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Cuestión de tiempo,

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por Miguel Gaya

Dicen que vivimos en un pueblo atrasado, y parece que los hechos le dan la razón a quien lo afirma. Algunas cosas del progreso se toman su tiempo para llegar, como la luz eléctrica, o la televisión, y hasta la revolución industrial, que hay quien dice que por acá no pasó. Y dicen que no se trata de distancias, sino más bien de extravíos. Hay cosas que tardan en llegar, porque vaya a saberse a dónde van primero.

Así pasó con la llegada del hombre a la Luna, que en mi pueblo cayó como en el 69; y el Cordobazo, del que se empezó a hablar en el 72. Tanto es así que el destacamento de milicos, que nadie recordaba por qué había quedado ahí, durante la época de los alzamientos militares tuvo muchos inconvenientes con las lealtades. El oficial a cargo se desayunaba con una proclama, y para cuando ensillaban para plegarse, los golpistas se habían rendido, o llamaban a elecciones. Así que un día se hartó, mandó dejar los caballos a la sombra y se puso a leer El desierto de los tártaros. Dicen que en el último capítulo para y vuelve a empezar.

Los que no hicieron eso de ponerse aparte fue un grupo de municipales que decidió apoyar al coronel Perón en el 45, cuando lo pusieron preso en Martín García. Apenas el diario local publicó la noticia, se incautaron de un camión de la Municipalidad y partieron a defender al líder. Al llegar a Chascomús les preguntaron que dónde estaban las compañeras que tenían que votar por vez primera, así que de allá se volvieron, confundidos pero contentos. Unos pocos años después, cuando volvieron a incautarse del camión para defender otra vez al General, esta vez de las bombas, ya les costó un poco más volver, y volvieron taciturnos y más graves.

La última vez que se llevaron el mismo camión fue en el 74, para festejar un triunfo. Vaya a saberse para qué fecha llegaron a la Capital, si es que pudieron. Nunca más nadie los vio. Se perdieron en algún lugar del conurbano, haciendo sonar los bombos y agitando las banderas.

Nosotros, cuando vamos a la Capital, vamos derecho al centro. Si la ciudad nos pone recelosos, el conurbano nos asusta, así que tratamos de evitarlo lo más posible. Demasiado inconmensurable, dicho esto por hombres acostumbrados a la llanura. Así que de las versiones nos enteramos mucho más tarde, y después de todos estos años las seguimos escuchando, y relatando cuando volvemos al pueblo.

Dicen que justamente allí, en el conurbano, a veces se puede ver el camión, el Mercedes Benz gris de la Municipalidad, pasar a lo lejos. Y a veces también, o las más de las veces, no se lo ve, pero se escuchan los bombos, las consignas. Que los obreros que esperan los colectivos en la oscuridad, o que pedalean en la bicicleta que los acerca a la estación de tren, lo han visto, o intuido, en las madrugadas de junio, o en las lloviznas de agosto. Lo oyen pasar, como a varias cuadras de distancia, tal vez por una avenida vacía, o incluso por alguna diagonal llena de pozos y niebla.

También hablan de que la policía ha salido a buscarlo, al camión, y que no han podido hallarlo. Y que alguna vez lo han cruzado, pero que se han vuelto sin hacer nada, demudados, sin decir lo que vieron o sintieron.

Y también dicen que a veces, a la noche, se oye la tos agónica del motor, y el eco de las consignas, y el golpetear del bombo. Que a veces se escucha apagado, lejos, y otras, dicen los que lo cuentan golpeándose el pecho, se escucha acá.

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