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¿POR QUÉ? [VII]

Las cigüeñas viven en las ruinas de los templos de Egipto y hacen sus nidos en los pliegues de los trajes de los dioses de Karnak, que desde hace miles de años celebran cónclave mirándose unos a otros en un círculo extraño.

Las cigüeñas van y vienen, traen palitos grandes y chicos, cáscaras de frutas, tierra y pingajos recogidos de las calles sucias de los pueblos. Un día, cuando ya los pequeños están criados, se recibe la orden que dirige estas vidas humildes, y la bandada de cigüeñas cruza el mar, camino de Europa. Antes de llegar a tierra se separan en grupos, y unas se van a Grecia en busca de los nidos que dejaron en el Partenón, en el templo de Apolo y en todas las ruinas de los templos divinos de los dioses muertos.

Otras vienen a España, cruzan los altos picos de sus sierras y anidan en las torres castellanas, aún cubiertas de nieve (torres cuadradas, de campanitas cantarinas y ventanas en arco que guardan, cariñosas, los nidos de un año para otro).

Otras siguen su camino, sin detenerse hasta llegar a Alemania, para anidar en el puntiagudo tejado de una iglesia calvinista.

A la caída de la tarde, los animales sagrados ven ponerse el sol desde las torres de los templos de tres religiones. Sobre sus altas patas se yerguen misteriosas y blancas, estirando el cuello y haciendo sonar sus picos en un tableteo fantástico.

La silueta extraña semeja una interrogación que demanda al cielo una respuesta desde todos los templos de la tierra. ¿Por qué?

El Duratón es un río que cruza la provincia de Soria, y que sólo tiene de ex­traordinario la profundidad de su cauce, que por algunos sitios corre entre trincheras de veinte metros de altura.

En estos paredones de piedra cortados a pico tienen su nido una enorme cantidad de buitres, que viven de los pobres animales que caen en la profundidad del barranco. Las ovejas, las cabras y hasta los bueyes se acercan pastando descuidados y caen a la vista de sus guardianes en la sima, de la que no volverán a salir jamás, aunque les quedara un resto de vida.

Estos buitres, que nunca se alejan de sus murallas, desaparecieron en los días de la guerra de Crimea, y volvieron a desaparecer, camino de África, en el desastre del 21.

Indudablemente les gustan más la abundancia de la guerra y la carne humana que los prolongados ayunos en su río y las pobres bestias descarnadas que hay que disputarse a picotazos de la voracidad de todo un pueblo hambriento.

Nada de esto es extraordinario ni justificaría recordarlo en esta sección, si no fuera por la extraña manera de desaparecer estos buitres. ¿Quién les avisa de que los hombres se están matando? ¿Cómo pueden saber lo que pasa a miles de kilómetros? ¿Tienen ellos lenguaje y correos para entenderse? ¿Qué noticia en contra recibieron en la Gran Guerra para no asistir a ella, donde los gases asfixiantes los hubieran matado? ¿Por qué?

La Moda Práctica, 20 de octubre de 1927

El camino es nuestro

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