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UN DÍA A REGATAS
ОглавлениеAPUNTARÉ AL CORRER de la pluma y en estilo reporteril, cuando el ajetreo me consienta vado, las impresiones de un día netamente castizo, típico. Es el último de los cuatro días de regatas de Henley-on-Thames. La voz del pueblo dice: The last and the best,el último y el mejor.
—¿Cuánto tiempo es necesario para llegar a la estación de Padington?
—Media hora —me responden.
Cuando un londinense dice media hora, un español debe entender hora y media. Los ingleses tienen triple longitud de piernas que los demás mortales.
Llego a la estación en el momento en que un tren bufa aprestándose a la partida. Tomo el billete aceleradamente, me precipito en un departamento, con gran consternación de los ocupantes, y cuando el convoy se pone en marcha advierto que el taquillero me ha distraído un chelín en la vuelta. Esto es el panem nostrum cotidianum, la acrisolada honradez británica está siempre atisbando la ocasión de resplandecer. Por otra parte, el sistema monetario inglés es un poco enrevesado, lo cual disculpa todas las equivocaciones. Observo a mis compañeros de viaje: gentecilla vulgar si se exceptúa a un individuo gordo, los labios de indio bozal, ojos de beodo, pelo rizado, que me examina con impertinencia. Por esquivar sus miradas saco del bolsillo un libro de sermones del reverendo Campbell, reformador religioso y místico de moda, y leo ciertas amenas disquisiciones acerca del dios inmanente. De vez en cuando contemplo el paisaje, olvidándome por un momento del dios inmanente. El tren vuela, Ealing, Windsor, Slough quedan atrás. Praderas, robles, castaños, un canal apacible, el firmamento poblado de espesas nubes grises, otros trenes que pasan de pronto, como un resoplido brutal. Al fin, Henley.
No se ve el río, porque los frondosos y tupidos árboles que lo orillan hacen un muro verde. Al pie de los árboles, sobre los prados lisos, innumerables tiendas de campaña. Las banderas, y las hay por todas partes, palpitan tendidas al viento que muge entre el ramaje de la arboleda.
A la entrada de la estación hay una muchedumbre de cocheros, gentlemen desarrapados, con vehículos arcaicos y extravagantes, y se obstinan en que uno se sumerja en el interior de los mugrientos armatostes. No, por Dios. Algunos vendedores ambulantes me ofrecen sombrillas japonesas, para volar sin duda a merced del aire. Las mujercitas (esto es un modo de señalar a la española), las mujercitas pululan por todas partes, ataviadas con trajes estivales blancos, rosados, azulinos. Una sobresale de todas las otras por la extraña distinción de su toaleta. El sombrero es de paja muy fina con flores, cintas y un gran velo morado; el vestido morado; las medias, que asoman por bajo de la falda corta, moradas como las de los canónigos, pero la pierna que encubren más agradable, naturalmente, que las de todos los canónigos juntos.
Yo, igual que Vicente, voy a donde va la gente, y desciendo una calle muy pina que, a lo que calculo, conduce al río.
Un hombre me toma por su cuenta: «Un bote, señor. Quince chelines». Digo que no con la cabeza. «Diez chelines». Como esta vez no he dicho nada, el hombre me coge por un brazo y, que quieras que no, me lleva dentro de una empalizada. A una parte está el río. En la ribera, sobre la hierba húmeda que lo tapiza todo, tendidos panza o quilla arriba, se alinean infinitos esquifes, barquichuelas, botes. El hombre arrastra uno de ellos hasta el río. Es una embarcación sutilísima, estrecha y larga como una lanzadera, la proa y la popa algo levantadas como a manera de góndola, de caoba bruñida, el interior alfombrado y a la parte de atrás un cómodo asiento de rojo velludo acolchonado. El hombre me da un remo exiguo que parece una cuchara digna de Gargantúa (con permiso de Carulla).
—Pero, bien, ¿qué hago yo solo aquí?
—Puede usted invitar a una young lady (señorita joven). Yo se la buscaré.
