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Prólogo a la primera edición

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Este libro fue naciendo de a poco, por efecto de la reflexión entre una clínica que lidiaba con la muerte y una teoría que se entrelazaba con ella. Fue creciendo a través de múltiples notas y observaciones llevadas a cabo a lo largo de los últimos quince años. Darlo a conocer se trasforma en una suerte de imperativo. Tengo la impresión de que podrá ser de utilidad no solamente para los especialistas en el campo de la psicología, sino también para el equipo tratante que enfrenta a diario una multiplicidad de situaciones difíciles que requieren de la mayor cantidad de herramientas posibles. Toda clínica, en tanto aproximación a un sujeto viviente, implica la participación de la ausente presencia de la muerte. En el registro de pacientes que forman parte de este libro, la muerte física tanto se yergue como realidad inminente como se asoma en el horizonte de las posibilidades mediatas. Su título podría también haber sido “Clínica con la muerte natural”. El agregado de la palabra “natural” enfatiza que no habrá de tratarse de la muerte intencional en cualquiera de sus formas, sino de aquella muerte que, inevitable, nos ha de alcanzar un día a todos los aún vivos. Dejamos de lado la consideración de la fascinación por la muerte y la importante temática del potencial genocida humano. Es un libro acerca de la cotidianidad de la muerte. Esta habrá de emerger en su vertiente dramática y escandalosa, por un lado, y en su vertiente natural o “familiar”, por el otro.

Una pregunta se impone en esta semiología introductoria de la muerte: ¿vamos a vérnoslas en estas páginas sólo con la muerte física, con la amenaza al estado de viviente, con el aniquilamiento del cuerpo orgánico, o vamos a considerar también los vericuetos de la muerte psíquica, vale decir, la dimensión de lo inerte, de lo destruido, de lo “aniquilado” en el mundo interno?

Si bien el énfasis de este libro está puesto en considerar al “por morir” en su condición humana de mortal, enfrentado a la inminencia de la descomposición de su carne, no he podido evitar la inclusión de un capítulo de reflexiones acerca de la muerte psíquica. En esas líneas se hace presente la otra muerte, la de adentro, la que mata potencialidades vivientes, la que nos enseña acerca de la visita de la muerte dentro de nuestras mentes, muerte que empobrece la calidad de la vida.

Vivir implica un constante combate lúdico contra las amenazas de la pulsión de destrucción vertida sobre nosotros mismos. El “oficio de vivir”, como lo denominaba Pavese, exige un reto perpetuo, un afianzar palmo a palmo el estado de viviente, cultivando la vida y sorteando los obstáculos negativos. La muerte misma puede ser experimentada como una experiencia final mayor dentro del contexto de la vida o servir de pretexto para empobrecer la calidad de la vida cotidiana.

El dualismo freudiano opone la vida y la muerte, la construcción y la destrucción, lo positivo y lo negativo. Muchos conceptos del campo de la teoría, tales como masoquismo, principio del Nirvana, dolor psíquico, pulsión desobjetalizante (Green, 1986), núcleos aletargados (Cesio, 1958), hacen hincapié en los procesos que desgarran, rompen, sideran el aparato psíquico. Lo “no vivido”, lo “no permitido vivir” constituyen espacios del dominio de lo muerto.

Mi experiencia clínica con pacientes “por morir” se realizó principalmente en el campo de la oncología. En 1980 asistí en la ciudad de Boston a un workshop sobre “Stress, factores emocionales y cáncer”. Lo lideraba el grupo Simonton. En su centro de trabajo, las estadísticas revelaban una sobrevida en pacientes graves del doble de lo esperado. Mi veta de investigadora recibió un estímulo y ya en Buenos Aires decidí intentar corroborar por mí misma ciertas premisas planteadas. Me acerqué con esos fines a Lalcec (Liga Argentina de Lucha Contra el Cáncer), donde el doctor di

