Читать книгу Las mil y una noches personistas - VV. AA - Страница 15
II
ОглавлениеLa mesa está puesta con el mantel blanco bordado en punto cruz, las copas del juego, los platos de loza con florcitas rococó y el hilo dorado en los bordes. La comida empieza a enfriarse. Eva y María están sentadas con las piernas estiradas, la madre va y viene por el comedor con el guardapolvo colgando de una manga.
—Su padre fue un cobarde. Fue un traidor.
Eva y María la miran, incrédulas.
—No hables así de papá –se enoja Eva.
—Vos callate, que me rompiste la libreta cívica. Tita votó y yo no.
—Basta con eso, mamá –Eva pierde la paciencia.
María le acaricia el brazo. La hermana sonríe con amargura. La madre agarra un cuchillo de la mesa, quiere cortar el pan. Eva se lo saca de la mano.
—Dejala, tiene hambre –dice María.
—Si se corta, la llevás vos a la guardia. El año pasado pasamos la Nochebuena en el hospital. Dale que dale con el abrelatas.
—Era de platino –dice la madre–. ¿Dónde quedó?
—Sí, el abrelatas era de platino, ahora el abrelatas era de platino –refunfuña Eva.
María se ríe, abraza a la madre y le pega una suave patadita a la hermana por debajo de la mesa. Eva trae de la cocina un sifón. Levanta la tapa del wok, huele con placer.
Lo bueno de esto es que metés todo adentro y se cocina solo.
La madre juega a que es un pato:
–Wok, wok, wok –grazna divertida–. Ahora todo es wok, no hay ollas. Tu padre trabajaba en La Bernalesa argentina, menaje de aluminio, baterías de cocina, ollas con tapas de colores. Gracias a La Bernalesa compramos esta casa, con el crédito del Banco Hipotecario. Veinticinco años nos dieron para pagarlo.
—¿Te das cuenta, Eva? Está más conectada que vos y yo juntas. No hay de qué preocuparse. A comer.
—Hay que guardarle pollo a Juancito –dice la madre.
—A Juancito le vamos a hacer un enema de pollo con las sobras –dice María. Eva se ríe.
La madre va a la cocina y empieza a revolver las alacenas.
—¿Tiraron las ollas de aluminio? Su padre se va a enojar cuando vuelva de la fábrica.
Eva mira a María con aprensión. María le pide con un gesto que se calle.
—Manijas de baquelita, tapas rojas, verdes y amarillas, bien torneadas, perfectas. Claro que conservar ese trabajo no fue moco de pavo –dice la madre.
—Ya empieza –dice Eva.
—¿Dónde están? –grita la madre.
—No desordenes, mamá. Después tengo que juntar yo.
—Las tiraron, son capaces –las mira amenazante–. Todo plástico, no respetan nada, wok, wok, wok.
María la sienta suavemente a la mesa. Empieza a servir la comida con amargura. La madre recita:
—“Siempre sonríe en sus retratos porque su sueño se cumplió, miles de escuelas para niños y el pueblo fiel, trabajador” –toma un sorbo de vino, se lleva un trozo de pollo a la boca–. “Siempre sonríe en los retratos…” –se adormece con la comida en la boca.
Eva se levanta y enciende la radio, sintoniza un tango y sacude el brazo de la madre para que se despierte. La madre se sobresalta. Al cabo de unos instantes empieza a cantar sobre la voz de Julio Sosa. Se levanta, da unos pasos. Se vuelve a sentar.
—¿Qué estaba haciendo yo? –pregunta.
—Saboreando el pollito que preparó Eva.
—¿No esperamos a papá?
—Mamá, papá falleció hace muchos años, lo sabés, no te hagas la loca.
—Renunció al partido, cobarde.
—Mamá, comé por favor, se enfría.
—No pusieron el nailon, se va a ensuciar el mantel –grita la madre–. Los chicos manchan todo. Lo bordó la abuela de ustedes. Ni luz había y ella bordaba junto a la lámpara de querosén. Y ahora los chicos lo van a estropear todo.
—¿Qué chicos?
—Juancito, Eva, María.
—Juancito ya es un hombre, mamá.
—Un turro. Eva está acá. ¿La ves? Y yo soy María –la toma de los brazos y le acerca la cara, las narices casi se tocan–. María, tu hija menor.
—Ya sé –la empuja–. ¿Qué soy, boluda yo?
