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UN VIEJECITO
ОглавлениеAL SUR DE INGLATERRA, en Surrey, como a 20 millas de Londres, hay un repuesto y apacible asilo, cubierto de verdor y de silencio, que se llama Box Hill. La naturaleza, por este paraje, tiene aquella pequeña afectación que ya advirtiera Fontenelle. Tal es el defecto o si queréis la característica del campo inglés; una pequeña afectación. Todo es tan lindo, tan proporcionado y armónico; los matices diversos se entrefunden con gradación tan escrupulosa, esfúmanse los términos tan académicamente y los accesorios caen tan en su lugar y en sabia agrupación, que antes parece todo ello resultado de humano designio, plan de un artífice en parques y vergeles, que obra impulsiva de misteriosas fuerzas naturales.
Ya creo que la sensación del paisaje que tan al uso anda ahora por los libros de literatura tiene algo de enfermizo, cuando no de ilusorio, a veces de fingimiento y casi siempre de enojosa prolijidad. La concisa y clara visión helénica o latina del espectáculo de la tierra ambiente, la rústica simplicidad de Virgilio, el sereno sonreír de la beatitud horaciana, la venusta y jovial mueca de Teócrito, todas ellas son posturas del espíritu y gestos del alma que concuerdan musicalmente con la pureza de los cielos meridionales y con la majestad de los espectáculos campesinos. ¡Cuánto más nobles dichas actitudes que el desenfreno lírico de los vates semicanoros! La naturaleza clásica tiene la bella concisión de Minerva; su docta hermosura nos adoctrina en medio de una calma augusta y suprema, envolviéndonos en la infinita efusión de su mirada innumerable.
La naturaleza en las islas británicas nos adoctrina también, pero con un gesto femenino y precioso de bas-bleu. En Box Hill hay praderas impecables de terciopelo lustrado; setos vivos de zarzamoras que corren geométricamente; robles, nogales y castaños de España, muy decorativos; casitas de aldea, con muros bermellón, caperuzas carmesí y colgaduras de hiedra; y una colina, que es la que da nombre al lugar, la cual, rotunda como un cráneo y gigantesca, tiende sobre los campos que la ciñen una visera giratoria de sombra, según el día se levanta y desciende. En una de estas casucas, acurrucada en la falda de la montañuela, como perrillo a los pies de su dueño, vive un viejecito, muy viejecito, cuyo torso se inclina bajo la pesadumbre de la gloria ganada, del injusto reproche, del olvido habitual y del eterno futuro misterioso. A la mañana, suele el viejo pasear por los caminos aldeanos, en un carricoche que un buen burro de mansa condición arrastra. Y el viejecito, de vez en cuando, dirigiéndose paternalmente al asno, le dice:
—Amigo burro, detén tu brava impetuosidad juvenil. Párate, amigo burro.
Entonces el anciano espacia sus ojos caducos sobre la frescura matinal de la tierra callada, sobre aquel polícromo escenario que le dio la pauta de su prosa, hasta el horizonte derretido en niebla, que le sirvió de ideal para su poesía.
Y hoy, como el viejecito paseara en su carricoche, reprimiendo a las veces la honesta fogosidad de su buen burro, de mansa condición en medio de todo, hete aquí que a la revuelta de una calleja aparecen varios señores muy smart, uno de los cuales conduce con evidentes precauciones cierto envoltorio.
Es que el viejecito cumple hoy los ochenta años, y estos señores vienen a hacerle un regalo.
EN CASA DEL VIEJO
El caballero del envoltorio comienza a desliar papeles, papeles, papeles, hasta que descubre un cartapacio de piel azul con sendas G. M. de oro en cada una de las cuatro esquinas; dóblase por la cintura, en una gran reverencia, alargando al propio tiempo el cartapacio al viejo, quien lo abre a seguida y comienza a leer claros caracteres dibujados en unos folios de pergamino. Y dicen así:
«A JORGE MEREDITH O. M. AL CUMPLIR SUS OCHENTA AÑOS
Querido míster Meredith, muchos paisanos de usted acudirán hoy a felicitarle. Nosotros, por nuestra parte, queremos hacerle presente el gran reconocimiento y gratitud que le debemos por la espléndida obra, en prosa y poesía, con que usted ha tenido a bien regalarnos; manifestarle nuestra alegría al ver que el público de día en día aprecia mejor esta obra, y darle las gracias por el ejemplo, que usted supo poner ante el mundo, de los más altos ideales encarnados, no sólo en libros, mas en la vida también. De todo corazón deseamos que su salud y felicidad continúen como al presente. Mr. Swinburne, Mr. Thomas Hardy, Mr. John Morley y Mr. Frederick Greenwood».
A continuación de estas cuatro gloriosas firmas van 200 más, las de todos aquellos que representan algo en la literatura o en el arte.
Y este viejecito, el primer novelista inglés vivo y uno de los primeros entre todos, estilista maravilloso y gran poeta, ha recibido el mensaje con los ojos húmedos de emoción.
Si viviera en España le hubiéramos llamado Mamut.