Читать книгу Nunca digas tu nombre - Jackson Bellami - Страница 20

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Buenos días, América

El niño pedaleaba con fuerza en contra de todo pronóstico a sus diez años. Subía por la calle con el sol de frente. Le gustaba salir temprano en septiembre, después de las vacaciones, por el olor a césped recién cortado y la brisa que anunciaba el otoño. Jugaba a esquivar las primeras hojas que se desprendían irremediablemente de los árboles que discurrían por todo el vecindario, su zona de responsabilidad. Sonreía a aquellos vecinos que pillaba en la puerta y le premiaban con un dólar o una moneda de cincuenta centavos. Poco a poco se acercaba al precio de esas zapatillas con ruedas para la que ahorraba su humilde salario. Se esmeraba en el lanzamiento como si su futuro laboral dependiera de ello. Una casa tras otra, el rollo de papel recién impreso surcaba el aire y la distancia para acabar donde su tirador se había propuesto. Conocía bien las casas y a los que dentro comenzaban a despertar una mañana más. Como la vieja vivienda de la señora Petting, quien encerraba a sus gatos en el porche para evitar que los ratones se colasen. O la de los Barrel, un joven matrimonio que dejaba un par de galletas en una bolsa colgada en la puerta para que el chico desayunara algo durante el trayecto. Pero su favorita, la que hacía que dejara la bicicleta tirada sobre el césped un par de minutos, era la de los Payton. La señora de la casa esperaba las noticias a la vieja usanza mientras preparaba el desayuno en la cocina al ritmo de canciones de los años cincuenta o sesenta. Aquello invitaba a que el pequeño Timmy aparcase su vehículo de pedales y, tras haber dejado el periódico en la puerta, acudiera a la ventana de la cocina, donde bailaba al ritmo que salía de un altavoz inalámbrico colgado junto a las sartenes.

Aquella mañana sonaba It’s My Party de Lesley Gore, un clásico del sesenta y tres. Pero eso no lo sabía Timmy. Él solo bailaba, saltaba y daba vueltas sobre el césped mojado mientras se comía las galletas de los Barrel. Era su parada, su descanso. Después continuaba con su trabajo.

El ejemplar del Valley Rock Post contenía una noticia local que Connor iba a conocer de primera mano aquel día, aunque aún quedaban horas para eso. En el noticiario, el actual presidente del Consejo de Estudiantes sonreía en una fotografía con uniforme militar, brindando una nueva oportunidad para el ansiado futuro de Connor Payton. Una lucha que abriría nuevas heridas a su alrededor y le proporcionaría más razones para su funesto desenlace. Sin embargo, por el momento, el nuevo jugador titular de los Timberwolves se disponía a asaltar la habitación de su hermana pequeña para darle un susto de buenos días.

Ataviado con una máscara de la película de terror adolescente Scream, Connor se adentró en la habitación con el sigilo de un ninja. Daisy retozaba aún en la cama, rogando por unos minutos más antes de que alguno de sus padres la obligara a levantarse. Pero Connor se les había adelantado. Se encontraba junto a la cama, donde se puso de rodillas y comenzó a grabar el asalto con su teléfono. Su respiración se volvió tétrica para hacerse notar. Entonces, Daisy rodó desde el otro lado de la cama para comprobar aquel extraño sonido del infierno. Y lo vio.

Connor gruñó como un monstruo y ella gritó cual rubia estúpida de película para televisión.

—¡Papá!

—Ahora nadie puede ayudarte, mocosa.

El hermano mayor alzó a la niña junto con la colcha y se echó todo al hombro. Daisy pataleaba, se quejaba e intentaba golpearle. Él se dirigió al baño. Allí depositó la carga, en la bañera.

—¡Te vas a enterar cuando salga de aquí! —amenazó la pequeña.

—Querrás decir «si sales».

Connor cerró la puerta del baño.

—Eh, dejad de hacer el indio y bajad a desayunar.

El padre de Connor se dejó ver desde su habitación al fondo del pasillo mientras se ataba la corbata.

—¿Quieres que vaya a por ti también?

El chico se quitó la máscara.

