Читать книгу En sintonía con tu ciclo femenino - Алиса Витти - Страница 10

Pongamos fin a
nuestra des-educación

Оглавление

A las mujeres nos enseñan a ver nuestro cuerpo como un proyecto por terminar, en el que siempre hay que estar trabajando, mientras que los chicos, ya desde muy jóvenes, aprenden a ver su cuerpo como un instrumento para dominar su entorno.

GLORIA STEINEM

Recuerdo claramente el día en que por fin nos tocaba la lección sobre reproducción humana en nuestro libro de texto de la clase de Biología de octavo curso. Me encantaba nuestro profesor, el señor Bing. Adoraba la escuela. Y mi asignatura favorita era Biología. Para mí representaba el punto de encuentro entre la filosofía, el arte y la naturaleza, era perfectamente apta para estudiarla. Esperaba tener un día maravilloso en clase. Empezamos como de costumbre, el señor Bing daba una breve introducción sobre el tema; a continuación teníamos quince minutos para leer la sección relacionada con ese tema, en el libro de texto; luego venía el debate, las preguntas y la asignación del proyecto. Anteriormente, estos proyectos incluían labores como replicar un modelo de ADN, hacer un corte transversal en una célula y diseccionar ojos de vaca y ranas. Uno de mis proyectos favoritos fue elegir un árbol y observarlo desde el invierno hasta que floreciera en primavera, recoger muestras del desarrollo del capullo hasta convertirse en flor, prensarlos y hacer esbozos de los componentes de las plantas. Ese proyecto me enseñó mucho sobre el ritmo natural de la vida: esperar el crecimiento del capullo hasta convertirse en flor, ver su florecimiento y, por último, contemplar cómo se marchita. Esa lección se me quedó grabada, pero a pesar de lo que me había gustado, el tema que íbamos a tratar era otro nivel muy distinto. Estaba sentada en mi pupitre, con dificultades para controlar mi entusiasmo, mientras el señor Bing hacía la introducción del tema: la reproducción humana. A continuación me puse a leer. Secuencialmente, lo que sucedió fue que primero leímos sobre cómo se generaban los espermatozoides. El lenguaje era potente, era algo así como:

Los testículos son como grandes centrales eléctricas que producen eficientemente. Generan de doscientos a trescientos millones de espermatozoides al día. Cada espermatozoide es en sí mismo un sistema de entrega perfecto de material genético para el óvulo –la forma, la cola, los nutrientes que le dan su movilidad–, todo exactamente orquestado para lograr su meta final: llegar el primero al óvulo para compartir sus genes.

«¡Vaya! Qué brillante es el diseño de la naturaleza, y si yo tuviera bolas, me sentiría orgullosa», pensé.

Me fui a la sección de reproducción femenina. Estaba impaciente por leer las increíbles hazañas del funcionamiento de mi cuerpo femenino. Pero lo que me encontré fue algo así como:

Después del desarrollo y la liberación de un óvulo del ovario, pueden pasar dos cosas en el proceso reproductivo femenino. En caso de concepción, las paredes se engrosan, el útero crece, se forma la placenta y empieza el milagro de la vida en los seguros confines de la matriz. De lo contrario, las paredes se descaman y se expulsan, y el ciclo vuelve a empezar.

«¿Eso es todo?», pensé.

Me llamó la atención el cambio de tono, el tratamiento banal del proceso y la superficialidad de los principales sucesos que nos ocurren, como sangrar sin morirnos y, sí, claro, la impresión en 3D de seres humanos diminutos. ¡Casi nada! El libro de texto insinuaba decepción si no concebíamos. Presentaba el proceso hormonal como algo válido solo para los que están fuera de nosotras: los hombres para la procreación y los bebés para su impresión en 3D. Bueno, en aquel entonces, solo tenía catorce años, ¿qué sabía yo? Pero era una chica que estaba tan fascinada y entusiasmada por esta fase de su vida que había creado el «Club del ciclo» con sus tres mejores amigas, unos pocos años antes de nuestra primera clase de educación sexual, en sexto. El Club del ciclo tenía dos funciones principales: 1) apostar sobre quién lo tendría primero, y 2) justificar visitas frecuentes al lavabo durante la hora de comer y los descansos para comprobar si alguna de nosotras había empezado a sangrar. Estaba a años luz de sentir fascinación por la idea de explorar mi condición de mujer. Me tomé la insulsa descripción del sistema reproductor femenino del libro de texto como algo personal. Me resultó ofensiva.

