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Equipo a la fuerza

Lo que es especial para algunos no tiene que serlo para otros. No hay unas normas impuestas sobre qué debe ser singular y qué ordinario. Somos nosotros mismos quienes etiquetamos así los momentos, las personas o los días. Solo necesitamos una razón para que un instante deje de ser corriente y se transforme en un momento único. Algo debe hacerlo diferente del resto. Un ansiado estreno de cine, el aniversario de un evento importante, la visita a un lugar deseado… Son tantas las ocasiones que utilizamos para resaltar en nuestra vida lo exclusivo que incluso deja de tener sentido. Aunque no era este el caso para Connor. Porque aquel sábado sí que era especial para él. Sin embargo, podría decirse lo contrario de Chris. Como dice el sabio refranero: «Lo que uno desecha, otro lo aprovecha». Ni más ni menos.

Connor había estado entrenando las recepciones durante toda la semana, ya fuese con el equipo o en casa. Lyon Payton trabajaba evaluando riesgos laborales de lunes a viernes y los sábados se pasaba el día como analista de riesgos en la refinería Pine Bend. Un sacrificio que pagaba las vacaciones de la familia en Canadá cada verano. La hora que pasaba con su hijo tras la jornada laboral para mejorar su técnica lo dejaba sin aliento. Adiós a la copa de vino que acostumbraba a tomarse con la señora Payton antes de cenar.

Aquella tediosa dedicación hacía que Connor se sintiera menos culpable por la puñalada asestada en la espalda de su amigo Chris. El fin justifica los medios…

El sábado llegó, con los nervios y las dudas de un adolescente que tenía pleno conocimiento de la sucia naturaleza de sus acciones. Pero todo quedó blanqueado cuando razonó las consecuencias que podría tener aquel importantísimo partido.

—Connor, llevas una hora en el baño —dijo su padre frente a la puerta cerrada, atendiendo las quejas de Daisy con la cara cubierta de espuma de afeitar—. Deja las guarradas para otro momento. Tu hermana me está poniendo de los nervios y voy a llegar tarde a la refinería.

Lyon habría escogido dos semanas de informes sobre los riesgos del sector del tratamiento del petróleo antes que enfrentarse a sus hijos por la mañana. Eran como animales salvajes.

—No estoy haciendo guarradas, son los nervios —se oyó tras la puerta—. Me tienen sentado en el retrete desde hace una hora.

—Pues no olvides encender una vela cuando hayas acabado.

El desayuno de los fines de semana en casa de los Payton no tenía nada que envidiarle a los bufés de los grandes hoteles. Susan Payton se pasaba las primeras horas del sábado preparando el menú de ambos días. Como ella suele decir: «También es fin de semana para mí».

La música sonaba por toda la casa. Lo hacía al ritmo de Runaround Sue de Dion DiMucci, un clásico del sesenta y uno. Daisy bailaba por la planta baja con una diadema de princesa, mientras su madre no dejaba de moverse con la sartén de huevos revueltos al fuego.

Lyon bajó las escaleras, giró un par de veces con su hija y, tras darle un beso de despedida a su mujer, se marchó al condado de Rosemount, donde le esperaban un escritorio y demasiadas firmas en una de las mayores empresas de Minnesota.

El último en sentarse a la mesa fue Connor, quien lucía pálido y enfermizo.

—Cielo, tienes un aspecto horrible —observó su madre.

—Son los nervios por el partido.

—Come, ya verás como te sentirás mejor en un rato.

—No se puede entrar en el baño… —comentó Daisy.

—Cierra el pico o te encerraré en él.

—Connor, deja a tu hermana y come.

Se obligó a engullir un par de tortitas con frutos rojos silvestres y un poco de revuelto. Afrontar el partido con el estómago vacío solo empeoraría las cosas.

A una hora del encuentro, el equipo se concentró en el gimnasio. Había llegado el momento esperado y el entrenador Hastings necesitaba asegurarse de que ninguno de sus muchachos cometía errores de última hora. Repasaron las nuevas jugadas que Hastings tenía dibujadas en una pizarra portátil. Todos debían conocerlas y memorizarlas.

—Monroe —el entrenador alertó al capitán del equipo—. ¿Qué debes hacer si Payton no puede desmarcarse?

—Buscar a Serkis por la izquierda.

—Si no está babeando por alguna de las animadoras —comentó Jyung, el running back.

El equipo bromeó en el peor momento.

—¡Maldita sea! —gritó el entrenador—. Centraos, joder. Tú, Bully. —Señaló al chico con la cabeza cubierta de pequeñas trenzas que jugaba como tight end—. Si Monroe se ve superado…

—Me posiciono por la derecha para protegerle, entrenador —respondió, exaltado.

—¡No, no y no! —El entrenador partió sobre su pierna el palo con el que indicaba las posiciones en la pizarra—. Te liberas para que el puñetero quarterback pueda pasar el balón antes de que nos jodan con un sack y perdamos un puñado de yardas.

Goldstein, el joven que había cogido peso durante el verano, rompió el silencio tras la bronca del entrenador al abrir una chocolatina de cereales.

—¡Goldstein! —gritó Hastings.

—Señor…

El sobresalto hizo que el tentempié volara un par de metros hasta acabar en el suelo.

—Como no muevas ese culo de hipopótamo ahí fuera, te arrastraré por el campo hasta que tu mierda sea tan verde como el césped. ¿Me has oído?

—Sí, entrenador.

El eco del entrenador continuó surcando el gimnasio y sumió a todo el equipo en el silencio.

