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Prólogo

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Era alrededor de la medianoche cuando Stenham salió de la casa de Si Jaffar.

–No necesito que nadie me acompañe –‍había dicho, tratando de sonreír para atenuar el tono de su voz, pues temía parecer aburrido o resultar abrupto, y Si Jaffar, después de todo, tan sólo estaba ejerciendo sus derechos de anfitrión al enviarle una persona para que le acompañara.

–De verdad, no necesito a nadie.

Aunque estuvieran apagadas todas las luces de la ciudad, quería regresar solo. La noche había sido interminable y le apetecía correr el riesgo de equivocarse de calles y extraviarse temporalmente; si alguien le acompañaba, el largo paseo sería casi como una continuación de la velada transcurrida en el salón de Si Jaffar.

En cualquier caso, era ya muy tarde. Todos los varones de la casa se habían acercado a la puerta; algunos de ellos, incluso, se encontraban afuera en el húmedo callejón e insistían en que el hombre fuera con él. Las despedidas de la familia eran siempre largas y prolijas, como si se marchara al otro lado del mundo en lugar de dirigirse al extremo opuesto de la Medina, y aquello le gustaba porque formaba parte de lo que él suponía debía de ser la vida en una ciudad medieval. Sin embargo, era desacostumbrado en ellos imponerle la presencia de un protector y consideró que no existía justificación para ello.

En la oscuridad, el hombre caminaba a grandes pasos delante de él. “¿De dónde le habrán sacado?”, pensó, al contemplar de nuevo al barbudo y espigado bereber con sus harapientas vestiduras montañesas, tal y como le había visto por primera vez bajo la mortecina luz del patio de Si Jaffar. Recordó en ese momento el alboroto y los susurros que se habían levantado en un extremo de la sala hora y media antes. Siempre que surgía este tipo de discusiones en presencia de Stenham, Si Jaffar hacía un enorme esfuerzo por distraer su atención, iniciando el relato de una historia. Esta tenía en general un comienzo bastante prometedor. Si Jaffar sonreía, irradiando satisfacción a través de sus anteojos, pero con la atención puesta claramente en el sonido de las voces que llegaban desde la esquina. Con lentitud, a medida que los susurros de la otra conversación se iban atenuando, sus palabras se hacían más vacilantes y sus ojos comenzaban a oscilar de uno a otro lado, al tiempo que su sonrisa terminaba por paralizarse hasta perder toda significación. La historia nunca llegaba a su fin. De improviso, exclamaba: “¡Ajá!”, sin causa alguna que lo justificara. Acto seguido batía las palmas solicitando rapé, o agua de azahar, o astillas de madera de sándalo para alimentar el brasero; de súbito se ponía incluso más contento, y acaso golpeaba la rodilla de Stenham con aire juguetón. Una comedia similar se había desarrollado esta noche alrededor de las diez y media. Al recordarla ahora, Stenham resolvió que el motivo de la misma había sido la repentina decisión de la familia de facilitarle alguien que le acompañara de regreso al hotel. Ahora recordaba que tras la discusión, Abdeltif, el primogénito de la familia, había desaparecido una media hora, durante la cual había estado sin duda buscando al guía.

El hombre estaba agazapado en la oscura entrada del patio, tras la puerta, cuando ellos salieron afuera. Resultaba un poco violento porque Stenham sabía que Si Jaffar no era un hombre acaudalado, y aunque un pequeño servicio como este no resultaba excesivamente caro, con todo, era preciso pagarlo; Si Jaffar lo había expresado con claridad:

–No dé nada a este hombre –‍había dicho en francés‍–‍. Ya me he encargado yo.

–Pero si no le necesito –‍había protestado Stenham‍–‍. Conozco el camino. Acuérdese de la cantidad de veces que he vuelto solo.

Los cuatro hijos de Si Jaffar, su primo y su yerno habían murmurado al unísono: “No, no, no”. Y el anciano, por su parte, le había dado unas afectuosas palmaditas en el brazo.

