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ОглавлениеCapítulo 9
La Segunda Pesca
Juan 21:1-14
La Primera y la Última
En la primera pesca, Jesús llamó públicamente a los hombres a convertirse en sus discípulos. Al realizar el milagro de la pesca abundante, Él les enseñó que su futura labor consistiría en traer a la gente a su reino. A mediados del primer siglo, ellos estarían asombrados con el fenomenal crecimiento de la iglesia.
Unas pocas décadas después de Pentecostés, la iglesia se había extendido de Jerusalén a Samaria, Antioquía en Siria, Asia Menor, Grecia, partes de África y Roma. Desde Roma, el evangelio avanzó hasta los límites del Imperio Romano. Según la evidencia disponible de la Escritura y los Padres de la Iglesia, Pablo viajó a lugares tan lejanos como España (y es muy probable que hasta Portugal).
Al final del ministerio de Jesús, cuando estaba a punto de comisionar a sus apóstoles, Él realizó una vez más el milagro de la pesca. Él hizo esto para prepararles el desayuno en la playa del Lago de Galilea. Él también les mostró, al reinstalar al apóstol Pedro, que ellos irían a alimentar el rebaño y a pastorear las ovejas.
Cuando inicialmente Jesús llamó a los pescadores a convertirse en sus alumnos, ellos habían estado pescando toda la noche, pero regresaron a la orilla con las manos vacías. Ellos presenciaron el poder de Jesús sobre su creación cuando les dijo que echaran su red y como resultado, atraparon abundantes peces. Él probó ser su Amo y Señor, quien los llamaba a ser sus discípulos y les enseñó a ser sus embajadores.
Cerca del final de la vida terrenal de Jesús, Él ordenó a sus discípulos que regresaran a Galilea. Obedeciendo sus palabras, ellos regresaron y por un breve tiempo ejercieron su antiguo oficio para llevar alimento a la mesa de sus familias. Ellos subieron sus redes a un bote, las lanzaron al lago, pasaron la noche a la intemperie e intentaron pescar. Pero después de una noche de ardua labor, ellos estaban cansados y desanimados, listos para regresar a la orilla con el bote vacío. Una vez más Jesús les demostró su poder sobrenatural cuando les pidió que echaran su red. Como resultado, ellos atraparon una cantidad inimaginable de peces grandes.
Jesús Prepara el Desayuno
Habiendo regresado a Cafarnaúm, siete discípulos fueron a pescar. Ellos eran Simón Pedro, Tomás (uno de los gemelos), Natanael, los dos hijos de Zebedeo y dos discípulos cuyos nombres no se mencionan. En el contexto de las necesidades de sus familias, ellos usaron su tiempo de espera de manera productiva. Si podían traer una carga de pescado, ellos podrían sustentar de nuevo a sus esposas e hijos.
Siete hombres salieron a pescar en un bote. Presumiblemente, el bote pertenecía a Pedro, quien había probado ser un experto pescador. Pero toda la noche, sus redes permanecieron vacías. Cuando rompió el amanecer y las vetas de vapor aparecieron sobre el lago, ellos pudieron distinguir la orilla, pero los objetos sobre la playa eran vagos. Ellos podían ver a un hombre parado en la playa pero no podían identificarlo.
Cuando llevaron el bote más cerca de la orilla, ellos oyeron una voz distinta viniendo de esa persona. Él les preguntó: “Muchachos, ¿no tienen algo de comer?” Él parecía percibir que su bote estaba vacío y sus espíritus desanimados. Sus voces demostraban esto cuando respondieron con un apagado “no”.
Luego, el extraño les dijo que arrojaran la red al agua, al lado derecho del bote, y ellos lo hicieron así. Para su asombro, ellos no podían arrastrar la red debido a la multitud de peces atrapados. Inmediatamente, Juan supo que el extraño sobre la playa no era otro que Jesús y le dijo a Pedro: “¡Es el Señor!”
Instantáneamente, ambos hombres vieron la conexión entre esta pesca y la de algunos años atrás, cuando Jesús los llamó a ser sus discípulos. Ahora, al final del ministerio de Jesús, Él demostró una vez más su divino conocimiento al haberles dado una abundante pesca. En resumen, esta era una repetición del mismo milagro.
