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Mi chica

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Las sensaciones de estar vivo me abandonan una vez más. Estoy cansado, es lo que puedo sentir, si es que un fantasma puede fatigarse… Mi entorno cobra luz, colores, y vuelvo a estar en el mismo lugar. Es el porche de Beth. La voz que oigo también es la suya. Habla con Caleb, que parece mareado en estos momentos. Ella le ayuda a sentarse en el banco en que estábamos antes del exorcismo. ¿Puede llamarse así si es el propio fantasma quien desea salir del cuerpo? Tengo tantas preguntas que no sabría anotarlas todas sin olvidar alguna.

Beth y Caleb parecen haberme olvidado de repente. Están ahí mismo, frente a mí, pero sin mí. Ella intenta que Caleb recupere el tono de piel bronceado que lleva durante todo el año. Supongo que él se siente a salvo, ahora que he dejado su cuerpo para vagar por un mundo al que ya no pertenezco. Resulta insultante que aún no se hayan preguntado qué ha sido de mí. Me enfurece que no intenten llamarme, contactar conmigo.

—Parece que ha bajado la temperatura de repente —comenta Beth y se rodea con sus propios brazos—. Entremos, aún tienes mala cara.

Se levantan para dirigirse hacia la puerta. Entran y les sigo. Algo detrás de mí cae al suelo.

—¿Qué ha sido eso? —pregunta Caleb, y al hacerlo desprende una nube de aliento blanco.

Ojalá pudiera sentir al menos la temperatura.

Beth se gira con expresión de asombro. Observa lo que ha provocado el ruido: una escoba que había detrás de la puerta.

—Está aquí —dice ella.

—¿Connor? ¿Cómo lo sabes?

—Porque la escoba ha caído.

—Pero…

—Ssshhh…

Manda a callar ella.

—Connor, sé que has entrado en casa —anuncia, mirando a su alrededor mientras recoge la escoba y la apoya de nuevo en su lugar—. Lo de la escoba es un truco que aprendí en Prácticamente magia. Creo que sabes de qué peli hablo.

Lo sé, y me gusta.

—Intenta comunicarte con nosotros —continúa Beth—. Da unos golpes. Habla. Prueba a mover algún objeto.

Lucho contra la pared en señal de mi presencia, pero nadie parece detectarlo. Intento agarrar los abrigos del perchero. Nada ocurre.

—¡Beth! ¡Caleb! —grito hasta cansarme.

Ellos siguen tratando de ver el polvo flotar entre nosotros.

Nada funciona.

—Concéntrate —me aconseja.

Vuelvo a hacer el idiota por el recibidor de la casa con el mismo resultado. Me enfado con el mundo de los muertos porque nada tiene sentido. Veo que Caleb contrae los brazos de nuevo por el frío. Al parecer, eso es todo lo que puedo hacer, helar el ambiente con mis rabietas de espectro.

Debo ser el peor fantasma de la historia, al menos desde Moquete.

Pruebo una vez más, trato de percibir todo a mi alrededor, la técnica que utilicé para salir de Caleb. Me cuesta concentrarme, no dejo de pensar en haberme convertido en nada. Solo un recuerdo. Me aborda la tristeza, pero aguanto el llanto. Entonces, aparece la rabia. Lo intento. Nada.

Me doy por vencido.

Me fijo detenidamente en Caleb y Beth. Hay algo de ellos que antes no estaba ahí. Parece un aura o algo similar. Nunca se me han dado bien las explicaciones de lo que no alcanzo a comprender. Pero de ellos emana cierto brillo, un color para cada uno, breve y ligeramente desapercibido. El de Caleb es claro, blanquecino. Sin embargo, Beth se aproxima al verde.

Puede que la locura que logré eludir en vida me haya asaltado en la muerte.

Incluso he llegado a pensar que no he muerto del todo. Quizá solo esté en coma, inconsciente sobre mi cama.

Tengo que volver a casa.

Cuando me dirijo hacia la puerta, una sombra se manifiesta al otro lado de la entrada.

—Son mis padres —dice Beth a Caleb.

—¿Qué hacemos?

—Si te preguntan, has venido por un trabajo de clase.

La puerta se abre frente a mí y reacciono apartándome de ella, como si alguien pudiese verme.

—Beth, cielo —dice su madre, tan joven como la recordaba.

Deja la bolsa en el suelo y la abraza. Los extraños colores que rodean a todos se mezclan, el verde de Beth con el rosado de su madre.