–Es mejor así –‍dijo, con una de sus muy formales reverencias.

Era inútil oponerse. El hombre permanecería a su lado hasta haberle entregado al vigilante nocturno del hotel y desaparecería después engullido por la noche para regresar al oscuro rincón de donde hubiera salido. Y Stenham no le vería nunca más.

No había un solo transeúnte en las calles. Stenham pensó que hubiera sido posible recorrer la mayor parte del camino siguiendo calles un poco más frecuentadas, pero saltaba a la vista que su acompañante prefería las más vacías. Sacó su pequeña linterna de dinamo y comenzó a apretarla, dirigiendo el pálido rayo hacia el suelo, a los pies de aquel hombre. El zumbido de la linterna, semejante al que produciría un insecto, hizo que su acompañante se diera la vuelta con un gesto de sorpresa en el rostro.

–Luz –‍dijo Stenham.

El hombre gruñó.

–Hace mucho ruido –‍protestó.

Él sonrió y dejó que la luz se desvaneciera. “¡Cómo le gusta jugar a esta gente!”, pensó Stenham. “Este hombre está jugando ahora a policías y ladrones; siempre están al acecho de algo o acechados por alguien.” “La pasión oriental por las complicaciones, la línea enrevesada, los arabescos”, le había asegurado Moss, pero Stenham no estaba seguro de que se tratara de eso. De igual modo podía obedecer a un profundo sentido de culpabilidad. Se lo había sugerido a Moss, pero este se había burlado de él.

Las calles embarradas bajaban y bajaban. No había un solo palmo de terreno nivelado. Tenía que avanzar con los tobillos rígidos y todo el peso del cuerpo apoyado sobre las yemas de los dedos del pie. La ciudad dormía. Había un profundo silencio, sólo interrumpido por el sonido de sus pies al caminar sobre el fango. El hombre, descalzo, avanzaba sin hacer el menor ruido. En ocasiones, cuando el camino no atravesaba callejas interiores sino espacios abiertos, una solitaria gota de lluvia caía pesadamente del cielo, como si una gran pieza de ropa húmeda e invisible estuviera colgando a unos metros de la tierra. Pero todo era invisible: el lodo de la calle, los muros, el cielo. Stenham apretó de súbito el botón de la linterna y pudo ver una instantánea rápidamente evanescente del hombre que avanzaba delante de él con su chilaba parda y de su sombra gigantesca proyectada contra las vigas que formaban el techo de la calle. El hombre gruñó de nuevo a modo de protesta.

Stenham sonrió: el inexplicable comportamiento de algunos musulmanes le divertía y siempre lo disculpaba, porque, como decía él, ningún no-musulmán sabía bastante acerca de los musulmanes como para atreverse a criticarlos. “Están lejos, muy lejos de nosotros”, se decía. “No tenemos ni idea de lo que motiva su conducta.” Había una cierta hipocresía en la actitud de Stenham; en realidad, deseaba convencer a los otros de la existencia de este abismo casi infranqueable. El simple hecho de que él fuera capaz de empezar a insinuar las creencias y propósitos que se agitaban en lo más profundo de ese abismo le hacía sentirse más seguro de sus propias tentativas de analizarlos y le proporcionaba un cierto sentimiento de superioridad del que en modo alguno renegaba; no en vano había soportado los rigores de Marruecos durante muchos años. La presunción de saber algo que los otros no podían saber era una pequeña indulgencia que se permitía a sí mismo, una prima por antigüedad. Estaba secretamente convencido de que los marroquíes eran muy parecidos al resto de los mortales, de que las diferencias atañían en muy buena medida al mundo ritual y a los detalles, e incluso de que la fina cortina de magia a través de la cual contemplaban la vida no era demasiado complicada ni tampoco aportaba a sus percepciones mayor profundidad. Le gustaba que este bereber anónimo y descalzo quisiera guiarle a través de los túneles más oscuros y menos frecuentados de la ciudad; no le importaba el deseo de mantener la discreción que mostraba aquel hombre. Eran gentes nocturnas, felinas. No era casual que en Fez no hubiera perros. “Me pregunto si Moss se habrá dado cuenta de eso”, pensó.