—Si alguno falla hoy, me aseguraré personalmente de que no vuelva a pisar el campo.

La amenaza no habría tenido tanta fuerza en Connor de no haber mirado directamente al chico al lanzarla.

Chris, justo al lado de su amigo, sonreía al verle el rostro empapado en sudor.

—Ya sabes, Payton —le dijo—, cúrratelo ahí fuera o volverás a abrillantar el banco con el trasero.

Connor dejó que el equipo volviese al vestuario y se quedó a solas con sus pensamientos. Se preguntó si Chris se habría comportado con el mismo sarcasmo de haber sido el entrenador quien tomase la decisión real de sacarle al campo. La respuesta que encontró, un rotundo sí, le hizo sentir mejor, pues Chris no sospechaba nada sobre treta alguna por parte de su compañero. Aquel momento en soledad despertó en él su parte más competitiva y rencorosa. Se planteó entonces hacer que tanto el entrenador como Chris se tragasen sus malditas palabras.

El primer partido de la temporada arrancó con un festival de humo y colores. La música estallaba por todo el terreno de juego mientras las animadoras de los Timberwolves de Valley Rock saltaban y hacían piruetas al son del tema Game Time de Flo Rida con Sage The Gemini. El equipo, comandado por Alan Monroe, rompió la pancarta con el mensaje «Es nuestra temporada» al salir del pasillo de los vestuarios. Al otro lado les esperaban los Warriors del instituto de Brainerd, semifinalistas de la temporada anterior. Había más seguidores de los Timberwolves que del equipo visitante. En las gradas no cabía ni un alma más y, aun con todo a rebosar de gente, Jessica se las ingenió para que cualquiera pudiese reconocerla. Llevaba el cuerpo cubierto de tiras de celofán brillante con los colores de su chico, blanco y azul. Un tanto desacertado en aquella ocasión, pues los rivales también lucían en sus banderas los mismos tonos, razón por la que los Timberwolves decidieron jugar con el uniforme secundario de color negro y marrón. Dejando a un lado el chasco que se llevó, nada perturbó a Jess, quien animaba a Connor con la intención de que el chico no se fijase ni un segundo en las animadoras del equipo.

Susan Payton y su hija no necesitaban llevar puesto un atuendo estrafalario para que su hijo las encontrara en las gradas. Era su primer partido como titular. Ellas no iban a perdérselo y él no tenía necesidad de que nadie más lo presenciara. Solo la pancarta con el ocho en purpurina que Daisy había estado haciendo toda la mañana era suficiente para la moral del chico. El resto, todo el público presente, solo le importaba en la medida de la repercusión que podrían tener sus hazañas en el campo.

Tras el lanzamiento de moneda, los Timberwolves optaron por empezar atacando.

Y comenzó el partido.

En cada jugada ofensiva de los Timberwolves, Alan lanzaba con precisión a todos sus corredores. No había duda de que era la estrella del equipo. Sin embargo, alguien supo hacerle sombra durante el segundo cuarto. Connor necesitó unos primeros quince minutos para tomar el control de sus nervios. Pero, en cuanto lo hizo, no tardó en brillar con luz propia. Corrió como nunca, saltó más que en toda su vida. Monroe dejó de decidir entre los diferentes corredores y escogió a Payton para llevarlos a la victoria. Los pases del capitán parecían cohetes con el claro objetivo de acabar en las manos de Connor. El fruto de tanto entrenamiento no eclipsaba la traición a su amigo, pero… ¡Qué demonios! Él se lo estaba pasando francamente bien.

En el último cuarto, con la esperanza podrida de los Warriors de Brainerd, tuvo lugar la jugada que elevó a Connor a la estratosfera de la sociedad juvenil. Tras un lanzamiento perfecto que Payton logró encajar entre sus brazos, al librarse del fuerte bloqueo que el equipo rival le había establecido desde que comenzara a sumar puntos en el marcador, el chico corrió por el centro del campo como un soldado en medio de la batalla. Así se imaginaba él, cruzando un terreno minado para salvar su confusa moral. Dos jugadores le cortaban el paso. Al primero, más alto que Connor, pudo sortearlo con un hábil quiebro de piernas y un juego de caderas. Aquello no le serviría con el segundo.

Corrió hacia él, poseído por el éxito de lo que podría ocurrir si todo se desarrollaba igual que lo tenía planeado en su cabeza. Un paso tras otro, cada cual más rápido que el anterior. Al frente, un corpulento joven con la rabia en el rostro. Connor no cambió de dirección, siguió adelante. Se encontraban a un par de metros de la zona de anotación. No había necesidad de marcar otro touchdown, el partido ya estaba ganado. Pero no era eso lo que importaba a Connor en aquel momento. Todo estaba relacionado con la gloria y el orgullo. Por esa razón, cuando estuvo a una zancada de aquel muro protegido con casco y coraza, Payton esperó a que su rival se lanzase contra él. En ese instante, a segundos de una acometida brutal, Connor saltó hacia arriba y encogió el cuerpo para facilitar la voltereta.

El silencio de los allí presentes permitió que se oyera el grito que acompañó la pretendida embestida del joven de los Warriors. Mientras, Connor giró por el aire, volando hacia la zona final, donde cayó sobre el césped para continuar rodando por el suelo.

El árbitro levantó los dos brazos para señalar la anotación.

Payton se había coronado así mismo.

Incluso Chris, quien había presenciado todo el partido con cierto rencor, se levantó impulsado por la proeza de su amigo. Supo entonces que jamás volvería a pisar el campo de juego a no ser que a Payton le ocurriese algo horrible.

Y le ocurrió.


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