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50 sombras de Hastings

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Pocas cosas son más peligrosas que las obsesiones. Porque todos pasamos por ellas más de lo que nos gustaría admitir. El encaprichamiento temporal puede hacer mucho daño si no se sabe controlar. Roba el sueño, destroza momentos y es el motivo de los comportamientos más extraños que somos capaces de manifestar. Cuando algo, ya sea una idea, un deseo o una preocupación, se mete en la cabeza de una persona, se aloja en sus entrañas como un parásito y, como tal, se alimenta de sus sueños más anhelados, que no tienen por qué hacerse realidad nunca. Y ¿qué ocurre cuando las ambiciones más profundas no se cumplen? Que la obsesión muta a un sentimiento que manda al traste todos los planes: la locura. Obsesionarse no es más que un tipo de demencia. Y pocas locuras son sanas.

Para el joven Connor, su obsesión por estudiar en Macalester College le había colocado a su lado a una chica desafortunada en el amor. Jugar con los sentimientos de alguien podría diagnosticarse como psicopatía o algo igual de feo. Desde luego, no es una cualidad para resaltar en un currículo. De cualquier manera, lo que el chico había experimentado puede denominarse «el salto». Sí, ese salto que se da para pasar de la obsesión a la locura. Aunque, por tremendo que parezca, no acaba ahí el recorrido de los obsesos… A algunos les cuesta incluso la vida.

El verano terminó de la mejor manera que pudo hacerlo: de repente, por ejemplo. Cuando Connor quiso darse cuenta, las clases estaban a punto de comenzar. Un nuevo curso. Un nuevo Connor. Ahora tendría que afrontar los problemas de juventud con una chica de su mano. Chica a la que no quería realmente y a quien soportaba cada día un poco menos. Pero un soldado no flaquea a las puertas de la victoria, ¿verdad? Connor aguantaría como fuese en una relación tóxica y sin futuro solo para asegurarse una plaza en su ansiada universidad.

El olor a libro nuevo no era lo que Connor amaba de aquel primer día de instituto después de unas vacaciones de locos. Su alzamiento de don nadie a envidiado por muchos, lo que Disney llamaría From Zero to Hero, prometía haber cambiado para siempre su perspectiva del mundo estudiantil. Todos conocían su nombre. Nadie se atrevería a toserle. Había comenzado su carrera hacia el éxito. Estos jóvenes…

El primer cambio le esperaba frente a casa. El bus de clase era para pequeños e impopulares y Connor sabía que su cordial relación con Bernard, el conductor del trasto amarillo con ruedas que siempre le había dado los buenos días, debía acabar. En su lugar, Chris aceleraba su carísimo coche en la calle como señal para su amigo de que la vida se les escapaba esperando. Menudos idiotas.

Connor salió de casa a saltos, igual que entró en el coche, mientras Chris despertaba a todo el vecindario con Roxanne de Arizona Zervas.

—Mola el tema —dijo al subirse al Dodge Challenger blanco.

Una clara mentira por parte del futuro fiambre, pues él era más de rock alternativo. De hecho, Connor odiaba el hip-hop.

—Por supuesto que mola, colega —respondió Chris—. ¿Listo para el nuevo curso?

—Espero que este año el entrenador me deje jugar algún partido. Solo me ha sacado para los minutos del final y exclusivamente si íbamos ganando.

—Para eso tendrás que superar al imbatible judío negro, chaval —dijo Chris al volante, señalándose a sí mismo.

—Podemos compartir las victorias.

—No con tu marca, Payton.

Aquel comentario de crítica deportiva, con cierta dosis despectiva, no hizo sonreír a Connor, pero sí a Chris. Porque, además de fingir con su chica, Connor debía hacerlo con su amigo.

—Vamos, no te pongas serio, tío —añadió Chris al verle—. Entrenaremos juntos. Ya verás que los dos conseguimos el trofeo estatal.

—Gracias, colega.