De vez en cuando tenía la clara impresión de que estaban atravesando una calle o un espacio abierto que él conocía a la perfección pero, de ser ello así, el ángulo de encuentro con dichos lugares resultaba inesperado, por lo que las familiares paredes (si en verdad lo eran) parecían empequeñecidas o distorsionadas a la luz del destello rápidamente desfalleciente con que él las iluminaba. Empezó a sospechar que la planta de suministro eléctrico había sufrido una importante avería: la corriente seguía cortada casi con toda seguridad, porque parecía del todo imposible haber avanzado tan largo trecho sin tropezarse con, al menos, una farola encendida. Sin embargo, estaba acostumbrado a transitar por aquellas calles en la oscuridad. Conocía muchos caminos para cruzar la ciudad en cualquier dirección, y hubiera podido encontrar la forma de llegar al hotel con los ojos vendados siguiendo varias de estas alternativas. En efecto, vagar por la Medina a la caída de la noche se asemejaba bastante a recorrerla con los ojos vendados; era preciso dejarse guiar sobre todo por los oídos y la nariz. Sabía cómo sonaba cada tramo de los caminos conocidos al recorrerlos de noche. Había dos elementos a los que debía prestar una particular atención: el ruido que hacían sus pies al caminar y el sonido del agua detrás de las paredes. Las pisadas tenían una infinita variedad de matices, dependiendo de la dureza de la tierra, la anchura del callejón y la altura y configuración de los muros. En el paseo de Lemtiyine existía un lugar entre la curtiduría y una pequeña mezquita donde el eco resultaba sobrecogedor: reverberaciones tensas, metálicas, que vibraban entre las fachadas como disparos musicales. Había lugares donde sus pisadas eran casi mudas, lugares donde el sonido era único, sólido y compacto, para morir súbitamente, o donde, al avanzar a lo largo de los desiertos corredores, los pasos sucesivos producían un sonido cuyo tono se elevaba de forma imperceptible, de modo que su caminar era como una escala ascendente primorosamente graduada, hasta que de improviso un muro que sobresalía o un túnel inesperado dispersaba la escala y comenzaba otra parte del largo nocturno que revelaría poco a poco y a su debido tiempo su propio trazado musical. Y con el agua, en sus cursos infinitos tras los tabiques de piedra y tierra, sucedía otro tanto. Raramente visible, pero casi siempre presente, se precipitaba rauda por debajo de los inclinados callejones, aquí como un murmullo, allí tan sólo goteando; al otro lado de la pared de un jardín chapoteaba o se derramaba para crear una fuente, caía con un sonido hueco y profundo en una cisterna invisible; o bien, de repente, se convertía sin pudor en el brazo del río que chocaba de forma estruendosa contra las rocas (con lo que, en ocasiones, el viento transportaba por encima de los muros el frío vapor que ascendía del río y acababa mojando su rostro); a la altura de la panadería el agua estaba represada y permanecía casi inmóvil, las ratas se aprovechaban de ello para bañarse.

Había experimentado tan a menudo los dos registros sonoros simultáneos producidos por el agua y las pisadas, que a Stenham le parecía que debía conocer de memoria cada rincón de la ciudad. Pero ahora era muy diferente, y cayó en la cuenta de que lo que él conocía era sólo un contorno, una cierta secuencia cuyas partes se hacían irreconocibles al presentarse fuera de su contexto acostumbrado. Sabía, por ejemplo, que para hallarse tan cerca de la rama principal del río como se encontraban en esos instantes tenían que haber cruzado en algún punto la calle que conducía de la mezquita Karouine a la Zaouia de Si Ahmed Tidjani, pero le resultaba imposible recordar cuándo había sucedido eso; no había reconocido nada.

