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Beetlejuice, Beetlejuice, Beetlejuice

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Hay un buen paseo hasta casa de Beth, lo recuerdo de acudir a sus cumpleaños cuando aún los celebraba. Antes era diferente entre nosotros. No es que fuésemos amigos, al menos no como lo éramos Caleb y yo. Lo que tenía con Beth era como montar en el barco pirata que traen para el festival por el Día de los Presidentes. Ese péndulo gigante que te mece de un lado a otro. Así, justo. Siempre estábamos discutiendo, no nos faltaban motivos absurdos para hacerlo. Unas veces ganaba ella, el lado derecho del péndulo, y otras yo, el izquierdo. Lo que no imaginé fue el cambio que sufriría mi opinión sobre Beth con el paso de los años. Esas riñas cobraron sentido. Los tirones del pelo para molestarla en clase, sus zancadillas por los pasillos, burlas, peinetas, pintadas en los cuadernos… En mi defensa, debo decir que solo quería interactuar con ella, fastidiarla como señal de «Hola, eres importante para mí y por esa razón hago esto». Dejaron de ser cosas de críos en cuanto mi lugar favorito con ella era el medio, la mitad del recorrido del barco. Un sitio donde nunca creí querer estar con esa chica que me sacaba de quicio. Cuando todo se volvió más serio, más maduro, dejamos de hacerlo. Ojalá hubiésemos continuado haciendo el tonto.

Caminamos en silencio, Caleb y yo. Es extraño hablar en plural cuando voy solo por la calle. Pero lo cierto es que somos dos, o algo parecido. De existir solo uno, ese sería Caleb. Yo…

No puedo dejar de pensar en el hecho de estar muerto. Aunque tampoco quiero que Caleb sienta mi parte más sensible. Soy así de gilipollas. Me esfuerzo por hacerme el duro incluso sin vida. Sin vida. Cadáver. Joder, es tan inverosímil… ¿Cómo ha podido ocurrir? Quiero decir, no me sobrepasé con nada en la fiesta, ni drogas ni alcohol. Puede que haya sido una de esas muertes espontáneas de las que han hablado en ciertas ocasiones en las noticias. Debe ser eso. Como los deportistas que caen fulminados en mitad de un partido o las personas que se marchan mientras duermen plácidamente por las noches.

Lo cierto es que lo vi venir. Comencé a sentirme mal en la fiesta. Por esa razón me marché. Claro que no pensé que aquellos serían mis últimos instantes en este mundo. Bueno, no me he ido del todo. Sigo aquí… Menudo consuelo. ¡Idiota!

«Imbécil. Estúpido».

¿Qué ocurre? —pregunta la voz de Caleb.

Nada.

Entonces, ¿a quién insultas? Y por qué corres.

Estoy corriendo, aunque no sé cuándo empecé a hacerlo. También estoy llorando, las lágrimas han vuelto. Como lo han hecho las ganas de gritar. Ojalá pudiese apagar la vida y retroceder al día de ayer. ¿Por qué yo? ¿Por qué ahora, cuando todo podría haber mejorado? ¡Maldita sea, solo tengo diecisiete años!

Mis pasos se desvían del camino hacia casa de Beth y tomo el sendero del río. Corro con todas mis fuerzas. Quizá no, solo con la capacidad del abandonado cuerpo de Caleb, que se calienta con cada zancada que le ordeno dar. Dejo atrás un rastro de desconsuelo que nada puede aplacar en este momento. El aire cambia, se vuelve más fresco. También el aroma a civilización que queda a mi espalda se transforma. Con cada pisada sobre el lecho de hojas libero el olor de los arces. Es agradable, pero no estoy aquí por eso. Necesito soltar la ira que recorre en mi nombre el cuerpo de Caleb, a quien estoy poniendo a prueba físicamente en estos momentos.

Veo el río a unos metros entre los árboles y no me detengo. Sigo adelante, ahogado en la verdad que encierra todo mi ser. Estoy a punto de lanzarme sobre el agua del Mississippi.

¡Para! —grita Caleb, asustado.

Obedezco. Me apoyo en sus rodillas, que gimen por el esfuerzo al que no están acostumbradas. Respiro como un motor estropeado. Caleb está hecho polvo.

¿Qué o-curre?

No sé nadar. Y siento que me va a explotar el pecho.

¿Pue-des-sen-tirlo? —pregunto, recuperando el aliento.

Claro, igual que sentí el pellizco.

Perdona.

