Читать книгу Nunca digas tu nombre - Jackson Bellami - Страница 14
ОглавлениеMalditos vecinos
De repente me encuentro dentro de Caleb, sin saber cómo salir o cómo he entrado. Él sigue aquí, en el interior de su cuerpo, y no deja de gritar.
—¡Cálmate, Caleb! Yo tampoco sé lo que ocurre.
—Sal de mi cabeza. ¡Sal de mi cabeza! —repite una y otra vez.
Continúo parado frente a la puerta de su casa sin saber qué hacer.
—Es una pesadilla. Es una pesadilla.
—Caleb, no es tal cosa. Por favor, escúchame.
—Quiero entrar en casa. Déjame pasar, Connor.
Juraría que está llorando.
—Estoy muerto, Caleb. No sé cómo, pero he muerto.
El sollozo cesa un instante.
—He despertado así, como un fantasma, supongo —le explico y, a medida que lo hago, me dan ganas de romper a llorar también—. Ojalá se tratase de una pesadilla… Puede que lo sea. Aunque me temo que es real.
Caleb sigue en silencio.
—He intentado hablar con mi madre… —Sí, estoy llorando—. Tenía que salir de casa. Ellos aún no saben nada. No quería estar ahí cuando descubrieran mi cadáver en mi habitación…
El llanto toma el control del cuerpo de Caleb y lloramos juntos delante de su puerta.
—¿Connor? —oigo en mi cabeza, en la de Caleb—. Connor, yo…
—Cariño, ¿qué ocurre?
La señora Reynolds me ve desde el interior a través del cristal. Acude en busca de su hijo, que llora en la puerta de casa después de tirar la basura. Pero no es él, sino yo.
Lleva la cabeza cubierta de rulos y unas gafas demasiado pequeñas para su rostro en la punta de la nariz. Siempre ha mirado por encima de ellas.
—Cielo… —dice, ayudándome a entrar—. ¿Por qué lloras?
Caleb se ha quedado mudo y a mí me ahogan las palabras.
—Cal, habla. Me estás asustando, cariño.
—Dile que ha sido por la canción —susurra Caleb en mi interior como si su madre pudiese oírnos.
—Es por la canción…
—¿Otra vez escuchando Wrecking Ball? —cuestiona la señora Reynolds.
«¿Caleb llora con una canción de Miley Cyrus?».
Yo asiento con el rostro de su hijo.
Esto es demencial.
—Ya te dije que la eliminaras de tu lista. —Me acompaña hasta la cocina—. Siéntate, te prepararé un batido de chocolate.
—No, estaré en mi habitación —digo con la voz de Caleb.
Si le digo a Greta Reynolds que soy el fantasma de Connor Payton encerrado en el cuerpo de su hijo… Ni yo me creería algo así.
Dejo la cocina y subo las escaleras. Conozco la casa de los Reynolds. Son muchas tardes las que hemos pasado Caleb y yo juntos.
«Nunca hemos estado tan juntos como ahora».
—Puedo oír tus pensamientos, ¿sabes?
Su voz suena demasiado fuerte y casi tropiezo en las escaleras.
—Joder, Caleb, me has asustado —susurro.
—Dijo el fantasma… Es subiendo a la derecha.
—Recuerdo dónde está tu habitación.
—Entonces soy yo lo único que has olvidado.
Otro maldito silencio. No puedo defender algo que no tiene sentido. Solo dejé de verme con Caleb porque el equipo le creía un pardillo, un chico con gafas que odiaba el deporte. Y lo era, claro que lo era. Como yo. Nos pasábamos el día entero jugando a la videoconsola, creábamos comunidades de jugadores en red y recorríamos el mundo para batirnos en duelo. Escuchábamos la banda sonora de nuestros animes favoritos y nos grabábamos en vídeo caracterizados como los personajes al cantar las canciones de las cabeceras. Sí, éramos los mejores amigos, pero no podía seguir siendo así si quería ser alguien en clase.
Al entrar en la habitación me doy cuenta de que Caleb sigue siendo Caleb, el amigo divertido y espontáneo con quien jamás me aburría. Tiene las paredes cubiertas de pósteres de series japonesas, cómics y películas de todo tipo. Predomina la inclinación marvelita, pues hay como medio centenar de figuras de acción de superhéroes de Marvel en una estantería junto al escritorio del ordenador. Aunque también veo algún que otro Batman y Superman. Frente a su cama hay una diana con varias fotografías agujereadas en ella y en su mesita de noche un juego de dardos.
