Читать книгу Nunca digas tu nombre - Jackson Bellami - Страница 7

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Hablemos de la luz. Sí, de la luz del final. Muchos creen, y el cine tiene gran parte de la culpa de eso, que al morir nos aborda una luz cegadora. Durante el destello, los recuerdos emergen de nuestra mente cadáver y presenciamos una sucesión de imágenes que recopila toda la vida que se nos ha arrebatado.

Error.

Cuando se muere dejas de existir. Punto final. Finito. No hay aplausos, vítores o música. Lo que ocurre al dejar el mundo es tan diverso como la salvaje sociedad. Hay quienes se reencuentran con sus seres queridos ya fallecidos. También dicen que se experimenta una paz absoluta. ¡Pues claro que estás en paz, acabas de morir! Los problemas y las preocupaciones son para los vivos y ya no perteneces a ese grupo de idiotas. Así que el primer paso es dejar de lamentarse. Sobre todo, por aquellos que lloriquean al pensar —con su mente de cadáver, no hay que olvidarlo— las cosas que no podrán hacer: el viaje que quedó pendiente, la fiesta de mi mejor amigo, bodas, nacimientos, besos no dados, amores callados, la experiencia de ser padre o madre o tío… ¿Cuando se come en un restaurante hay que lamentarse por lo que no se prueba del menú? Pues eso, menos llantos. Al fin y al cabo, se otorga la eternidad. No hay mayor regalo que ser eterno.

Sin embargo, hay casos en los que se permiten ciertas licencias. Por ejemplo, ser asesinado. El final de esa historia no estaba en el programa del universo. Quizá por esa razón la persona que lo sufre desbloquea alguna que otra habilidad. Aunque más que persona debería llamarse espectro, fantasma o ente. No importa el término, sino la transformación. Podría describirse como uno de esos videojuegos en los que el personaje suma experiencia y capacidades especiales a medida que avanza en la historia.

Aquí es donde entra en escena el efímero Connor Payton.

Para describir a Connor habría que utilizar el adjetivo de crédulo. Quizá, ingenuo. Porque el joven pensó que sus actos no tendrían consecuencias. Al menos no tan… mortales. Y ese ha sido su fatal error. A todo ser se le proporciona la oportunidad de vivir la vida de un modo exclusivo: a su manera. Pero cada decisión, toda acción que se lleva a cabo, trae anexada una letra pequeña que pocos en este mundo de locura se detienen a leer. Y leer puede sacar a las personas de muchos apuros.

Para comprender el final se debe conocer el principio. Nadie debe creerse una historia solo porque alguien se la cuente, un hecho que hoy parece haberse olvidado. Y ese es el motivo de todo esto.

No viajaremos por la vida de Connor de cualquier manera. Si algo nos ha enseñado la era de la televisión, o lo que quiera que se use para pasar el rato, es que hay maneras y maneras de contar una historia. La de Connor no daría para una gran serie, pues a sus diecisiete años ya nos ha dejado. Pero tiene contenido para algunas temporadas.

Comencemos.

Lo haremos con una buena canción, como debe ser, y Connor habría elegido la versión que The Beach Boys hicieron del tema Da Do Ron Ron en 1979, una de sus canciones favoritas desde que era un mocoso.

Sí, una historia que comienza con el chico muerto también puede ser una historia de amor.

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