Читать книгу Nunca digas tu nombre - Jackson Bellami - Страница 27
Agárrame ese fantasma
ОглавлениеEstar en la piel de Caleb podría compararse con haber vuelto a los doce años. Al convertirme en él por segunda vez, el mundo parece más grande y, aunque peso unos kilos menos, los músculos de Caleb actúan como si jamás hubiese hecho ejercicio. Es extraño vestirse con el cuerpo de otro chico. Sobre todo, cuando el único modo de que Beth me vea es con el aspecto de mi enclenque vecino.
Además, pensar en buscar respuestas con Caleb como presentación es un tanto contraproducente. Siempre ha sido tímido y demasiado vergonzoso. Recuerdo un día en la tienda de videojuegos del centro comercial Northern Lakes. El tipo barbudo y gordo que trabajaba allí fue despedido por utilizar las cámaras de seguridad del establecimiento con fines lucrativos sexuales. Lo que se traduce en que se la pelaba más que un mono mientras veía las grabaciones de las escasas chicas que entraban allí. Fue sustituido por una joven excéntrica y amante de los shooters, un cambio que Caleb se tomó como todo un desafío. Aquel día, tras una hora tratando de buscar la edición completa del último Call of Duty, se marchó de la tienda sin preguntar siquiera a la chica. Tuvo que volver conmigo al día siguiente para poder comprar el juego. Así de introvertido es Caleb, aunque parece haber encajado bien con Beth.
—¿Qué tienes pensado? —pregunta ella.
—No tengo ni idea de por dónde empezar.
—Lo primero que tienes que saber son las causas de tu muerte.
—Buena idea, Beth.
—¿Seguro que no te sobrepasaste en la fiesta? —cuestiona Caleb en su cabeza—. Porque no pienso ser la marioneta de un imbécil de mierda.
—Ya te lo he dicho, Caleb. Ni siquiera me bebí una sola cerveza.
—Es extraño que no recuerdes nada de anoche —comenta Beth.
—¿Qué recuerdas tú? —pregunto.
—Te vi con los chicos del equipo en el gimnasio… —trata de recordar—. Salí a fumar a eso de las once y volvías con Jessica por el pasillo de Ciencias. La última vez que apareciste fue pasada la medianoche, cuando te vi salir de allí un tanto perjudicado. Parecía que te habías pasado con las copas. No sé si comprendes a qué me refiero.
—No estaba borracho —reitero—. Ya no me encontraba bien…
—Pues algo debió ocurrir para que… —añade Caleb, creo que para hacerse notar.
Como si pudiera olvidarme de él.
—¿A qué hora es mi funeral?
No puedo creer que haya hecho esa pregunta.
—A las diez está anunciado.
—Bien…
No, de bien nada. Estoy pensando en acudir disfrazado de Caleb a mi propio entierro. Esto tiene que ser como mínimo la experiencia más traumática de la historia del ser humano.
—Connor, no voy a dejar que hagas esto solo —dice Beth y coge la mano de Caleb, que en este instante es mía.
Debo tener una expresión de aflicción inmedible para que Beth, la señorita «si me tocas te mato», rompa su norma sobre el contacto físico para hacerme sentir mejor.
—Yo tampoco —interviene una vez más Caleb—, aunque en mi caso es diferente…
Caleb siempre tan sincero.
—No sé qué hacer hasta mañana —les digo—. ¿Duermen los fantasmas? Porque la verdad es que me vendría bien echarme un rato y descubrir al despertarme que todo esto no es más que una pesadilla.
—Ojalá mi padre entendiese esto. Así podrías quedarte aquí a dormir.
—Tengo una madre que se preocupa por mí —me recuerda Caleb.
—Es cierto —le confirmo—. Caleb tiene razón, su madre debe preguntarse dónde se ha metido.
—Nos vemos mañana a las nueve y media en la puerta de la iglesia.
Asiento con la cabeza.
No quiero soltar la mano de Beth. El gesto me ha brindado el poco consuelo que soy capaz de encontrar en este momento.