De improviso supo dónde se encontraban: en una calle estrecha que recorría un pequeño montículo situado sobre el río, justo debajo de la gran masa de muros que formaban el Fondouk el Yihoudi. Estaba bastante lejos de su camino, lejos al menos de cualquier ruta imaginable entre la casa de Si Jaffar y el hotel.

–¿Por qué hemos venido hasta aquí? –‍preguntó Stenham, indignado.

El hombre fue innecesariamente brusco en su contestación, pensó Stenham:

–Camine y cállese –‍dijo.

“La verdad es que siempre son bruscos”, se recordó a sí mismo; nunca terminaría de asumir su curiosa mezcla de rebuscada circunspección y brutal aspereza, y casi soltó una carcajada al recordar cómo habían sonado cinco segundos antes aquellas ridículas palabras: Rhir zid o skout. En unos cuantos minutos más habían rodeado el Fondouk el Yihoudi y atravesaban un húmedo jardín bajo los bananos; las pesadas hojas de estos, igual que harapos, dejaban caer gotas frías al contacto con ellas. “Si Jaffar se ha superado a sí mismo esta vez.” Decidió telefonearle al día siguiente e inventar una buena historia a costa de lo ocurrido. Zid o skout. Sería un lema divertido que la familia podría compartir durante las próximas dos semanas mientras tomaran el té.

Era una extraña noche de verano; un frío como el del inicio de la primavera cortaba el aire. Una gran nube espesa se había desgajado del otro lado del Djebel Zalagh y formaba una techumbre sobre la ciudad, encerrándola en un inmenso recinto cuyo aire inmóvil tenía el perfume de la tierra húmeda y fresca. Mientras se adentraban en silencio hacia las calles que coronaban la colina, una lechuza ululó por encima de sus cabezas.

Cuando llegaron a la puerta exterior del hotel, Stenham apretó el botón que hacía sonar un timbre situado en una especie de cuartito, cercano a la oficina donde permanecía el vigilante nocturno. Por un momento pensó: “No va a sonar. Esta noche han cortado la luz”. Pero recordó al instante que el hotel tenía su propio sistema de suministro eléctrico. Habitualmente pasaban cinco minutos largos antes de que se encendiera la luz del patio, y otros dos o tres más antes de que el vigilante llegara a la puerta. Esta noche, sin embargo, la luz se encendió de inmediato. Stenham se aproximó a las grandes puertas exteriores y echó una ojeada a través de la rendija que quedaba entre ellas. El vigilante se encontraba justo al otro lado del patio hablando con alguien.

Ah, oui –‍le oyó decir.

“Un europeo en el patio a esas horas”, pensó Stenham con cierta curiosidad, tratando de no perder detalle. El vigilante se estaba acercando. Como un niño travieso, retrocedió a toda velocidad y se guardó las manos en los bolsillos contemplando con aire indiferente la pared. Entonces se percató de que el guía había desaparecido. Tampoco se oían los pasos del bereber en su retirada; sencillamente se había esfumado. Se oyó el sonido del pesado cerrojo de la puerta al descorrerse y apareció el vigilante nocturno con su guardapolvo caqui y su turbante blanco; en su rostro se reflejaba aquella expresión de desasosiego que le era tan propia.

Bonsoir, M’sio Stonamm –‍dijo.

A veces hablaba en árabe, otras en francés; era imposible saber qué idioma elegiría en cada ocasión. Stenham le saludó, escudriñando el patio para ver quién estaba con él. No vio a nadie. Los dos vehículos de siempre estaban allí: la camioneta del hotel y el viejo Citroën que pertenecía al dueño, aunque nunca lo utilizara.

–Qué poco ha tardado usted esta noche –‍dijo Stenham.

Oui, M’sio Stonamm.

–¿Por casualidad estaba fuera, cerca de la puerta?

El vigilante titubeó.

Non, m’sio.