No te preocupes, tú estás más jodido que yo.

En cuanto vuelvo a la serenidad de los músculos, grito. Libero toda la furia que contengo en mi alma errante sin cuerpo propio. Lo hago hasta que la garganta de Caleb decide dejar de hacerlo. Después cojo un madero de la orilla y golpeo los árboles a mi alcance. Lanzo piedras al agua. Doy patadas a todo lo que encuentro. Y lloro. Lloro como nunca.

¿Mejor? —pregunta Caleb tras varios minutos sentado en el suelo de tierra.

Sí.

No ha vuelto a mencionarlo, pero sé que quiere recuperar su cuerpo cuanto antes. Su vida.

Sigamos.

La casa de Beth es tal y como la recuerdo, aunque hayan pasado unos cuatro años desde la última vez que vine. El árbol del jardín delantero aún tiene el neumático colgado de una cuerda. Junto al porche de entrada está la motocicleta de Beth, negra y roja, sus colores favoritos, con los que suele vestir a diario. No sé en qué momento se produjo su transformación, pero Beth no siempre quiso parecerse a Winona Ryder en Beetlejuice. Es cierto que, para sus cumpleaños, a los que había que asistir disfrazado, ella elegía el disfraz de alguna bruja, cada año más siniestra. Su favorito era el de Winifred Sanderson, el papel de Bette Midler en El retorno de las brujas, una sus películas favoritas. Yo siempre acudía a la llamada de lo oscuro disfrazado de Billy, el muerto viviente de la película. Quizá fue eso lo que nos mantenía unidos de un modo extraño, nuestro apego por el cine de los ochenta y noventa, una tradición de los viernes en casa desde que tengo memoria. Y agradezco a mis padres que fuese así, pues he crecido con locas aventuras e historias imposibles de olvidar.

La ventana de la habitación de Beth se encuentra en el primer piso, la de la derecha, cerca de la celosía de madera cubierta por la hiedra. Una vía de escape para alguien como Beth.

Me hago con una pequeña piedra del jardín que lanzo contra su ventana de cortinas grises. Rezo para sea suficiente. No sabría qué excusa darle a la señora Brown con el aspecto de Caleb. Tengo que hacerlo hasta en tres ocasiones para llamar la atención de Beth, pero acaba funcionando.

Ella se asoma con expresión de incertidumbre.

—Espero que alguien se esté muriendo… —comenta ella al verme; bueno, al ver a Caleb en la acera.

No me detengo a pensar en su acertado comentario.

Hola, Beth, necesito hablar contigo. Es importante —digo con la voz de mi viejo amigo.

—Eres Reynolds, de penúltimo curso, ¿verdad? Debe haberte ocurrido algo sumamente extraño para que vengas hasta mi puerta y apedrees mi ventana, pero supongo que puede esperar al lunes.

Beth deja la ventana abierta, aunque desaparece en la oscuridad de su habitación.

Mierda —suelto.

En clase dicen que Beth es muy rara. Vas a tener que esforzarte.

Espero que funcione —murmuro al sacar el teléfono de Caleb del bolsillo.

Busco el tema que llamará su atención y, con suerte, puede que le proporcione alguna pista sobre mi identidad.

Pulso «reproducir» con el volumen del teléfono al máximo. Espero que lo oiga.

Entonces, comienza a sonar In Your Eyes de Peter Gabriel, la canción que John Cusack reproduce en una vieja radio frente a la casa de su chica en la película Un gran amor.

Quizá Beth no la oiga. Al fin y al cabo, esto es un teléfono.

¿Crees que esto la convencerá? —cuestiona Caleb.

Lo creo.

Beth vuelve a la ventana.

—¿Has venido a conquistarme? —pregunta.

Espera…

Pauso la música y guardo el teléfono.

No te oía.

—¿Qué buscas con esta escena retro, Reynolds?

Hablar, solo necesito hablar. Te prometo que no es nada romántico.

—¿Por qué sabías que saldría con esa canción?

Beth sonríe. Le ha gustado mi recurso.

Solo lo sé. Lo entenderás cuando hablemos. Es importante, Beth. Solo tú puedes ayudarnos.

—¿Ayudaros?

Asiento una y otra vez con la cabeza. Se me acaban las convicciones.

Ella se muestra indecisa, así que acabo suplicando con las manos.

—Está bien. Espera ahí. Ahora bajo.

Los minutos que tarda en aparecer se estiran en un instante infinito. Sin darme cuenta, he ido hasta el neumático-columpio y me he sentado en él.

