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LA ÉTICA DEL SPORT
ОглавлениеCUANDO SE HABLA de la ética, de la moral, entiende la mayoría de los que escuchan algo que se relaciona con obligaciones y deberes de un cierto linaje, distinto de los jurídicos. Los que inventaron estas palabras no iban tan lejos; decir ética, moral, es lo mismo que decir hábito, costumbre, rutina en cierta manera, no lo que se debe hacer, sino lo que se hace, simplemente. Esto era antes, como digo, cuando Maricastaña no había nacido aún; pero, como las palabras son a manera de cacharros vacíos que cada cual llena a su antojo, y de ahí el que los hombres no lleguen nunca a entenderse, el pote que hace siglos llevaba el rótulo «moralidad» con un contenido transparente y fresco como el agua potable hoy encierra amarga mixtura, odiosa al paladar aunque muy confortante para el espíritu. Con todo, para cierta laya de seres corrompidos por el intelectualismo los más grandes moralistas son aquellos que se dirigen al corazón humano y lo escrutan en lugar de ofrecer a la conciencia unos Bruyère, por ejemplo.
Hay un cierto modo de nadar entre dos aguas, tanto en los asuntos intelectuales como en los de la vida cotidiana; los filósofos lo han bautizado, pomposa y casi misteriosamente, eclecticismo; en español vernáculo se le suele llamar pasteleo. Este arte reposteril, cuando se ejerce con manos dúctiles y suaves, es de muy dulces consecuencias. Aplicado a los dos conceptos de la moral —ciencia de los deberes y ciencia de las costumbres— origina una especie de crema muy digerible, después de bien batidos los ingredientes, a la que, por nuestra cuenta, llamaremos moral práctica en el sentido vulgar de la palabra. Permítase a los hombres entregarse libremente a sus instintos y pasiones si fuera menester, pero organícese esta libertad de tal manera que aquellos que la disfrutan adviertan en la realidad el imperio de unas cuantas normas o reglas necesarias para la mutua y feliz convivencia, que vale tanto como decir virtudes. Los manuales éticos, con sus ristras de imperativos secos y abstractos, son inútiles por lo que tienen de enfadosos y no pocas veces contraproducentes, porque lo prohibido es siempre amable y fascinador el pecado. El hombre (supongamos que no es tan brutalmente egoísta como algunos dicen, pero, en fin, un poco egoísta sí que lo es) se conduce más puramente cuando la vida le ha mostrado que esto es lo que le conviene que no cuando se le trata de imponer unos cuantos preceptos cuya verdadera raíz ignora.
Y lo que es verdadero y útil en el hombre lo es, en este caso con mayor razón, en el niño; la verdadera pedagogía debe cuidarse más del football que de los tratados de ética, y no porque desdeñe la ética, sino porque el mejor tratado es un partido de football. El mundo no es otra cosa que una permanente lucha por la existencia, esa gran pelota llena de aire que con tanta facilidad se disipa. El football es la lucha por una pequeña pelota, es un compendiado trasunto de la vida universal.
Así lo ha entendido el comité de educación del London County Council. En el memorándum preliminar de regulación para las escuelas públicas elementales, que hace pocos días aprobó el Board of Education, hay notables indicaciones a este respecto, las cuales brindo al señor Rodríguez-San Pedro, el Herbart español.
«Este nuevo código ordena —dice— que se establezcan juegos organizados, tales como cricket, football, hockey para niños, y otros similares y apropiados para niñas, bajo ciertas condiciones y competente instrucción. Estos juegos se celebrarán a prima tarde y se considera que forman parte del plan de enseñanza. Las lecciones que se aprenden en la pradera de recreación son verdaderamente inapreciables. Los niños que tomen parte en juegos adecuadamente organizados aprenderán, entre otras cosas, “el mecanismo del juego”, a “dar y a tomar”, la adhesión a sus camaradas, el propio renunciamiento ante una causa común, el orgullo de los triunfos ajenos, a aceptar la victoria con modestia, la derrota con la compostura debida y, en resumen, a adquirir el espíritu de disciplina, de vida corporada y de goce inocente y sano».
Dígaseme ahora si puede haber tratado de ética elemental más completo que un partido de football.
Los niños conocerán que la virtud es una costumbre, como dice Aristóteles, y que esta costumbre consiste en mantener el término medio entre dos extremos: conocerán el virtus est medium vitiorum utrinque reductum, de Horacio; el oportet sapere cum sobrietate,de san Pablo; el
La parfaite raison fuit toute extrémité
Et veut que l’on soit sage avec sobriété
de Molière. Y sabrán todo esto sin haber leído a Aristóteles, ni a Horacio, ni a san Pablo, ni a Molière, ni maldita la falta que les hace.