—Gracias, Beth.
—Dámelas cuando averigüemos lo que te ha matado.
Mi madre siempre nos ha dicho que hay una versión de You Are My Sunshine para cada ocasión. Para los cumpleaños de Daisy es la de Stine J. la que suena. También la ha utilizado para algunos de nuestros vídeos familiares de las vacaciones.
Mientras camino hasta la casa de Caleb, a un palmo de la mía, no se me ocurre mejor versión de la canción que la de Johnny Cash. El tipo consigue destrozar con su voz vieja y rota un tema sobre el amor y el cariño de un modo ofensivo. La imagino en mi cabeza, sin que Caleb pueda oírla, acompañando cada paso que doy. Y me quiebra lo único que me queda, el alma. No quiero sentirme así, pero no podría ser de otra manera. Estoy deshecho, no encuentro otra palabra para describirme ahora. No es dejar de existir, es algo más retorcido.
Me detengo frente a la casa de Caleb. Hago todo lo posible por no entrar en la mía. Miro hacia mi puerta y me invade un frío que tersa la piel que no me pertenece. Parece no haber nadie dentro. Puede que estén en el hospital, en la morgue.
—¿Estás bien, Connor? —pregunta Caleb—. He sentido un frío…
Miro hacia su casa.
—Caleb, voy a salir de tu cuerpo. Tu madre estará esperando a verte para decirte lo que ha ocurrido conmigo. No quiero tener que escuchar más veces lo mismo. Habla con ella, quédate a su lado. Aprovecha cada instante con tu madre. Yo esperaré en tu habitación.
—¿Estás seguro? Verás…
Sé lo que va a decir y no necesito oírlo para ser consciente de la nobleza de mi amigo. Porque Caleb es mi amigo, siempre lo ha sido. Ojalá yo hubiese sido igual de honrado con él.
—Connor, siento que te he recuperado de alguna manera, que volvemos a ser… No quiero que desaparezcas.
—No me iré a ninguna parte, Caleb. Ve con tu madre.
Cierro los ojos y me pierdo en el interior de su cuerpo, aunque es por mi alma donde navego hasta que deseo abandonar su piel.
Tras el destello, Caleb se encuentra a mi derecha rodeado de ese extraño brillo blanco.
—No me dejes, amigo —susurra. Echa un vistazo discreto hacia la ventana de mi habitación, tan oscura como todo lo que siento en este instante.
Entra en casa. Le sigo de cerca. Su madre grita al verle y le abraza con fuerza. Les dejo abajo. Subo hacia su habitación. Me siento en su cama, desde donde se ve mi habitación. La ventana está abierta. Adivino que mi muerte ha dejado cierto tufo a cadáver. Mi cama sigue revuelta. También veo mi ropa ocupando todo de manera desordenada, mis banderines de los Vikings, mi balón firmado por Kirk Cousins, mi ordenador apagado, mi vida…
Observar desde fuera mi lugar favorito del mundo es como volver a estar en la piel de otro. Mis cosas están ahí, pero yo no. Siguen como siempre han estado, pero sin mí. Es una demencial alienación sin sentido. Ver tu vida en los objetos, en tu ropa, en las paredes de tu habitación… Soy el espectador de mi yo, que ya no volverá a dormir en esa cama, pensar en chicas bajo las sábanas o pasar el fin de semana con maratones de series online. No más estúpidos bailes con una raqueta como guitarra. Se acabaron las horas de estudio en el mismo escritorio que estudió papá con mi edad. Adiós a las largas tardes tirado sobre la moqueta.
Hasta siempre, Connor Payton.