—¿Se supone que eso debe dar miedo? —se burló su padre, aún sin peinar con la frente surcada de mechones.

—La de Freddy Kruger está rota desde el último Halloween.

—Esas sí eran buenas pelis —comentó el señor Payton, sonriente.

El padre de Connor era un cinéfilo de libro, aunque solo defendiese con su honor las películas de los ochenta y alguna que otra de los noventa. Había una norma en casa: los viernes noche hay sesión de cine. Una ley de obligado cumplimiento, pues Lyon Payton confiaba en los valores de una época dorada de Hollywood para educar a sus hijos. Por esa razón Connor amaba esas viejas películas, creció con ellas. Como le ocurría con la música de su madre por las mañanas, temas antiguos a los que es imposible resistirse bailar. Es lo que emanaba de abajo, canciones con las que comenzar el día de buen humor, con energía.

Cuando Connor bajó a la cocina encontró a sus padres bailando como en el baile de fin de curso. Sonrientes. Enamorados. Giraban abrazados con Will You Still Love Me Tommorrow de The Shirelles, una escena que sacó al chico una sonrisa. Daisy apareció por las escaleras. Connor la invitó a bailar y se unieron a sus padres. Rodearon la isla de la cocina, riendo felices.

Una escena que ya no podrá repetirse jamás.

En clase, una hora después del baile mañanero, aquella noticia sin importancia hasta entonces para Connor se hizo eco entre los alumnos del William Mayo. Fue durante la clase del profesor Miller. Connor y compañía se entretenían lanzando bolas de papel a la papelera.

—Buenos días, América. Escuchad —les pidió a los jóvenes—. Vamos, chicos, prestad atención. Vuestro compañero Gregory Walker ha decidido dejarnos para servir en el ejército. Al parecer, la patria le necesita más que sus estudios, los cuales terminará en la academia militar. La cuestión es que deja vacante su puesto como presidente del Consejo de Estudiantes, ya que su sustituta, Cheryl Crow, comenzó este curso en otro instituto. Así que habrá elecciones.

Después de escuchar aquella palabra, «elecciones», la mente de Connor comenzó a trabajar.

Para asegurar la victoria, un soldado debe controlar sus cuatro flancos. Eso es de primer curso de estrategia. Si no acometes por un lado, lo harás por otro, al igual que en la defensa hay proteger en todas direcciones. Pues eso andaba Connor contemplando.

Había asegurado, más por suerte que por pericia, dos de esos flancos y en aquel instante, con aquella noticia a la que nadie prestó atención en el periódico local, se le presentaba la oportunidad de cubrir un tercer margen. Un nuevo comodín de última hora. A su derecha se encontraba la traición de su primera opción, Chris Hoffman, amigo y compañero del equipo que no pisaría el campo de fútbol para el partido inaugural del sábado. Detrás, a su retaguardia, estaba sentada Jessica, su póliza contra estúpidos accidentes que pudiesen poner en riesgo su entrada en la prestigiosa universidad. A su frente, sin haberlo planeado, se presentaba su ocasión de añadir una muesca más a su cinturón dorado. Hacerse con el puesto de presidente del Consejo de Estudiantes era como colocar un pie dentro del Macalester College, o al menos engordar el saco de puntos para lograrlo.

Sí, aquella lucha de poder se convirtió a la postre en un motivo más para matarle. Sobre todo, si se es de esas personas capaces de todo por un poco de poder. Como Amy Chambers.

Amy es hija del director Chambers, quien en su día fue alumno ejemplar y, por supuesto, presidente del Consejo de Estudiantes. También su madre dispone de un currículo de liderazgo, pues lleva al frente de PIS, Parents Involved Society, desde que Amy pisó el colegio por primera vez. Una asociación de padres ciegos y sordos que no han tenido tiempo alguno en más de quince años para cambiar el ridículo nombre del club con el que esconden problemas con el alcohol y la promiscuidad de sus miembros. Dios bendiga a América…

Durante el almuerzo en la cafetería, sin perder un segundo más de su preciado último año, Connor no dudó en dejar claras sus intenciones. Lo hizo rodeado de sus amigos, y de su chica, siempre pegada a su trasero.