—Sí, estás ahí —me advierte—. Junto a Ben Affleck con la máscara de Batman. Los dos me decepcionasteis.
— ¿Por esa razón atraviesas mi foto del anuario con un dardo todas las noches?
—Te equivocas, Connor.
— Pues ya me dirás qué hago en la diana…
—No lo hago por las noches, es todas las mañanas. Me ayuda a levantarme con energía y buenas vibraciones.
—Gracias, Cal.
—De nada.
Me miro al espejo de la habitación, cargado de viejas pegatinas coleccionables de Naruto.
—¿Qué te ha pasado? —pregunta Caleb al mirarme fijamente en el reflejo.
—No lo sé, colega. Ayer dejé la fiesta porque me sentía mal, aunque no recuerdo detalle alguno de nada. —Miro los ojos de Cal y me pierdo en ellos—. Me arrastré hasta mi habitación y supongo que allí ocurrió.
—El qué.
—Mi muerte…
Giro la cabeza para ver mi habitación desde la ventana de mi vecino. Sé que sigo ahí, en la cama, sin vida. Es extraño pensar en la muerte así. Ya me ocurrió cuando murió Duster, nuestro labrador retriever y un miembro más de la familia hasta mis catorce años. Duster fue para mí más que un perro. Siempre me seguía a todas partes. Incluso me acompañaba al bus de clase y me esperaba en la acera al llegar. Me pasaba horas jugando con él en el jardín después de estudiar mientras Duster dormía su siesta diaria. Nunca he dejado de echarle de menos, su ausencia aún duele. Cuando murió de cáncer me era imposible estar en casa sin mi gran amigo a mi lado, yendo de un lado a otro en busca de algo que llevarse a la boca. Las noches sin él a los pies de la cama se volvieron frías y solitarias. Algo así siento ahora que soy yo quien se ha marchado. Es imposible no pensar que todo esto es mentira, una gran tomadura de pelo que ya dura demasiado y empieza a resultar insoportable. No puedo haber muerto. ¿Qué va a ser de mi familia ahora? ¿Qué va a ser de mí? No quiero desaparecer. Dejar de existir no estaba en mis planes, maldita sea. Debe tratarse de una broma. Una broma cruel y despiadada del puñetero destino…
Me acerco a la ventana y corro las cortinas.
—¿Qué haces?
—Mi madre no tardará en despertarme. No quiero verlo.
Vuelvo al espejo.
—Espero que no sea Daisy quien me encuentre.
Freno el llanto que se empeña en salir.
—Connor, siento ser un insensible, pero tenemos que arreglar esto.
—¿A qué te refieres?
—Tienes que salir de mi cuerpo, devolvérmelo.
—Tienes razón, pero no sé cómo hacerlo. Ni siquiera supe entrar. Solo… ocurrió.
—¿Cómo fue? ¿Qué hiciste o pensaste? —insiste Caleb, y le comprendo.
—Intentaba hablar contigo, llamar tu atención. Me atravesaste como si fuese de aire. Te grité. Te llamé. Hice aspavientos…
—Vuelve a hacerlo.
Me preparo frente al espejo, sin apartar la mirada.
—Caleb, te devuelvo tu cuerpo —digo.
Nada.
—Caleb, quiero salir —pruebo, pero el resultado es el mismo.
—Maldita sea —oigo a Cal.
—Tranquilo, te devolveré tu cuerpo antes de que me claves un dardo en la cara o algo así.
—¿Te parece el momento para hablar de eso? —pregunta.
—Ya sé que fui un imbécil, pero no por eso merezco esto.
Me siento sobre la cama, derrotado.
—Claro que no mereces esto, Connor, pero quiero recuperar mi cuerpo.
—Lo siento, no sé hacerlo.
—Si te soy sincero, no creo que sea real —comenta Cal—. Juraría que sigo en la cama, soñando este absurdo reencuentro paranormal.
—¿En serio?
—Sí.
—Probemos una cosa.
Pellizco el brazo de Caleb con fuerza, hasta que él se queja y yo lo soporto, porque también me ha dolido.
—¿Qué ha sido eso? —pregunta.