Puedo oír el llanto de Caleb desde aquí. Su madre también trata de esconder en un abrazo la tristeza por la muerte del joven vecino. Así les imagino, abrazados, rogando porque a Caleb no le ocurra nada parecido. Solo se tienen ellos en esta vida. Yo tenía una familia, pero Caleb… No tuvo suficiente con perder a su padre en aquel accidente de coche, además me perdió a mí unos años después. Y aquí estoy, lamentando mi fallecimiento, sufriendo por mi marcha de este mundo, sin aproximarme siquiera a lo que mi amigo tuvo que padecer. Tengo que dejar de llorar, las lágrimas no van a servir de nada. Debo reconocer lo que ha ocurrido, porque estoy muerto y es hora de aceptarlo. Como también debo asumir que nadie más es culpable de mi muerte. Puede que en la fiesta alguien interviniera en mi destino, pero soy yo, el estúpido de Connor Payton, quien se ha colocado en la situación para que todo esto ocurra. Son mis acciones, las decisiones que he tomado y mi comportamiento las causas que me han llevado a observar como fantasma mi propia habitación desde la de Caleb. Lo que no resta importancia a saber qué me ha matado. Necesito saberlo. No pienso marcharme, si es que existe algo parecido a la otra vida, sin saber en qué momento firmé mi sentencia mortal.
Caleb sube cuando la noche ya ha caído sobre mi primer día como espectro. Mi casa sigue vacía. No he dejado de observar por la ventana en todo momento.
—¿Connor? Espero que sigas aquí —dice, con los ojos irritados.
Dejo de vigilar mi antigua vida para volver a entrar en Caleb. Comienzo el ritual como lo hice en casa de Beth. Antes de hacer el gilipollas por la habitación, me detengo en un detalle que quizás sea clave para estas dichosas posesiones. Es lo último que dije en ambas ocasiones. Puede que funcione.
—Caleb —pronuncio frente a él.
Una extraño poder me arrastra hacia su cuerpo a una velocidad demencial. Me siento absorbido, empujado, mientras una luz me ciega. Al abrir los ojos, ya no es mi mirada la que me devuelve la imagen en el cristal de la ventana.
—¿Connor? —vuelve a preguntar, aunque esta vez solo le oigo yo.
—Sí, Caleb, he vuelto. Ya sé cómo hacerlo.
—¿Y?
—Es tu nombre —le explico—. Necesito decir tu nombre para entrar en tu cuerpo.
—Eso quiere decir que si no conoces el nombre de alguien no podrías poseerle.
—Supongo…
—¿Has pensado en cómo vamos a dormir? —quiere saber.
—Pues, como cualquier persona. En realidad, estoy cansado, aunque puede que solo sea tu cuerpo.
—Descansemos, Connor.
—Sí, será lo mejor.
Sigo las directrices de Caleb antes de meternos en la cama, lo que sigue pareciéndome extraño. Ya no hay pudor a la hora de ir al baño, al menos por mi parte. Tampoco Caleb se queja cuando me desnudo para darme una ducha. Aún me sorprende lo que mi amigo escondía en su zona baja, aunque no despierta envidia o vergüenza alguna. Durante la ducha charlamos sobre lo que ha ocurrido en las series de anime que veíamos juntos desde que las dejé por el fútbol. Caleb disfruta hablando sobre nuestras antiguas aficiones. Yo me dejo llevar por la añoranza de unos años divertidos y consigo evadirme de la fría realidad.
Mientras lavo sus dientes, Caleb continúa la clase sobre Ataque a los Titanes y Dragon Ball Super. Emito mi opinión sobre el hecho de que Son Goku tenga ahora el pelo de color azul o rosa cuando manifiesta su poder. Discutimos. Me doy una bofetada en la cara para que Caleb lo sienta. Reímos. De repente, su brazo izquierdo se eleva y responde en la otra mejilla. Escupo la pasta de dientes sobre el espejo.
—¿Has sido tú? —le pregunto a su rostro en el espejo.
—Creo que sí.
—Intenta hacerlo otra vez —le pido.
No ocurre nada.
—Vamos, Caleb.
—Lo intento…
Entonces, su mano se enfrenta al espejo y me hace una peineta sin que yo intervenga en la acción.
—¡Genial! —grita.
—Vaya… No sé si es genial o no. Espera. —Me apoyo sobre el lavabo para concentrarme en evitar sus gestos—. Vuelve a intentarlo.