Decidió abandonarle en lugar de terminar desesperado con aquel hombre, lo cual habría de ocurrirle a buen seguro si proseguía con su interrogatorio. Una mentira no es una mentira; es tan sólo una fórmula, un sucedáneo, una perífrasis, una manera cortés de decir: “Ocúpese de sus asuntos”.

Llevaba la llave en el bolsillo, así que se fue directamente a su habitación por la parte trasera del hotel, un poco avergonzado por haber empezado a curiosear. Pero cuando se encontró de nuevo en su cuarto de la torre, asomado a la ciudad invisible que se extendía allí abajo, llegó a la conclusión de que su curiosidad estaba justificada. No era sólo la mentira manifiesta del vigilante lo que le había incomodado; era más importante el hecho de haber ido en todo momento a remolque del extraño comportamiento del bereber: el innecesario rodeo, las bruscas órdenes reclamando silencio, la inexplicable desaparición antes de que tuviera la oportunidad de entregarle los treinta francos que tenía preparados para él. Pero tampoco era eso, recapacitó, retrocediendo mentalmente hasta la casa de Si Jaffar. Toda la familia había insistido con gran solemnidad para que alguien le acompañara en su regreso al hotel. Eso también parecía formar parte de una conspiración. Rehusó asociar todas estas circunstancias, y en lugar de ello atribuyó lo ocurrido a la tensión que se respiraba en la ciudad. Desde el día, hacía ya un año, en que los franceses –‍más irresponsables que de costumbre‍– habían depuesto al Sultán, la tensión había estado latente en Fez, y él había sido consciente de ello en todo momento. Pero era una cuestión política, y la política sólo existe sobre el papel; ciertamente, la política de 1954 no tenía una verdadera conexión con la misteriosa ciudad medieval que él conocía y amaba. Hubiera sido demasiado simple establecer una relación lógica entre lo que sabía su cerebro y lo que veían sus ojos; pero le parecía más entretenido jugar aquel pequeño juego consigo mismo.

Noche tras noche, cuando Stenham cerraba la puerta de su habitación, el vigilante subía las empinadas escaleras que conducían a la torre del ancien palais y apagaba con un chasquido una detrás de otra las luces de los pasillos. Cuando desaparecía de nuevo escaleras abajo y se desvanecía el sonido de sus pisadas, sólo se oía el silencio profundo de la noche, interrumpido, si soplaba el viento, por el susurro de los álamos en el jardín. Esta noche, cuando las lentas pisadas se aproximaron a la caja de la escalera, en lugar del familiar chasquido del interruptor sobre la pared exterior, Stenham percibió una suerte de vacilación, y acto seguido unos golpes quedos sobre la puerta. Se había quitado ya la corbata, pero estaba aún vestido. El vigilante sonrió disculpándose, no por cierto arrepentido de la mentira que había dicho en el patio, observó Stenham, al contemplar aquel rostro melancólico y sumiso. A lo largo de las cinco temporadas que había pasado en el hotel, Stenham no había visto jamás otra expresión distinta en la cara de aquel hombre. Si el mundo seguía su curso, envejecería y moriría como vigilante nocturno del Mérinides Palace, sin haber imaginado ninguna otra posibilidad para su propia vida. En esta ocasión habló en árabe.

Smatsi. M’sio Moss me manda porque quiere saber si irá a verle.

–¿Ahora? –‍dijo Stenham con incredulidad.

–Ahora. Sí.

El vigilante rio tímidamente, con infinita amabilidad, como si pretendiera dar a entender que su conocimiento del mundo era en verdad considerable.

El primer pensamiento de Stenham fue: “No puedo permitir que Moss empiece a hacer cosas de estas”. Contemporizador, dijo:

–¿Dónde está?

–En su habitación. Número catorce.

–Sí, ya sé el número –‍dijo Stenham‍–‍. ¿Va a volver de nuevo a su habitación para llevarle mi mensaje?

–Sí. ¿Le digo que va a ir?

Stenham suspiró.

–Sí. Pero estaré sólo un minuto.