A todo esto mi ligero esquife se ha apartado de la orilla. Por esta parte el río tiende un brazo tierra adentro y el agua está muy quieta y de un color verde profundo. Heme aquí ya, bogando con un remo solo, para lo cual se requiere una habilidad extraordinaria que yo no poseo. Cuando doy una paletada hacia un lado, el pérfido esquife tuerce la nariz hacia el otro, y viceversa, de manera que me veo en necesidad de hacer algunas evoluciones realmente curiosas aunque sobrado complejas. Por lo pronto no se me ocurre más que una pregunta algo inquietante.
—¿Será muy profundo el río?
Veo que el conductor de algunas embarcaciones las hace avanzar apoyando una larga pértiga en el fondo, y esto me tranquiliza.
Todos habéis visto fotografías de Henley en un día de regatas. Pues bien, yo os digo que las tales fotografías no dan idea ni barrunto de lo que esto es. Las márgenes del río tienen una amenidad paradisiaca. Gran gentío se apiña por todas partes, y en la multitud predominan los tonos claros. Todo es muy hermoso; pero el río…
Yo abandono el remo, me entrego a la corriente y sobre el libro de sermones del reverendo Campbell escribo estas notas.
El espectáculo que ofrece el río es de una belleza única. Las embarcaciones, sumamente leves, todas de maderas ricas, enceradas y brillantes, la estructura como de canoas o piraguas, lo hienden raudas y en gran número. Siendo la profundidad de estas barcas muy poca, las damas no pueden sentarse, sino que van recostadas a lo largo de colchonetas polícromas sobre cojines vistosos. Los hombres llevan calzones de piqué blanco, sombreros de paja o gorra; se despojan de la chaqueta y arremangan la camisa por los brazos. Los pobrecitos tiritan, porque el día está frío, pero esto es lo fashionable. Algunos, más previsores, lucen recias elásticas de lana blanca. En esta luz equívoca, bajo el firmamento grisáceo, con el río oscuro, casi negro, y los árboles sombríos, y luego las banderolas, los trajes claros, el hormigueo de las gentes, se siente una impresión de honda alegría silenciosa y de voluptuosidad que es imposible de describir.
En tanto plumeo estas impresiones, la fuerza del agua y del viento, que arrecia por minutos, me ha arrastrado a los muelles del Leander Club House, de donde se disponen a salir en este instante dos lanchas de las que han de luchar en las regatas. Mi impertinente esquife les impide el paso. Los hombres que las tripulan, musculosos y medio desnudos, me lanzan gritos inarticulados que yo no puedo descifrar cabalmente, aun cuando los adivino muy bien. Abandono las cuartillas y empuñando la cuchara la agito bravamente en el seno del río, como argonauta curtido en tormentas sin cuento. He salido airosamente del trance.
Ya estoy confundido con las otras piraguas y canoas, formando una especie de plataforma de barcas. Las regatas comienzan. Todo el mundo conoce una regata, y el que no la conoce se la puede imaginar. ¿A qué describirlas? Baste decir que la gran copa la ganaron los belgas, como el año pasado, lo cual tiene muy abatidos a los ingleses.
En la mitad de la segunda regata comenzó a caer una lluvia torrencial y lo que poco antes era gayo y alegre se trocó, en virtud de los impermeables, en pardo y triste. Levantose al propio tiempo un temporal terrible. Yo, al menos, por tal lo tengo. Y esto era en la sazón en que yo me disponía a volver. Hablaron mucho los románticos, que en paz descansen, de la desamparada barquichuela a merced de los huracanes y de las ondas rabiosas, sin saber lo que se decían. ¿Para qué descorazonarte, lector, con la narración de mis adversidades? Lo que yo cavilé y bregué no es para dicho. Al arribar a puerto, hecho una sopa, con la miserable cuchara en la diestra, me sentía un Colón o cosa así. No hay nada como Inglaterra para fortalecerle a uno; nada tan saludable como el dios inmanente y las regatas de Henley para el espíritu y para el cuerpo.