Paola fomentó mi interés invitándome a tomar contacto con el Hogar San Francisco. Allí empecé a entrevistar pacientes. Concomitantemente asistía a la sala de Ginecología del Hospital de Clínicas, cuyo jefe era el doctor di Paola hijo, y luego trabajé en el Hospital Rivadavia con el doctor Dante Calandra. Un nuevo proyecto de investigación tuvo lugar en un servicio de oncología del Hospital de Clínicas con los doctores Perazzo, Brosio y Sparrow. A todos ellos les debo el haber podido moverme cómodamente explorando en sucesivas entrevistas distintas situaciones y distintos aconteceres psíquicos.

El cuerpo, ese poderoso regidor de nuestro destino, emerge en estas páginas en primer plano imponiendo su viva presencia mortal. El mundo de las representaciones frente a la muerte, el campo de los afectos donde la angustia juega un rol predominante habrán de ser investigados. Pero el libro no se detiene en el muerto mismo. Va a explorar también el duelo, o sea, el territorio del dolor psíquico en los sobrevivientes, e igualmente considerará, desde los aportes de la antropología, los idearios de la muerte para ubicarla en diversos contextos socioculturales. Se abre camino entonces hacia el luto, los rituales de la muerte, el concepto del cadáver, las ceremonias funerarias, los actos eutanásicos, el tiempo de la agonía, el problema del dolor. En algunas de estas temáticas me detendré especialmente. Otras aflorarán al correr de la pluma dando cuenta de la complejidad del fenómeno muerte.

Es inherente a la vida lidiar con el sufrimiento que, como bien señalaba Freud en 1930, procede de múltiples fuentes: del mundo externo natural, donde la catástrofe es moneda siempre posible bajo múltiples formas (maremotos, inundaciones, incendios, terremotos, tornados, huracanes, tormentas, etc.); del mundo externo humano (guerras, asesinatos, accidentes, pérdida de seres queridos, etc.); del propio cuerpo (enfermedades, amenazas de muerte, etc.); de las relaciones entre los hombres (desamparos, peleas, rivalidades, abandonos, separaciones, malos tratos, etc.). El sufrimiento en tanto lucha frente a los obstáculos de la existencia invoca a la vida. La muerte, en cambio, se dirige a la inmovilidad y al “nunca más”.

También está el hombre como un gran matador ya sea en la realidad ya sea en la fantasía. El deseo vehemente de ejercer la muerte se expresa a través de sus deseos inconcientes o concientes de dar muerte a otros o a sí mismo. La naturaleza violenta humana se manifiesta de diversas formas. Muerte física y muerte psíquica se entrelazan. Freud (1915a, p. 684) enuncia al respecto impactantes frases como: “Somos los descendientes de una incontable sucesión de asesinos” o “La sed de matar está en nuestra sangre”.

La pulsión de vida (Eros) triunfa decididamente cuando el sujeto opera intrapsíquicamente el movimiento de trasformación del narcisismo (Alizade, 1987, véase cap. V) que da acceso a un cierto montante de sabiduría y a un estar en positivo en la vida tomando en consideración al semejante. La alteridad cobra relevancia en el marco de una ética. La existencia se inserta en la primacía del principio de la relatividad y la pulsión de destrucción logra ser domesticada (Freud, 1937). A esta trasformación del narcisismo habré de dedicarle un lugar de importancia.

Como en un rompecabezas, los capítulos se irán ordenando desde un caos inicial. Un cierto comando inconciente dictará las secuencias de escritura dando forma final al libro. Al lector le está encomendada la tarea de hojear el índice y elegir de acuerdo con sus intereses y su inserción científica qué líneas habrá de leer, cuáles le podrán servir en el manejo de sus pacientes, ya provenga del territorio de la medicina, de la enfermería, de la asistencia social, de la psicología, del psicoanálisis, etc., y cuáles le podrán servir quizás en el sendero de reflexión acerca de su propia vida.

Clínica con la muerte

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