Una puerta al cerrarse anuncia la llegada de Beth.

—A ver, Reynolds, qué es eso tan importante…

Se acerca con las manos escondidas en el bolsillo central de una sudadera negra con un pentagrama invertido en rojo. Parece sangre. Beth es siniestramente rebelde.

Dejo el columpio.

Verás, te parecerá una locura… —comienzo, buscando las palabras adecuadas para que no corra hacia su casa—. Pues… ¿Conoces a Connor Payton?

—¿Correcaminos?

Sí, Correcaminos.

—¿Qué ocurre con él? ¿Quieres…

Beth hace un gesto con la mano que Caleb no tarda en comentar.

¿Qué? Joder, no.

Calla —escapa de mi boca.

—¿Que calle? —se pregunta ella y da un paso atrás—. Mira, no sé qué mierda te habrás metido, pero…

Da media vuelta para marcharse.

Está muerto —le lanzo sin pensarlo.

No se me ocurre otra cosa para evitar que se vaya.

Beth se detiene.

—¿Qué quieres decir, Reynolds?

La verdad es que no soy Caleb Reynolds… Beth, soy yo, Connor. Correcaminos.

—Vete a la mierda.

Vuelve a darnos la espalda.

No dejes que se marche —me ordena Caleb.

Espera, Beth.

Corro hasta colocarme frente a ella.

Dime cómo podría convencerte, por favor.

—Te voy a decir lo que pasa. —Beth se acerca, desafiante—. Estabas aburrido en casa, cansado de masturbarte con algún vídeo de esos en los que una rubia sin cerebro se deja hacer cosas a las que un hombre respetable no debería prestarse, y has pensado: «Eh, voy a tomarle el pelo a la tía rara y oscura de clase. Sí, es un buen plan para el sábado». Pero no imaginabas que esa tía rara va a partirte la cara como no te apartes de su vista.

Beth saca del bolsillo de su sudadera una navaja.

—O puede que te corte a tu pequeño amigo. Así no tendrás a nadie con quien ver esas pelis guarras con las que has crecido. ¿Qué te parece?

Doy un paso atrás. Beth es capaz de eso y mucho más.

Por favor, Beth, ayúdanos. Tengo que devolverle el cuerpo a Reynolds.

Ella se queda parada, con la navaja en la mano, pero no se mueve.

Créeme, estoy muerto. Yo, Correcaminos.

—Vi a Connor en la fiesta. Y lo vi marcharse de ella. Es imposible.

No, no lo es.

Doy un paso hacia ella y Beth continúa sin moverse. Es una buena señal. Me mira suspicaz. Desea creerme, lo sé. Sin embargo, si Jessica apareciese en mi casa diciendo que está poseída por el fantasma de Bethany Brown, yo también la mandaría a la mierda.

—¿Qué me ocurrió en séptimo grado? —pregunta, seria.

No sé a qué…

—Hay un recuerdo que comparto solo con Payton. Si de verdad eres él, sabrás a lo que me refiero.

Viajo por el tiempo hasta mis doce años, en plena amistad con Caleb. Repaso los pocos momentos que he retenido en mi memoria para encontrar lo que Beth quiere que le cuente. Recuerdo a Francis Pavone bajándome los pantalones en la cafetería. A Caleb llorando por haber suspendido un examen de Lengua. Veo a un crío bailar encima de la mesa del profesor hasta que le pillan, Chris no ha cambiado. Y ahí está Beth, vestida a todo color aún, saliendo de clase para ir al baño.

«Claro, se refiere a aquello».

¿A qué? Cuéntalo —interviene Caleb.

No le presto atención.

Ya lo recuerdo —le digo—. Fuiste al baño durante la clase de Geografía de la profesora Raley. Yo también quería ir, pero Raley tenía la norma de solo uno por los pasillos. Esperé a que volvieras, pero no lo hiciste. Yo estaba a punto de explotar. Insistí y me dejó salir. Al cruzar frente al baño de las chicas te oí. Estabas llorando. No quise entrar, pero… La cuestión es que lo hice. Te pregunté si estabas bien y me dijiste que te dejara en paz. No hice caso, como siempre. Me quedé allí hasta que saliste del retrete, con el rostro surcado de lágrimas y muy triste. Nos sentamos sobre la fila de lavabos. Yo pinté una flor en el espejo con el rotulador que traje en la mano. Olvidé dejarlo en la mesa con las prisas. Incluso me olvidé de las ganas de hacer pis. Estuvimos allí sentados hasta que decidiste contarme lo que te había ocurrido…

Detengo el relato. Es algo íntimo. Además, es lo único que ella y yo tenemos nuestro exclusivamente. No quiero que Caleb lo sepa.

