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¿POR QUÉ? [VIII]

Cuando los innumerables guerreros de Persia se encaminaban a Europa para hacer la guerra a los griegos, Jerjes, que mandaba los ejércitos, cruzó el Helesponto sobre un puente de barcas y fue a sentarse en un trono de mármol blanco que los suyos habían preparado para él.

Al contemplar desde allí las aguas del estrecho que desaparecían bajo sus naves, las orillas del mar y los campos ocupados por un inmenso hormiguero de hombres, Jerjes se consideró el más poderoso de los mortales; pero inmediatamente sus ojos se llenaron de lágrimas. Artabano le dijo:

—¡Oh rey; qué corto intervalo ha separado vuestra alegría de vuestro dolor!

—Lloro —contestó Jerjes— de tristeza por la brevedad de la vida humana; dentro de cien años no existirá ni un solo hombre de todos estos.

En aquella ocasión se engañaba el rey, porque no había de pasar un año sin que casi todos aquellos hombres hubieran desaparecido.

Pero ¿no habéis pensado muchas veces, al encontraros entre una multitud, que bastarán unos años para que toda aquella generación haya sido sustituida por otra? Los trajes, los inventos, el nombre, la belleza, todo habrá pasado, y la lamentación de Jorge Manrique (siempre nueva, porque sólo el arte es eterno, como Dios) es actual en todo momento.

¿Qué se hizo el Rey Don Juan?

Los infantes de Aragón,

¿qué se hicieron?

¿Qué fue de tanto galán,

qué de tanta invención

como trajeron?

Y, sin embargo, a pesar de que cada uno de nosotros sabe con certeza absoluta que un día no lejano será sólo un poco de polvo y bastarán unos años para que no quede ni el recuerdo de su nombre, vivimos contentos como si lo ignorásemos en absoluto.

Las multitudes ríen, se divierten, buscan los espectáculos, y nadie diría que todos ellos tienen los días contados. A unos les sostiene una fe, a otros una filosofía, a muchos nada. Su pensamiento está vacío de ideas de ultratumba; pero todos viven, como si en el fondo de su conciencia existiera la absoluta seguridad de que la vida es eterna.

¿Será que lo mismo el que espera en Dios que el que nada espera sabe que la vida no acaba con la muerte?

No sería posible resistir este horrendo caminar hacia la nada si no tuviéramos el convencimiento absoluto de seguir siendo cuando ya no seamos.

Y si no es esta seguridad, si no esperamos nada una vez concluida la vida, ¿qué sostiene nuestro cuerpo? ¿Cómo y por qué podemos seguir viviendo sin enloquecer? ¿Por qué?

La Moda Práctica, 5 de diciembre de 1927

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