Siempre comparé a mamá con la señora Brown. Es una versión más alta y de pelo moreno de mi madre, aunque sin las ausencias por el trabajo. Madeleine Brown es ama de casa, su agenda la ocupa su familia: una chica singular y un marido armado. Dicen que los niños crecen de un modo diferente cuando alguno de los padres trabaja en casa. Yo no aprecio la diferencia. Beth es tan corriente como yo o cualquiera, aunque sin caer en lo estúpido. La oscuridad de su inquietante personalidad es solo cosa suya, de nadie más.

—¿Qué ocurre? —se pregunta Beth ante tal muestra de afecto inesperado.

—Hola… —la señora Brown saluda a Caleb—, disculpa mis modales…

—Caleb —responde él.

La mujer asiente, extrañada. Adivino que Beth no acostumbra a traer chicos a casa.

—Nos hemos encontrado con el director Chambers en Walmart y nos han contado lo del hijo de los Payton.

«Mierda».

«¡Joder!», grito hacia adentro.

A la porra con mis sospechas.

—Supongo que ya os habrán avisado vuestros amigos por esos grupos de chats del teléfono —comenta su madre.

—Mamá, yo no tengo amigos. Pero sí, lo sabemos.

El padre de Beth entra cargando con el resto de las bolsas. De él emana un tono verdoso como el de su hija. Siempre he creído que Beth se parece más a él que a su madre. El pelo, oscuro y demasiado largo para un sheriff, es una clara herencia paterna. La barba parece ir con el cargo, tan poblada y oscura que infunde respeto.

Son pocas las veces que he visto al sheriff Brown sin uniforme. Incluso en los cumpleaños de su hija acudía con el sombrero y la cartuchera. Tenerle tan cerca vestido con unos vaqueros y una camisa de cuadros no hace que la autoridad que desprende disminuya una pizca. Sin embargo, su voz es amable, al menos con su hija.

—Eh, escarabajo —dice el señor Brown refiriéndose a Beth, adivino que por el color de su atuendo diario—, siento mucho lo de ese chico. Era el que siempre venía a los cumpleaños disfrazado de muerto viviente, ¿verdad?

Beth asiente. Se la ve triste.

—Una crueldad del destino… —añade su padre—. Hola, chaval, Warren Brown —saluda a Caleb—. Te daría la mano, pero tendría que recoger todo esto del suelo.

—Caleb Reynolds, sheriff… Señor sheriff… Señor Brown…

A Caleb le traicionan los nervios en el peor momento.

—Aquí soy el señor Brown, Caleb. Lo que me recuerda que debo irme.

—Es por… —Beth no se atreve a terminar la frase.

—Sí, escarabajo, tengo que acercarme al hospital. Estas situaciones requieren de informes y papeleo… —Warren se percata de su falta de tacto—. Siento ser tan franco, chicos. Este trabajo te hace ver las cosas con otra perspectiva.

—No se preocupe, sheriff Brown —comenta Caleb, aún más nervioso que antes—. Yo no tardaré en irme. Solo he venido por el trabajo de clase.

—¿Estás bien, cariño? —pregunta Madeleine a su hija.

—Sí… Bueno, lo estaré. Subamos —le indica a Caleb.

—La puerta abierta. Son las normas —le advierte su padre.

Los Brown desaparecen por la derecha, la entrada a la cocina, y Caleb sigue a Beth escaleras arriba. Me quedo a solas, sin intención alguna de moverme. Tengo la sospecha de que, si intento decir algo o mover un solo músculo fantasmal, comenzaré a llorar y no podré parar. Jamás.

La madre de Beth acaba de confirmar lo que en realidad ya sabía. Es muy duro pensar en tu propia muerte cuando esta acaba de producirse. Creí que, una vez nos marchábamos, simplemente dejábamos de existir. Polvo al polvo. Pero esto, presenciar aunque sea desde otro plano la verdad, ser consciente de tu completa eliminación de este mundo, es algo que no puedo soportar. Quizá solo necesite tiempo para asumir que ha llegado el final del camino. Así, sin aviso alguno. No es que sea un hecho inaudito. Todo el mundo sabe que la vida, de ser algo, es injusta. No sé… De cualquier manera, lo que sí sé es que no tengo tiempo para lamentarme. Puede que sean los efectos de mi locura espiritual, pero siento que ha comenzado una cuenta atrás. Sí, es una extraña sospecha que me pone los vellos de punta cuando pienso en mirar el reloj que no hay en mi muñeca traslúcida.