Los alumnos no tienen autorizado aparcar junto al edificio del William Mayo. Son las plazas reservadas al profesorado. Sin embargo, nadie en el instituto se atrevía con Chris Hoffman, hijo del principal benefactor del equipo. Gracias a Asaia Hoffman, importante accionista de Pine Bend, la refinería estatal, las instalaciones deportivas del William Mayo no son un despropósito total. Al igual que los uniformes del equipo. Aun así, Chris es bueno en el campo. No tuvo que comprar su lugar entre los Timberwolves, aunque sí resultaría complicado sacarle de él.

Los chicos entraron en el edificio como lo haría una estrella de cine. Saludaron a quienes lo merecían e ignoraron al resto, pura estupidez social. El momento de terror se acercaba y Connor podía sentirlo. Jessica se lanzó desde alguna parte hacia su chico y le plantó los buenos días en los morros.

—¿De dónde ha salido? —preguntó Chris.

—Yo siempre estoy al acecho —respondió Jess.

Los tres se abrieron paso por el pasillo principal mientras el resto de los alumnos miraban el desfile de glamur y vidas arruinadas. Miembros del equipo y alguna que otra animadora se unieron a la marcha de neuronas atrofiadas a medida que avanzaban por las cristaleras marcadas por manos sucias, labios pintados y frases del tipo: «Las clases apestan». El timbre sonó en alguna parte de manera intermitente como la bocina de un viejo coche destartalado. El altavoz continuó con la sinfonía de graznidos hasta que la voz rasgada del director Chambers provocó que todos se taparan las orejas.

¡Queridos alumnos del William Mayo! —gritó para despertar a los más despistados—. Comienza un nuevo curso y… a lo largo del año escolar… os deseo…

El mensaje quedó empañado por los problemas técnicos de un sistema de audio demasiado antiguo.

—Menuda megafonía de mierda —comentó Chris al entrar en clase de Literatura.

La profesora Brendworth hizo oídos sordos a las palabras del chico. Era el primer día. Ya habría tiempo de reprender a los rebeldes.

A los miembros de nuestro equipo… —continuó Chamber con el discurso—. Entrenamiento a la hora de Educación Física… Maldito centro asqueroso. Aquí todo está roto…

Fue lo último que se oyó.

—Bienvenidos un año más —interrumpió Brendworth para paliar la mofa multitudinaria que amenazaba con alzarse entre los jóvenes—. Es vuestro año final antes de pasar a la enseñanza universitaria. Espero que juntos logremos tomarnos este último trago de la mejor manera posible.

Bethany levantó la mano.

—¿Qué ocurre, Brown?

—Profesora, lo que esperamos todos es que no nos amargue el curso con lecturas aburridas. El año pasado nos obligó a leer un libro sobre la importancia de la fe en el mundo. ¿Para cuándo uno sobre la influencia de lo maligno?

—Para eso ya tenéis a Stephen King. No admitiré consejos sobre cómo llevar mi clase.

—Pero…

—Cállese, Brown. No estropee el primer día.

Connor miró a su compañera y no pudo evitar darle un like físico con el pulgar acompañado de una sonrisa bobalicona.

Un saludo tras otro, los profesores fueron dando la bienvenida a los alumnos mientras estos se dedicaban a otros menesteres. Como Brian Jones, el camello juvenil de moda, quien aprovechaba las clases para repartir entre sus compañeros una tarjeta de visita con su contacto en caso de precisar terapia narcótica para los estudios. O Ty Meetmore y sus breves vídeos durante las clases en busca de más seguidores en TikTok. Tampoco pasó desapercibido el nuevo look del profesor Zimmer y su barba hípster a sus cincuenta años.

Reencuentros tras las vacaciones, cambios de aspectos y algún que otro estirón. El primer día del curso siempre es una toma de contacto para todos, jóvenes y adultos. Lo que convirtió aquel día en una fecha señalada para Connor ocurrió después del almuerzo, durante la clase de Educación Física.