Esta última aclaración caería en saco roto; el vigilante se limitaría a decirle que Monsieur Stonamm vendría enseguida, y desaparecería sin más. Antes de marcharse inclinó la cabeza y dijo: “Ouakha”. Después cerró la puerta.

Se puso de nuevo la corbata delante del espejo del armario. Era la primera vez que Moss le había enviado un mensaje a esas horas, y sentía una cierta curiosidad por saber qué había llevado al inglés a variar su código de estricta discreción. Consultó su reloj; pasaban veinte minutos de la una. Moss iniciaría una serie de floridas disculpas por haber perturbado su trabajo, al margen de que creyera haber causado o no tal interrupción; Stenham alentaba en sus conocidos la impresión de que trabajaba día y noche. Ello le aseguraba una mayor intimidad, y además, ocasionalmente, si el tiempo estaba revuelto, se iba a la cama temprano y podía añadir una página más a la novela que distaba muy mucho de estar concluida. La lluvia y el viento confundidos en la oscuridad de la noche le aportaban el estímulo necesario para sobreponerse a la fatiga. Esta noche, en cualquier caso, no hubiera trabajado: era demasiado tarde. El día comenzaba en Fez bastante antes del amanecer, y le causaba un enorme disgusto pensar en la posibilidad de que no estuviera durmiendo antes de que la primera llamada a la oración preludiara el potente canto del gallo, el cual iría extendiéndose lentamente sobre la ciudad y no declinaría hasta bien entrada la mañana. Si estaba despierto cuando los almuecines iniciaran sus cantos, no habría esperanzas de poder conciliar el sueño. En esta época del año, comenzaban a las tres y media.

Miró las páginas mecanografiadas, esparcidas sobre la mesa, colocó un grueso cenicero de porcelana sobre ellas y se dio la vuelta con intención de salir. De repente se quedó pensativo durante unos instantes y guardó todo el manuscrito en un cajón. Se acercó a la puerta, lanzó una mirada breve e impaciente hacia su cama y salió por fin. La llave estaba unida a un pesado distintivo de níquel que sintió como hielo al guardarla en el bolsillo. Una corriente fría e intensa ascendía hacia la torre por el hueco de la escalera. Bajó tan silenciosamente como pudo (no porque hubiera alguien a quien pudiera molestar), fue tanteando su camino a lo largo del oscuro vestíbulo y se dirigió a la terraza. La luz de la entrada donde se encontraba la recepción reverberaba en el húmedo suelo de mosaico. Ya no caían del cielo gotas aisladas de lluvia, pero una ligera brisa agitaba el aire. El jardín inferior estaba muy oscuro; una delgada verja de hierro forjado situada junto a la piscina sultana le guio hasta el patio donde, en los días soleados, Moss y él compartían a veces el almuerzo. Las farolas que normalmente alumbraban la gran puerta de la habitación número catorce no habían sido encendidas, pero unas estrechas bandas de luz se filtraban desde el cuarto entre los postigos cerrados. Al golpear la puerta, un animal sobresaltado, acaso una rata o un hurón, escapó a toda prisa escabulléndose entre las plantas y las hojas secas. El hombre que abrió la puerta, con rígido ademán, se hizo a un lado para franquearle el paso. Stenham le veía por primera vez en su vida.

Moss estaba en el centro de la habitación, justo debajo de la gran araña de luz, alisándose nerviosamente el bigote y con una expresión consternada en el semblante. El único sentimiento que Stenham pudo percibir en su interior fue un sincero deseo de no haber golpeado la puerta y poder seguir estando afuera en la oscuridad de la noche como cinco segundos antes. Hizo caso omiso del hombre que estaba allí.

–Buenas noches –‍saludó a Moss, con una entonación que pretendía comunicar un aire de desenfadada cordialidad. Pero Moss permaneció tenso.

–¿Quiere pasar, por favor, John? –‍dijo secamente‍–‍. Tengo que hablar con usted.

La casa de la araña

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