Ahora la duda que mantiene mis pies clavados al suelo es sobre a dónde dirigirme. No quiero volver a casa y ver a mi familia destrozada, aunque soy consciente de que solo estoy demorando lo que tarde o temprano tendrá que ocurrir, pues no pienso dejar este mundo sin despedirme de ellos. El otro lugar al que podría ir es la habitación de Beth. Allí arriba voy a encontrar a dos jóvenes disfrutando de una vida que a mí me ha sido arrebatada. No parece la mejor idea, pero tampoco tengo otro sitio al que acudir.

Subo las escaleras mientras pienso que, ya que me han jodido la existencia, al menos debería poder volar. Cosas que Hollywood nos ha metido en la cabeza.

«Que te jodan, Casper», pienso, aunque no con sinceridad. Me encantaba esa película de crio.

Las que han dejado de ser un obstáculo son las puertas. Camino por el pasillo, decorado con fotografías de la familia Brown en las que se puede apreciar la evolución de Beth como si de un Pokémon se tratase. Intento dar pasos silenciosos sobre la moqueta. A veces olvido que me he convertido en una puñetera visión… Me castigo demasiado. Ayer mismo disfrutaba de toda mi vitalidad…

Tengo que hacer algo.

Me coloco frente a la puerta de la habitación de Beth y cierro los ojos antes de coger aire. Me tomo esto como si fuese a zambullirme en una piscina. Maldita sea, solo tengo que atravesar una lámina de madera. Allá voy.

Cruzo al otro lado, donde espero verlos hablando de esta nueva amistad que he ayudado a crear. Pero no es eso lo que encuentro. Caleb está sentado en el suelo, con la espalda apoyada sobre los pies de la cama. Tiene el teléfono en la mano y le brillan los ojos. Apostaría que está tratando de no llorar. Miro lo que tiene en la pantalla: Instagram. Hay decenas de publicaciones con la etiqueta #DEPPayton. Es lo que tiene a mi vecino tan abrumado.

Beth está en el escritorio, perdida en su ordenador. También lee las publicaciones de nuestros compañeros de clases en Facebook:


Hay un anuncio en la página de Facebook del William Mayo. El partido de hoy se ha suspendido por el fallecimiento de uno de sus jugadores. Chris ya no tendrá que atiborrarse a Gatorade en el banquillo a la espera de los 2 Minutes Warning. Es la única ventaja que saco de todo esto. Él se lo merece después de mi jugarreta a principio de curso.

La habitación de Beth es peculiar, a falta de un término más apropiado. Tiene las paredes cubiertas de ilustraciones sobre brujas, duendes, elfos y criaturas que provocarían pesadillas a cualquier persona, pero no a ella. Predominan los talismanes de piedras de sal y símbolos de toda índole y culto. También hay fragmentos de textos en los muros: poesías, hechizos y frases motivadoras de lo oscuro. Una de ellas resalta sobre las demás junto a la ventana: «Dios diseñó el mundo como castigo, afróntalo con orgullo». Beth es una chica única; su habitación también.

Algo llama la atención de la anfitriona que la obliga a darse la vuelta. Es el atrapasueños que hay justo encima de la cama, no deja de girar. El azul y blanco de sus hilos se vuelve celeste con el movimiento que entona la melodía de sus pequeñas conchas y caracolas chocando entre plumas que también cuelgan de su circunferencia. Es hipnótico.

—¿Qué ocurre? —pregunta Caleb con la cabeza inclinada hacia atrás.

—¿Correcaminos? —interpela ella sin apartar la vista del repelente indio de malos espíritus.

«¿Eso es lo que soy? ¿Un espíritu de peli de terror?».

—¿Por eso gira esa cosa? Crees que está aquí.

—Es que está aquí, Reynolds.

Beth se levanta de su escritorio y abre la puerta de su armario. Busca en la zona inferior. Saca de él cajas de zapatos, juegos de mesa, disfraces, muñecos espeluznantes… Se deja caer en la cama con una caja de madera. Caleb mira por encima de su hombro.

—No, ni hablar —dice—. Esas cosas me dan mucho repelús.

Es una ouija, bastante vieja, al parecer.

Beth abre la caja y saca de ella un tablero.

—¿Tienes alguna otra idea, Reynolds?

—Podríamos ir a una adivina de esas…

—Ya, Madame Serena, ¿no? —pregunta ella, aun sabiendo que Caleb no lo va a pillar.