La mayor parte del equipo de fútbol cursaba su último año en el único instituto de Valley Rock. Coincidieron durante la clase de Educación Física, como anunció el director Chambers de un modo desastroso. Los Timberwolves a la derecha del terreno de juego y el resto de la clase a la izquierda. Alan Monroe llamó a las armas en cuanto todos estuvieron listos.

—Bien, chicos, el entrenador Hastings se retrasará un poco —informó el capitán del equipo—. Me ha pedido que comencemos con el primer entrenamiento y nos ha dejado esto aquí.

Alan señaló hacia el material que descansaba a unos metros de ellos. Protecciones, vallas de salto, testigos de carrera, neumáticos pintados con el gris azulado del equipo… Todo lo necesario para montar una pista de obstáculos y dejarse la piel recorriéndola durante una hora.

—¿Dónde están los conos? —se preguntó Alan al ver el material—. Payton, acércate al almacén de deportes y tráete una docena de conos. No podemos montar esto sin un pasillo de zigzag. Tenemos que entrenar los movimientos.

Connor dejó la formación para entrar en el edificio. Solo tenía que recorrer el pasillo de ciencias hasta la entrada al gimnasio. Allí, junto a las gradas, se encontraba el trastero que utilizaban para guardar el material del equipo de fútbol y gimnasia. Al abrir la silenciosa puerta esperaba escuchar el chirrido del viejo metal, pero no fue eso lo que le sorprendió. Se oía algo, sí, aunque nada tenía que ver con la puerta. Eran respiraciones, alientos de esfuerzos y algún que otro jadeo. Connor se adentró unos pasos. No necesitó más para ver el origen de aquel concierto de resuellos de placer.

El entrenador Hastings, con el pantalón corto a la altura de los tobillos, abrazaba con sus brazos las piernas que le rodeaban la cintura, mientras embestía contra quien fuese que estuviese al otro lado de la repugnante escena. Entonces, tras el enorme cuerpo de piel oscura, un rostro asomó por encima del hombro derecho del entrenador. La profesora Cass Sting, de la clase de Química, se encontraba ligeramente tumbada sobre la montaña de colchonetas antes de ver que alguien les estaba espiando.

—¡Joder! —gritó ella cuando vio a Connor.

—¿Qué…?

El entrenador miró hacia atrás en el instante que Connor se disponía a huir de allí.

—Mierda, es Payton —dijo Hastings.

—Ve tras él, esto no puede saberse.

Hastings se apresuró en guardar sus atributos y corrió detrás de Connor. Le alcanzó en las puertas del gimnasio.

—¡Payton, espera!

Connor se detuvo. La voz grave y autoritaria del entrenador Hastings siempre le había sacado su lado más obediente, pues le recordaba al imponente Michel Clarke Duncan.

—No sé lo que has visto, pero seguro que no es lo que parece. Si quieres seguir en el equipo, más te vale olvidar los últimos minutos de tu vida.

Connor no era un chico fácil de amedrentar. Devoraba las películas de terror con la intención de echarse unas risas a costa de sus estúpidos protagonistas. Sin embargo, no fue la valentía televisiva lo que le hizo reaccionar de una manera desafiante. Si Connor hinchó su pecho para estar a la altura de un hombre en forma con un metro noventa de envergadura fue por su obsesión. Siempre su maldita obsesión.

De manera fugaz, el chico pensó en cómo darle la vuelta a aquella embarazosa situación. Y Connor era el mejor en los juegos de improvisaciones. Así que dejó que la puerta del gimnasio se cerrara y se acercó a Hastings. Mientras lo hacía, se imaginaba fuera del equipo, volviendo a ser un joven sin demasiadas oportunidades de cara a la universidad. La relación con su billete directo al Macalester College se esfumaría en el instante de entregar el uniforme del equipo. Sería de nuevo como los chicos que le miraban por los pasillos. Una estrella estrellada en tiempo récord. No más fiestas. No más privilegios sociales.

Y supo lo que tenía que hacer.

—Verá, entrenador, pensaba olvidarme de todo. No me importa con quién pase el rato.

