas por el orbe. Plutarco nos refiere que Mario, a pesar de su vejez, iba al Campo de Marte diariamente; que Pompeyo, a los cincuenta y ocho años de edad, combatía, armado de todas armas, con los mozos; que montaba a caballo; que lanzaba a las bestias a todo escape, libres las riendas; que disparaba pesados dardos. Después de los ejercicios gimnásticos, los romanos se arrojaban al Tíber, nadaban y limpiaban el cuerpo de polvo y sudor.

El Campo de Marte de otros días es el campo de Eton de hoy, el de ayer por lo menos, o si queréis el de ante ayer, porque —esto es lo terrible en los destinos de Inglaterra— entre la mocedad inglesa va infiltrándose, rápida e insidiosa, la convicción de que es más dulce y grato aprovechar la efímera juventud con mujeres amables que en bárbaras luchas esportivas. Wellington, aquel hombre «sublime en su sencillez, patrimonio exclusivo de los más grandes de los grandes», según frase de Tennyson, solía despojarse de toda gloria militar afirmando: «La victoria de Waterloo se ha ganado en los campos de Eton».

Los ingleses están convencidos de que son los romanos de la historia contemporánea. Les convendría, para no serlo del todo, repasar la historia del imperio y sus postrimerías. A fortalecer la convicción se ayuntan varias causas, siendo una de ellas, y no la más floja, el verla admitida por los extraños. Por ser de elocuencia serena y honda, conviene anotar las palabras de Emerson: «La naturaleza, pensativa durante unas centurias, se dijo: Mis romanos se han extinguido. Para construir mi nuevo imperio he de escoger una raza ruda, toda masculinidad, de brutal fuerza. No repugnaré una competencia de los machos más ásperos. Cornee el búfalo al búfalo y sea el pasto del más fuerte. Porque yo trabajo para aquel que tiene voluntad y músculo. Soplen las sutiles y atemperadas brisas del Norte, porque la voluntad perdure viva y alerta. Separe el mar a este pueblo de los otros pueblos, porque surja la conciencia de una fiera nacionalidad». La naturaleza se salió con la suya, al fin mujer, pero como tal es muy tornadiza y no hay que fiar en su constancia.

El romanismo británico tiene dos caras: la una, que se contenta con analogías que adulen la vanidad, y la otra que persigue identidades o manifestaciones hereditarias. No falta inglés que piense muy en serio que el espíritu y ciertos caracteres étnicos de los romanos se han conservado en Inglaterra con mayor pureza que en las naciones llamadas por mal nombre latinas, y que así como ellos tienen en el diccionario palabras y más palabras con la propia estructura que en el tiempo de Cicerón, en tanto nosotros las hemos corrompido y deformado, así también en la masa de la nación existen ejemplares humanos y costumbres que son limpios vástagos descendidos en línea recta de aquellos romanos que vivieron una temporadita en Britania. En un libro publicado uno de estos días, The Governance of London, por George Laurence Gomme, se sostiene esta tesis. Es una obra de considerable volumen y trata de demostrar que Londres es esencialmente una ciudad romana, y que su constitución y población tienen su origen, sin solución de continuidad, en Roma. Claro que si menciono el libro es sólo a título de cosa extravagante. Pero lo cierto es que, desde los tiempos de lord Palmerston, a cada paso se escucha de labios ingleses el famoso civis romanus sum.Yo me satisfago con pensar lo que diría un romano oyendo su frase favorita pronunciada de esa suerte: «Jaivais roumenas sam».

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