—Nos he pellizcado.
—No seas idiota, eso no funciona para despertarse de una pesadilla.
—Qué sugieres para convencerte…
—No sé, piensa en alguna historia de fantasmas y posesiones.
—¿Tengo que potar una cantidad imposible de algo verde para que me creas, Cal?
—¡Ya lo tengo! —grita.
—Baja el tono, colega. Me va a explotar la cabeza.
—Coge algo para leer. Sin mis gafas, no podrás leerlo.
—¿Qué?
—Que seas un fantasma que ha poseído mi cuerpo no quiere decir que hayas reparado mis ojos. Eres un espíritu o alma o lo que sea, pero no un dios —me explica.
Me levanto y cojo el libro de Francés de su escritorio.
—Adelante, ábrelo y lee —me pide.
Abro el libro por cualquier página y trato de leer. El texto se empaña de tal modo que me es imposible. Todo está borroso.
—No veo una mierda.
—¡Bingo!
Incluso Caleb necesita un instante para darse cuenta de que su teoría se ha ido al traste.
Él no está soñando.
Yo estoy muerto.
—¿Bingo? —le pregunto—. Eso quiere decir que no estás soñando, según tu profesional conocimiento sobre realidad y sueño.
—Ya… Lo siento.
—¿Por qué?
—Porque entonces estás muerto.
—Y tú atrapado en tu cuerpo conmigo dentro.
—Menuda mierda…
Me tumbo en la cama de Caleb. Las sábanas huelen a lavanda. Odio el aroma a lavanda. Me recuerda a los baños del centro comercial. Y, por consiguiente, me recuerda que ya no estoy vivo. No más helados de Ice World, el único lugar del mundo con helado de cerveza sin alcohol.
—¿Por qué me han entrado ganas de comer helado? —pregunta Caleb.
—Cállate, colega, a no ser que tengas el número de los Cazafantasmas —le digo con apatía.
—Querrás decir las Cazafantasmas.
—No me jodas más de lo que estoy. Eso que hicieron fue una aberración.
—Bueno, no conozco a ningún cazador de fantasmas, pero podemos probar con alguien que sabe de rollos astrales y esas cosas.
—¿Doctor Strange? —murmuro con sarcasmo.
—Bethany Brown.
Salto tan rápido de la cama que siento cómo el desayuno de Caleb sube hacia la garganta.
—¿Has comido gofres para desayunar? —le interrogo al sentir el sabor en la boca.
—Sí, un par.
—Deberías cuidarte un poco, Cal.
—Supongo… Cuando perdí a mi único amigo me dio por comer.
—Está bien —le interrumpo—. Siento mucho haberte dejado tirado. Siento que tu vida se fuese a la porra cuando entré en el equipo. Siento que hayas engordado por mi culpa. Pero soy yo quien está muerto. Ten un poco de compasión, joder.
Un silencio más. Ya he perdido la cuenta de cuantos.
Pero el grito de mi madre rompe la afonía del momento. Su desgarrador llanto llega desde mi habitación y me hace pedazos. Intenta despertar a su hijo. Intenta que mi hermana pequeña no me vea sin vida. Llama a Emergencias y es imposible comprender lo que dice. Porque está destrozada. Sea lo que sea lo que me ha ocurrido, acaba de hundir a una familia en la más oscura realidad.
Siento que el aire se detiene en la garganta de Caleb. Me asfixio, aunque no creo que pueda volver a morir. Pero Caleb sí. Me obligo a respirar, trato de evitar que la crueldad del momento haga sufrir a Caleb.
—Connor —oigo su voz, esta vez con tono delicado—. Entonces… ¿Estás muerto de verdad?
—Sí —respondo al absorber el dolor por la nariz.
Las lágrimas no se oyen, pero las percibo como cuchillas por el rostro.
Puedo sentir la tristeza en Caleb. Su mutismo esconde los sentimientos por un amigo que no merece su llanto.
—Vayamos a ver a Beth —resuelvo.
No puedo seguir parado mientras mi madre se deshace junto a mi cuerpo.
«Lo siento, Daisy», pienso en mi hermana. Y en papá.
Aunque he olvidado que Caleb escucha mis pensamientos, él continúa en silencio.
Un silencio abrumador que en casa durará una eternidad.
El silencio de mi voz.