—Adelante, ya no soy una niña tonta —me anima.

Entonces, sigo con la historia en contra de mi propia voluntad, si es que aún tengo de eso.

Te había bajado la regla por primera vez y, como tú me dijiste aquel día, quisiste hacerte la chica mayor. Por eso utilizaste un tampón que llevabas en la mochila desde principio de curso, para que no te ocurriera lo mismo que a esa chica de octavo que acabó manchando la silla de clase. Nunca habías utilizado nada parecido. Cuando intentaste colocarlo te equivocaste de orificio. Luego no quisiste volver a intentarlo.

—Connor fue hasta la enfermería a por una compresa para mí. Ninguno tenía monedas encima para la máquina del baño. Y juró guardarme el secreto —termina Beth la historia.

Hasta hoy —concluyo, totalmente aturdido.

—Hasta hoy —repite ella, con una pose más triste.

Mi verdad golpea a la oscura y espeluznante Beth, quien se queda tan muda como nosotros al volver a pensar en la realidad.

—¿De verdad ha muerto Connor?

Asiento.

Acudí a Caleb en un arrebato de desesperación cuando le vi en la calle al tirar la basura —le explico—. Entré en su cuerpo sin saber qué hice para que ocurriera. No tengo ni puta idea de cómo salir de él.

—Sigo sin creer que todo esto sea cierto, pero…

Beth guarda la navaja y sumerge la mano derecha en su cobriza melena.

Qué…

—No sé si puedo ayudarte.

Me crees, ¿verdad?

—No creo nada, Reynolds, o Connor… No creo ni en mí misma. Eso no quiere decir que no sea verdad.

Acompaño a Beth hasta el porche, donde nos sentamos en un banco blanco a juego con la casa. La tenebrosa chica de la casa de madera blanqueada.

Le narro de nuevo mi encuentro con Caleb. Cada detalle. Cada palabra. Si alguien puede ayudarnos es ella. No se me ocurre quién más podría creerme ahora.

¿Qué ocurre? —le pregunto.

Lleva callada demasiado tiempo.

—Estaba pensando en Correcaminos… Hace unos años éramos… No sé, digamos que es lo más cerca que he estado de gustarme un chico. Era un idiota, pero lo pasábamos bien. Siempre creí que acabaría con una chica divertida y guapa, se casarían y tendrían un par de niños a los que pondrían nombres horribles —me quedo sin aire escuchando a Beth hablar de mí—. La verdad es que Jessica no tiene nada de divertida. Merece algo mejor…

Merecía —le corrijo.

—No puedo pensar en Connor así. Anoche parecía más vivo que nunca, con sus enfados y salidas y entradas… No paró un segundo. Creí que era feliz así.

No lo era, al menos no realmente. A saber qué acabó conmigo.

—Si de verdad estás ahí dentro… Si has muerto por la mano de alguien, Connor, lo averiguaré.

Beth se limpia los ojos con la manga de la sudadera para evitar derramar una lágrima.

Gracias, Beth —le digo, y coloco la mano sobre su hombro.

—¿Por qué?

Por dejarme ver que alguien me echará de menos.

—Ahora vuelvo.

Entra en su casa. Adivino que para enjuagar cualquier debilidad.

Me quedo a solas con mis pensamientos. Ni siquiera Caleb se atreve a decir nada. Puedo sentirle, aunque él no lo sepa, y está afligido. Quizá por esa razón no habla. No quiere demostrar que, aun con todo el daño que le causé, sigo siendo su amigo.

—Puede que fuese al atravesarle —opina Beth, irrumpiendo en el porche—. Quizá eso te dio la oportunidad de entrar en él.

No me importa haber entrado en Caleb, solo quiero salir.

Déjala expresarse, Connor —susurra el dueño de mi cuerpo temporal.

—Creo que tuviste que desearlo. De lo contrario no habrías poseído el cuerpo.

No recuerdo ni haberlo pensado.

—Hay cosas que no pensamos hasta que las hemos hecho.

Eso es cierto —vuelve a decir Caleb.

Caleb, necesito que pienses, no que hables —le digo.

—¿Sigue ahí dentro? ¿Puedes oírle? —quiere saber Beth.