Beth se refiere a la pitonisa de Una disparatada bruja en la universidad, una película de finales de los ochenta que ha sido olvidada por todos. De repente, su canción, Never Gonna Be The Same Again, de Lori Ruso, salta a mi cabeza. Ahora Robyn Lively ha sido sustituida por una joven Sabrina cuyos capítulos de la serie de Netflix son demasiado largos y desmotivadores, aunque jamás le daría mi opinión a Beth. Lleva la carpeta de clase cubierta de ilustraciones de sus personajes.

—No tenemos otra alternativa si queremos ayudar a Connor.

—Ayudarle a qué, Beth —se cuestiona Caleb, más asustado que alterado—. Está muerto, no en problemas…

El rostro de Caleb se apaga por un instante y el extraño brillo blanco aumenta brevemente. Se echa las manos a la cabeza antes de darle la espalda a Beth. Cambio de posición para verle. Intuyo que no está demasiado bien. No me sorprende cuando veo una lágrima caer por su rostro, siempre ha sido mejor amigo conmigo que yo con él. Tuvo que pasarlo realmente mal cuando lo expulsé de mi vida. Soy un maldito cretino, nada que no supiera cuando aún vivía.

—Quizá esté atrapado en este mundo —explica Beth al acercarse a Caleb—. Si hay algo que podamos hacer por él…

Caleb borra la tristeza con la manga de su sudadera de One Piece, uno de nuestros animes favoritos.

—Está bien.

Vuelven a la cama, donde se sientan con las piernas recogidas con la ouija entre ellos.

Beth coge la guía triangular con el cristal en medio y la coloca en el centro de la tabla.

—A ver… —comienza—. ¿Hay alguien aquí?

No sé lo que se supone que debo hacer, pero quiero responder.

Estiro el brazo sin tocarles e intento mover la guía que ambos tienen sujeta suavemente con un dedo.

Nada.

—Connor Payton, ¿estás con nosotros? —repite Beth.

Vuelvo a intentarlo. No dejo de hacerlo una y otra vez, hasta que siento cómo mis dedos rozan la superficie de la guía. Apenas se ha movido, solo lo justo para que ellos se miren.

—¿Se ha movido? —inquiere Caleb.

—Eso creo.

—Connor, vuelve a intentarlo. Concéntrate —me sugiere Caleb, menos triste que hace un instante.

Lo hago, unas diez veces. Entonces, la guía se desliza por el tablero y acaba sobre la palabra «Sí».

—Joder —escapa de la boca de Caleb.

—Connor, ¿tienes problemas para continuar tu camino? —lanza Beth al aire.

Mismo procedimiento, una docena de intentos hasta conseguir que el testigo triangular se deslice hasta el «No». Pero no me detengo ahí. Lo arrastro con dificultad hasta las letras que hay repartidas por la parte inferior de la tabla. Tras unos minutos de esfuerzo, consigo mostrar mi primer mensaje:

«No quiero irme».

—Pero, Connor, tienes que continuar —me advierte Beth.

Logro responder: «No preparado».

Es la verdad, no quiero marcharme a donde quiera que vayamos al morir. Quiero ver a mi familia. Necesito averiguar qué fue lo que me ocurrió anoche. Tengo que encontrar respuestas.

—¿Por qué? —pregunta Caleb.

«Respuestas», les digo.

—Supongo que te refieres a saber qué te ha pasado… —dice Beth.

«Sí».

—Vale, no pensaba en someterme a semejante experiencia —responde ella—, pero he decidido que será más sencillo que vuelvas a poseer a uno de nosotros. Y creo que debería ser yo.

«No».

—¿Estás segura? —quiere saber Caleb.

—No te lo tomes a mal, Reynolds, pero eres demasiado asustadizo, o inocente, como quieras llamarlo.

Sin duda alguna, Beth está loca.

—Vamos, Correcaminos. Si quieres respuestas, necesitas poder comunicarte, preguntar, hablar. No todo el mundo va por ahí con una ouija.

No puedo entrar en el cuerpo de una chica. Si el momento del baño con Caleb ha sido incómodo, con Beth sería así a cada instante.

«Caleb».

—Como quieras, Payton, pero soy mejor opción…

—Maldita sea —dice Caleb.

Se levanta de la cama y camina por la habitación. Quizá no debería poseerle otra vez… Si Caleb estuviese en mi… lugar, por así decirlo, no estoy seguro de si yo dejaría que lo hiciese. Él ha sido mi mejor amigo… No pretendo joderle la vida por no haber sabido gestionar la mía. No. No voy a hacerlo, ni con él ni con Beth.