La madre se mira el guardapolvo como si en ese momento se diera cuenta de que lo tiene puesto; trata de sacárselo, María la ayuda.
—A mí me gustaba enseñar a leer y a escribir a los niños –dice suavemente.
—Era hermoso ser maestra, ¿no?
—Oír sus vocecitas, verlos juntar las palabras, descubrir las frases –recuerda la madre.
—Mi libro de lectura tenía un conejo en la tapa –dice María.
—El conejo Pon pon –se alegra la madre.
—Mi ma-má me mi-ma –dice Eva como si estuviera leyendo.
—To-ma la ta-za del a-sa –sigue María.
Eva agarra el sifón y le tira un chorro a la hermana.
—To-má la so-pa, ne-na –ríe.
María se seca entre carcajadas y va hacia la heladera, vuelve con una sidra, la destapa. El estampido sobresalta a la madre, que empieza a cerrar puertas y ventanas.
—Escondan todo, escondan todo.
María la tranquiliza.
—Es el tapón de la sidra, mamá, no pasa nada. Dame tu copa.
Le sirve primero a la madre, después a la hermana. Eva le echa media copa de sidra en la cabeza a María. María la baña con un chorro de soda.
—To-da pa-ra ti, Mo-no-na –se burla María, muerta de risa.
—¡El agua no es para jugar! –se enoja la madre. Eva y María dejan el sifón sobre la mesa–. No derrochemos el agua que Dios nos dio –dice la madre–. “Dio trabajo y bienestar al pueblo trabajador. El trabajo dignifica. La sonrisa en sus retratos es como un rayo de sol” –la madre se chupa la sidra que le cayó en la blusa. Las hijas beben–. “Alma de la piedad y la ternura. En vos confiamos” –recita la madre. Se queda mirando la nada–. Les voy a mostrar algo.
Va al dormitorio, se oyen ruidos de objetos que caen. Vuelve al comedor con varios libros de lectura. Las tres se sientan muy apretaditas una al lado de la otra en el sofá. Apoya los libros sobre la mesita. La madre abre un libro, en la primera página se ve el retrato de Eva Perón. La madre lee:
—“En vos confiamos, alma de la piedad y la ternura”. –Abre otro libro–: “Tú, hombre rubio que has llegado de lejanos países, cultiva en paz el campo” –la madre las mira, satisfecha.
–Es lo que recita siempre –dice María.
La madre da vuelta la hoja y lee:
—“Dio trabajo y bienestar al pueblo trabajador, su sonrisa en los retratos es como un rayo de sol. ¿Quién es, quién es?” –sonríe cada vez más contenta.
—Eva Perón –dice Eva.
Suena el timbre, la madre toma los libros y quiere correr hacia el dormitorio.
—No abras, no abras –grita.
—Mamá, tranquila… María pidió helado de crema que tanto te gusta ponerle a la ensalada de frutas.
—Mi mamá me compraba helado de crema para mi cumpleaños.
—Seguí mostrándonos los libros, son preciosos.
Saborean el postre en silencio. La luz de la lámpara enfoca la inclinación de las tres mujeres sobre las páginas amarillentas, se oye el tintinear de las cucharitas en las compoteras. La madre está calma. Da vuelta las hojas, acerca su nariz y las huele. Susurra:
—“Así como mi madre es el ángel tutelar de la casa, Eva es el alma tutelar de los niños” –mira a sus hijas, les acaricia el pelo, las mejillas.
—¿Y Juancito?
—No pudo venir, mamá. Habrá tenido un inconveniente.
—Pero es de noche. Está oscuro. Hay que ir a buscarlo.
María toma uno de los libros entre las manos, mira la tapa. Nivel inicial, año 1953. Primer grado inferior. Eva lo abre, se sorprende.
—Mirá, ahí la tenés.
—¿A quién?
—A Tita. Esta es la famosa Tita.
Ven el dibujo de una mujer de trajecito sastre, casquete y guantes, la cintura diminuta, una gran sonrisa; está poniendo el voto en la urna.
—Tita votó –lee Eva.
—Y yo no –dice la madre–. Porque vos me mamarrachaste la libreta cívica y me la rompiste. Tita votó y yo no.
—Yo no te mamarracheé nada –protesta Eva–. No empieces.
La discusión se diluye bajo el sonido de la radio, mientras el helado se derrite en las compoteras. Por la ventana entra un olor intenso a jazmín del país; desde el interior se puede ver la luna.
—Tita votó y yo no –repite la madre.