Sí, sigue aquí. Yo controlo el cuerpo, pero oigo su voz.

—Curioso…

Lo curioso es que tengo que ir al baño —anuncio.

—Claro, puedes pasar. Es la puerta de la izquierda.

No, no lo has entendido.

Joder, Connor, vas a tener que…

Caleb lo ha pillado —Señalo la cabeza, como si él se encontrase ahí.

—Oh, vaya…

Exacto, voy a tener que hacerlo con la herramienta de otro chico.

Es asqueroso —murmura Caleb—. Solo de pensar en ti agarrando mi…

Sí, Caleb, a mí tampoco me gusta la idea, pero tengo que hacerlo.

Beth me mira con asombro.

—Los chicos sois increíbles —nos dice—. En el lío paranormal que andáis metidos y os repugna la idea de ir a mear.

Tú no lo entiendes, Beth.

—Por supuesto que no. Yo tengo cerebro.

Beth se levanta y abre la puerta de su casa.

—Vamos, la puerta de la izquierda.

Tus padres…

—Han ido a hacer la compra, como cada sábado.

Vale.

En el aseo, demoro el momento todo el tiempo que me es posible. Cuando llega, bajo la cremallera de los vaqueros e introduzco los dedos para extraer a mini Caleb. Mi expresión debe hablar por sí sola, porque además de la incómoda situación me doy cuenta de que Caleb no tiene nada de lo que avergonzarse. Hay que ser idiota para sentir envidia en un momento como este. Ese soy yo, el más idiota del mundo y, pronto, del inframundo.

Al incorporarnos al porche, las teorías de Beth abarcan toda la cultura cinéfila y literaria sobre fantasmas e historias paranormales. Perdemos la noción del tiempo allí sentados mientras hablamos de la ouija, sesiones de espiritismo y exorcismos.

A ver, Beth, esto no es como invocar a un fantasma pronunciando tres veces su nombre —le aclaro, sin saber de lo que estoy hablando—. No va a arreglarse por decir Beetlejuice, Beetlejuice, Beetlejuice…

—Eso no funcionaría. No eres un demonio o un espíritu travieso —responde, indignada—. Por suerte, tampoco es como en Candyman

Aunque la escucho, mi mente ha dejado su porche y ha volado hacia casa. ¿Seguiré allí, sobre mi cama? Pienso en mamá, en papá volviendo de la refinería al saber que su hijo mayor ha muerto y en Daisy… Mi hermana pequeña. Mi inocente compañera de juegos. Maldita sea la vida.

—¿Por qué no pruebas a desearlo? —me sugiere Beth—. Pero no de cualquier manera. Deséalo de verdad, con el alma. Ruega a tu ser poder devolverle el cuerpo a Reynolds.

Sí, por favor, deséalo de corazón, Connor. Estoy muy asustado y quiero volver a casa.

«Lo sé, Caleb. Lo siento».

Lo intentaré, aunque creo haberlo deseado con fuerzas antes…

Me pongo de pie, frente a Beth. Cierro los ojos y estiro los brazos, como si de alguna manera la postura pudiese ayudarme a lograrlo. Respiro…

Está bien.

Intento concentrarme, ignorar los sonidos y acceder al interior. Oigo el corazón de Caleb. Su ritmo es suave y constante. La respiración me llena por completo. Una brisa acaricia el cabello de Caleb, me hace cosquillas sobre la frente.

Lo deseo.

Lo imploro.

Lo hago por él, ese chico que abandoné por cierta posición en clase. El único amigo real que he tenido, pues nuestra amistad no era una farsa, no tenía objetivos. Solo diversión y buenos momentos.

Rezo por salir.

Lo anhelo por encima de todo en este instante.

Porque Caleb merece vivir en plenitud. O al menos no con un egoísta en su interior. Sí, Caleb, vive. Disfruta de la vida que yo ya no tengo. Decide con el corazón, nunca desde la arrogancia de días que aún no han llegado, y que no llegarán.

Te libero.

Te añoro, amigo.

La luz se funde con la oscuridad tras los párpados de Caleb y todo se vuelve cegador. Grito llevado por el miedo de lo que pueda ocurrir. Aunque quiero devolverle su cuerpo a mi viejo amigo, no quiero desaparecer del todo. Y me temo que eso es lo que va a ocurrir.

No importa si cierro los ojos. A mi alrededor, el fulgor es penetrante, doloroso.

En un instante, oscuridad.

Una oscuridad silenciosa.

Sin final.


Nunca digas tu nombre

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