—Connor, quiero que sepas una cosa antes —me dice, con la mirada puesta en la moqueta del suelo—. Si me ofrezco a esto es solo por… —Mira a Beth antes de continuar—. Cuando murió mi padre yo tenía ocho años. Todo se volvió triste, quería llorar a todas horas. Llevábamos en la nueva casa unos meses. Aún no me había atrevido a hacer amigos. Entonces, aparecieron Connor y su madre con un pastel de chocolate en nuestra puerta. Él subió conmigo a mi habitación y, por unas horas, me olvidé de la asquerosa realidad. Fuiste tú, Connor, quien me sacó de aquel agujero oscuro cuando sugeriste que atáramos dos vasos de plástico con un hilo para charlar desde la ventana. Nos pasamos noches enteras hablando… —Caleb sonríe—. ¿Recuerdas el día de Hundir la flota a distancia? Nunca te lo dije, pero hacía trampas, por eso ganaba siempre.

Beth se sienta al borde de la cama con la intención de que Caleb la perciba más cerca. Necesita apoyo en estos momentos.

—Tú me ayudaste entonces y yo lo haré ahora, amigo mío.

Caleb solloza sin importarle que Beth sea testigo de su lado más frágil. Aquellos recuerdos de nuestra niñez me llegan al… ¿corazón, alma? y me obligan a esforzarme para no llorar junto a mi verdadero amigo.

—Déjame ir al baño antes —añade Caleb—. No quiero que tengas que limpiarme el culo.

Beth muestra en su rostro la decepción del momento. Caleb, siempre sincero y natural, acaba de hacer pedazos el instante, y me saca una sonrisa. Sobre todo, al pensar que no tendré que hacer eso que él ha dejado claro.

—La puerta de la derecha —le informa Beth.

Cuando Caleb sale de la habitación, Beth deja la ouija de lado para decirme algo.

—He visto antes en las redes sociales que tu funeral será mañana —comienza—. Lo siento mucho, Payton. Siempre creí que bailaríamos juntos en el reencuentro de nuestra promoción dentro de unos veinte años. Incluso ahora que eras un idiota más de la pandilla testosterona del equipo, con esa cabeza hueca de Jessica al brazo. Eras diferente, tenías algo especial. Un chico cualquiera no se disfraza de zombi clásico cada año para hacer sonreír a una niña perdida en esta ciudad de mierda. Gracias, Correcaminos.

Me cuesta más esfuerzo mover la guía de la ouija sin nadie que la sujete, algo incomprensible para mí. Pero lo hago, recorro el tablero por encima de las letras. Completo poco a poco un mensaje que Beth debe saber antes de que desaparezca del todo, lo que podría ocurrir en cualquier momento. Ella da voz a cada letra que voy señalando. Cuando me detengo en la última, Beth sonríe y llora en silencio.

«Siempre he soñado con que fueses mi chica».

Entonces, ella canta en susurros una canción que jamás admitiría haber soltado por sus labios pintados de negro, sobre todo para un chico. Lo hace mientras seca sus lágrimas con un cojín del emoticono morado del diablo.

I’ve got sunshine on a cloudy day. When it’s cold outside, I’ve got the month of May. Well, I guess you’d say. What can make me feel this way? My girl…

Ya no solo llora ella, también lo hago yo. Y no por haber muerto y perderme toda una vida de posibilidades… Lloro por haber muerto sin haber besado a Beth, la chica de mis sueños.

Caleb entra y le sorprende lo que ve.

—¿Qué ha pasado? —se pregunta.

—Nada, vamos a ayudar a Connor a poseerte.

—Que conste que eso nunca dejará de sonar terroríficamente pornográfico —comenta Caleb, y provoca la risa de Beth.

Y la mía.

—Espero que estés listo, Payton. Caleb, Colócate aquí —le dice y lo posiciona junto a la cama.

—¿Por qué aquí?

—Por si caes de espaldas cuando ocurra.

Me enfrento a Caleb mientras trato de controlar mi «respiración» como si la necesitara para vivir. Es lo que siempre he hecho para concentrarme. Repaso la escena del jardín frente a la casa de Caleb, cada palabra o gesto… Comienzo con el número sobrenatural.

Primero intento entrar físicamente. Ya le atravesé entonces. Puede que funcione así. Pero no lo hace. Actúo como si quisiera detenerle, grito para que me atienda. Sigue sin ocurrir. Entonces, pronuncio su nombre…

—Caleb.

Destello.

Y vuelvo a ser él.


Nunca digas tu nombre

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