Nada.
—Con más garra, vamos —le insto.
—No puedo, Connor. Es como si alguien me sujetara el brazo.
—Ahora sí es genial —comento.
—¿Por qué?
—Porque si tengo que entrar en alguien para averiguar algo, no me gustaría que lograra doblegar mis actos —le explico.
—Tiene sentido.
Nos dejamos caer en la cama con el ordenador portátil.
—¿Estás seguro de querer verlo? —pregunta Caleb.
—No, pero me gustaría saber qué opina la gente sobre mí después de mi muerte.
Accedo a la cuenta de Instagram de Caleb. Nuestros compañeros de clases continúan con sus condolencias online. Parece una maldita competición por ver quién siente más la muerte de Payton. Incluso llevan a cabo un challenge, algo así como publicar la mejor fotografía que tengan conmigo. Jessica ha subido unas cincuenta. Hay publicaciones de gente que no conozco en las que se muestran llorando mientras forman un ocho con los dedos, mi número en el equipo.
—Ver para creer…
—Ya sabes que las redes son un escaparate al mundo —comenta Caleb.
Alan ha publicado una fotografía de espaldas con mi camiseta de los Timberwolves. Es lo único que tiene sentido de este circo, aunque el odio hacia él no ha desparecido. Una chica muestra en vídeo el altar improvisado que han montado con flores, velas y postales en la puerta del instituto. Hay uno igual en el campo de fútbol. Llantos, brindis en directo, imágenes de partidos en las que anoto un touchdown… No solo los alumnos se han volcado en un sentido pésame de cara a la galería en Instagram. El entrenador Hasting ha dejado claro que el equipo seguirá adelante sin mí. Lo hace con una imagen de mi camiseta de los Timberwolves y aclara bajo ella que me he llevado todo lo que sabía conmigo. Si eso no es un claro mensaje de «Adiós, chaval, ya no puedes joderme»…
Si hay alguien que pueda alegrarse de mi muerte es él. Quizá también la profesora Cass. Su secreto ha muerto conmigo.
El teléfono de Caleb vibra en alguna parte bajo las sábanas. Es una llamada de Beth.
—Buenas noches, Beth —respondo—. Soy Connor.
—Déjate de formalismos, Correcaminos. Mi padre ha vuelto hace rato del hospital y ha traído el resultado de la autopsia para acompañar su informe policial. No he podido evitar leerlo en cuanto ha entrado en el baño —el tono de Beth hace que las palabras se atropellen unas a otras.
Está nerviosa.
—¿Qué me ha matado?
Me incorporo en la cama. Tengo la impresión de que no me va a gustar su respuesta.
—Ha sido una sinergia química, Connor.
—¿Qué?
—En tu sangre han encontrado restos de alcohol, MDMA y altas dosis de oximetolona.
—¿Qué mierdas son esas? Yo no tomé nada de eso.
—Ya sabes lo que es el MDMA, pero la oximetolona… He mirado en internet y es el compuesto del Anadrol, un esteroide de los más fuertes.
—Joder… —suelto, sin pretenderlo—. Beth, eso quiere decir…
—Que todo eso te provocó una sinergia mortal, Connor.
El habla me abandona para esforzarme en recordar la fiesta, pero solo dispongo de imágenes mezcladas, música, luces, muerte…
—Connor, ¿estás ahí? —pregunta Beth al otro lado—. Connor, te han asesinado.
—Nos vemos mañana, Beth —es todo lo que puedo decirle.
Cuelgo.
—Connor, yo…
La voz de Caleb se pierde en la oscuridad que me invade. Miro el ordenador, el muro de Instagram, pero no veo nada en realidad. Mis sentidos se desconectan por un instante, hasta que reparo en la publicación que tengo frente a mí.
Si tuviera que apostar por alguien, diría que Amy está detrás de mi muerte. Siempre ha deseado mi sillón en el consejo. Es capaz de todo por conseguirlo.
Esa zorra me ha matado.