Simón Pedro, fiel a su impetuosa naturaleza, arrojando la vestimenta que se había quitado, se lanzó al lago, nadó la corta distancia de aproximadamente noventa metros hasta la orilla, y allí encontró a Jesús. Los otros hombres no se precipitaron como Pedro, sino que continuaron con la tarea de arrastrar hasta la orilla la red llena de peces.
Cuando los demás hombres saltaron del bote y llegaron a tierra, vieron que Jesús había preparado el desayuno. Sobre la brasa, Él estaba asando un pescado y había un pan. Él les pidió que trajeran algo del pescado que acababan de pescar. Al hacerlo así, ellos participaron del milagro que acababa de ocurrir. De hecho, la presencia de un fuego, del pescado y del pan puede haber sido un milagro por sí solo.
Mientras tanto, Simón Pedro abordó el barco pesquero, aflojó la punta de la red y ayudó a los hombres a arrastrar la red hasta la orilla. La cantidad de peces que atraparon fue de 153 peces grandes y a pesar del peso, la red no se rompió.
Pedro Reinstalado
Cuando el desayuno estuvo listo, Jesús apartó a Pedro de la compañía de los demás discípulos. En el último día de la vida terrenal de Jesús, Simón Pedro había negado a Jesús tres veces seguidas. Ahora, en la playa del lago, Jesús le preguntaba tres veces de manera ininterrumpida si él lo amaba. Cada vez Pedro respondió afirmativamente, Jesús le replicó de manera sucesiva:
“Apacienta mis corderos”.
“Cuida de mis ovejas”.
“Apacienta mis ovejas”.
Cuando Pedro oyó la misma pregunta, “¿me quieres?”, por tercera vez, él estaba visiblemente dolido. Él le respondió a Jesús con una voz tenue: “Señor, tú lo sabes todo; tú sabes que te quiero”.
Antes que Pedro pudiera ser plenamente restaurado como apóstol de Jesús, el Señor lo presionó tres veces a expresar el concepto de amor en una forma de pregunta y respuesta. La importancia de las tres veces es por el énfasis.
Ahora, ya reinstalado con nuevas y más responsabilidades, Pedro serviría a Jesús como cabeza de los apóstoles y líder y vocero de la iglesia madre en Jerusalén, defensor de la fe, misionero a los judíos en la dispersión y a los gentiles temerosos de Dios en el extranjero y autor de dos de las Cartas Canónicas. La iglesia, ya fuera en Jerusalén o en el extranjero, consideraba a Pedro como el apóstol de Jesús más respetado (pues Pablo se identificaba a sí mismo como uno que no debía ser llamado apóstol).
Puntos para Reflexionar
Este fue el último milagro que Jesús hizo antes de ascender al cielo. Con él, Jesús concluyó la serie de milagros que acompañaron su ministerio. Los apóstoles recibieron el don espiritual de Dios de hacer milagros que apoyaran su predicación. Pero tras la muerte de los apóstoles en el primer siglo, su autoridad cesó.
El Nuevo Testamento enseña que sólo Jesús nombró a los apóstoles. Después de pasar una noche orando, Él llamó a doce hombres para que fueran sus discípulos. Cuando Judas se suicidó, los apóstoles echaron suertes para nombrar un sucesor. Pero fue Jesús quien controló la suerte y eligió a Matías. En las puertas de Damasco, el Señor llamó a Pablo para ser el apóstol a los gentiles. Sin embargo, cuando Santiago, hijo de Zebedeo, fue decapitado, Él no llamó a nadie a tomar su lugar (Hechos 12:2). Y Pablo se refiere a su apostolado como de “uno nacido fuera de tiempo” (1 Corintios 15:8).
El milagro de la primera pesca se refiere a los discípulos como pescadores de hombres; el milagro de la segunda pesca enfoca su atención en su llamado como pastores de ovejas. En el primer incidente, Pedro se vio a sí mismo como un pecador y en el segundo como un hombre restaurado que fue instruido para cuidar al pueblo de Dios.
Así como Jesús ordenó a los discípulos que echaran la red al lago y pescaran, Él ordena hoy a sus seguidores a llevar el mensaje del Evangelio a la gente y Dios hace el milagro de llevarlos al arrepentimiento, la fe y la salvación.