—Pero…

—Pero no voy a dejar que me amenace —sonrió el chico—. Ni siquiera me ha dado la oportunidad de decirle que no debía preocuparse.

—Pero…

—Pero lo ha hecho. Y lo hecho, hecho está.

—Suéltalo de una vez. ¿Qué es lo que quieres? —dijo Hastings con enfado.

—Quiero ser titular de hoy en adelante. Se acabó el banquillo para mí.

—No puedo hacer eso, Payton. Juegas en la misma posición que Hoffman y…

—Y su padre se deja la pasta en el equipo —le interrumpió el chico.

—Exacto.

—Haz lo que tengas que hacer, Marcus —dijo la profesora Cass a su espalda—. No voy a arruinar mi matrimonio por nadie. ¿Qué pensaría tu mujer si se enterase de que te han suspendido por esto? ¿Y tu hijo?

El entrenador se quedó en silencio y alzó la mirada hacia las vigas del techo del gimnasio, como si allí arriba se encontrara la solución a semejante enredo.

—Está bien, Payton —concluyó—. Pero te vigilaré de cerca. Si se te ocurre alguna jugarreta, desearás no haberte puesto ese uniforme jamás.

Hastings indicó con su enorme dedo índice la camiseta de Connor, donde la cabeza de un lobo sonreía con fiereza.

El joven continuó hacia el almacén. Había olvidado el motivo de su inesperada visita.

—¿A dónde va? —preguntó la profesora a su amante deportivo.

—Tengo que coger los conos. Es a lo que he venido —respondió el chico.

—Ah, Payton, entrena las recepciones. No puedo mantenerte en el campo si eres un negado al coger el balón.

En realidad, Connor temblaba de la cabeza a los pies. Poner a alguien como el entrenador Hastings en el paredón no era tarea para pusilánimes. Pero, a cada paso, sus miedos se iban escurriendo. Se los sacudía con una sonrisa discreta, pues el plan B se había puesto en marcha. Si la iniciativa Jessica fallaba, Connor ya tenía un as en la manga. Solo debía aguardar a uno de esos partidos a los que acuden los ojeadores de las universidades en busca de un diamante en bruto. La cuestión era asegurarse el triunfo y el nuevo tailback de los Timberwolves de Valley Rock acababa de hacerlo al más puro estilo del hampa sureño.

Connor fue sumando así enemigos en lugar de amigos. Porque la rabia del entrenador o el odio clandestino de la profesora Cass no fueron los únicos sentimientos que el chico despertó aquel día.

Connor volvió con el equipo cargando los conos. ¿Quién le echó una mano antes de que se le cayeran todos al suelo? El bueno de Chris. Y Connor no quiso mirarle a los ojos después de lo que había hecho. Chris le ayudó a colocarlos sobre el césped. Le animó a terminar la décima vuelta que daban al circuito que habían montado cuando Connor estaba exhausto. Recorrió con él cada centímetro de aquel campo. Pero Connor no pudo dirigirle sonrisa alguna.

El entrenador apareció unos minutos antes de que acabara la clase para anunciar los cambios en el equipo.

—Bien, atended todos —solicitó Hastings, previa mirada inquisitorial hacia Connor—. Ha habido cambios para esta temporada. La alineación para el partido inaugural del sábado queda de la siguiente manera. —Más miradas—. Serkis, tú cubrirás la banda izquierda. Tienes mejores resultados cuando corres cerca de las animadoras.

—Como todos —comentó el capitán, y el equipo rio.

—Goldstein pasa al equipo de defensa —continuó.

—Pero, entrenador…

—Chaval, parece que te hayas zampado a tu madre este verano. Serás imposible de derribar —le aclaró Hastings.

Más risas.

—Payton jugará de titular y Hoffman cubrirá sus incidencias.

Todos se miraron.

—Entrenador —intervino Alan—, Hoffman hizo una temporada cojonuda.

—Es mi última palabra, Monroe.

Chris borró la sonrisa que aún mantenía por la broma de Goldstein.

Connor buscaba el consuelo de su traición en el suelo.


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