—Voy a presentarme a las elecciones del consejo —anunció, con los labios manchados de crema de cacahuete, algo que Jessica arregló en seguida con el mismo dedo que se llevó a la boca.

Asqueroso.

—¿No te vale con haberme jodido la temporada? —preguntó Chris desde el rencor, y se arrepintió nada más hacerlo.

—Colega, ya te he dicho que no he tenido nada que ver en eso —se defendió Connor.

Mentira.

—Sí, Chris, lo que dice el entrenador va a misa. Ya sabes cómo es —añadió el jefe del equipo—. Además, Payton se está currando las recepciones como nadie. Démosle una oportunidad.

—Ya lo sé, solo necesito soltar mi frustración. ¿Con quién mejor que con mi amigo?

Chris sonrió a Connor y este se sintió la persona más ruin del mundo, pero nunca es suficiente para dejar los sueños a un lado…

Alan miró a sus jugadores y comentó:

—No quisiera estar en la piel de Payton…

—¿Por qué? —Jessica acudió en su defensa.

—Porque Amy va gritando por los pasillos que ese puesto será suyo.

Todos esperaban más detalles.

—A ver —continuó Alan—. Ya sabéis que salimos juntos el año pasado y os juro que preferiría vérmelas con cualquiera antes que con Amy. Es una tía calculadora, cruel y con pasta. Pobre Payton…

—Mirándolo por el lado bueno —intervino Chris—, si Amy acaba contigo volveré a jugar más de dos minutos.

Todos rieron. Incluso Payton lo hizo. ¿Qué habría pensado el chico de saber su destino?

Las paradojas acuden a nuestra vida en los peores momentos. Solo cuando estamos desbordados, nos destrozamos aún más con el «y si…». Porque eso hará que nos volvamos totalmente locos, errados, y nos conducirá irremediablemente al desastre.

El encuentro entre ambos candidatos tuvo lugar al final de aquel día, al salir de clase. Connor se había encargado de encuestar al equipo sobre las elecciones al consejo. Amy hizo el sondeo con todo ser viviente del instituto. Él actuaba risueño y despreocupado. Ella se enfurecía con cada noticia que tenía de Payton.

Cuando sonó la destartalada campanilla que anunciaba el final de la jornada, Amy corrió desde el aula de Francés, una de las clases que no compartía con Connor, para que su objetivo no escapase a las reprimendas de un ansiado futuro elitista entre la muchedumbre a la que se veía obligada a soportar por no estudiar en el Instituto Highlands de Saint Cloud, capital del estado y ciudad a dos horas de distancia de Valley Rock. Si Amy se quedó allí, en Valley Rock, fue por el lema que resalta sobre el espejo de su habitación: «Es fácil distinguir un dorado grano de maíz entre el estiércol».

La chica se colocó frente a Connor para cerrarle el paso.

—¿Qué es eso de que te presentas a las elecciones?

—Hola, Amy —saludó Connor.

—Responde, no tengo todo el día. Debo ocuparme de hundirte la vida.

—Es un derecho que cualquier ciudadano estadounidense puede ejercer.

—No es un puesto para cualquiera, Payton.

—Mira, Ivanka Trump, te lo voy a dejar claro —dijo Connor, acercando su rostro al de ella—. Pienso ganar las elecciones, como pienso ganar el regional de fútbol este año. Ni tú ni tu estúpido padre podréis evitarlo. Así que quítate de en medio si no quieres que nos expulsen, porque estoy a punto de escupirte a la cara.

Aquellas palabras de Connor dejaron a Amy sin aire, sin voz. Vio que su padre, el director Chambers, salía del edificio para llevarla a casa. Frente a Connor solo refunfuñó, para no montar una escena. Sin embargo, cuando subió al Ford de su padre, el pataleo salió con la rabia de la verdad. Y la verdad es que Amy es una chica que a todos mira por encima del hombro y a la que pocos soportan. Al cesar el berrinche, bajo la atenta mirada del director, quien no comprendía nada, Amy miró a Connor desde el coche. Descargó su aliento sobre el cristal de la ventanilla y escribió con el dedo medio:

stás muerto!!!

Después utilizó el mismo dedo para saludar a su rival.


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