Y la desconexión no terminó allí. En el transcurso de mis años de estudiante, me encontré con el mismo tono extraño y visión profundamente inquietante sobre el evidente poder de nuestro cuerpo en todos los contextos que describían nuestro proceso biológico, desde el señor Bing de la clase de Biología hasta los venerables pasillos de la Universidad Johns Hopkins, donde estudié mi pregrado universitario. Desde descripciones mecánicas sobre la duración de lo que podía considerarse un ciclo «normal» hasta el marco de tiempo para la dilatación del cuello del útero durante el parto, todo estaba presentado de una forma seca y clínica, que nada tenía de poderosa para las mujeres. Por supuesto, todo ello implicaba insidiosamente que si nos desviábamos de los parámetros considerados normales, se nos juzgaba como decepciones anormales de la naturaleza y requeríamos una intervención médica.

Lo que leía no solo me ofendía, sino que me cabreaba. ¿Dónde estaba la descripción que complementara la visión positiva de la producción de esperma? Yo quería leer algo parecido a esto:

El sistema reproductor femenino es el mayor logro de la evolución y la reproducción humana. Eficiente y sumamente adaptable, siete hormonas trabajan perfectamente orquestadas para hacer que se produzca un proceso muy refinado, en un determinado ciclo mensual: el desarrollo de múltiples folículos, la ovulación, la fabricación del revestimiento uterino (para preparar una posible concepción) y la expulsión de dichas paredes si la concepción no tiene lugar. Cuando esta se produce, el proceso de gestación es absolutamente asombroso. El índice de crecimiento del feto es posible gracias a los extraordinarios cambios hormonales femeninos, la función inmunitaria y el metabolismo. Y el hecho de que este proceso también beneficia a la madre es igualmente notable. El proceso del parto y del alumbramiento, que parece plantear un riesgo físico extremo, es el mejor ejemplo de la transformación del cuerpo de la mujer en un canal de poder, para traer al mundo con seguridad al bebé sin que peligre su propia vida. La potente biología del cuerpo femenino soporta este proceso menstrual y reproductivo convirtiéndose en el mejor instrumento para extraer los micronutrientes de los alimentos, teniendo el sistema inmunitario más desarrollado y contando con un metabolismo ligeramente más lento para retener los nutrientes el máximo tiempo posible, antes de que el aparato excretor se haga cargo de ellos, y con más conexiones de fibras nerviosas entre los dos hemisferios del cerebro. Esta precisión biológica garantiza que la mujer sea sensible consigo misma, con su cuerpo, con su comunidad y su entorno, de manera que puede tomar las mejores decisiones para su bienestar, pues tiene el privilegio de contar con el diseño de la naturaleza, para asumir la gran responsabilidad de crear la siguiente generación de seres humanos. Y cuando no está creando un ser humano, todos estos sistemas y aparatos están a su servicio para que sea una líder fuerte y en sintonía con su comunidad y con el mundo.

El hecho de que no sea esto lo que se enseña a los jóvenes –chicas y chicos– es trágico y SIMPLEMENTE DESASTROSO. Como persona que se ha pasado la vida estudiando la sinfonía hormonal femenina y que ha dedicado su carrera a ayudar a las mujeres a sincronizar sus ciclos, puedo afirmar que una descripción de admiración menos inspiradora que esta no sería fiel a la verdad, ni siquiera se acercaría a ella.

Pasaron muchos años hasta que supe la razón por la que el proceso reproductivo femenino no era explicado en toda su gloria, como debería ser. Lo que descubrí me dejó estupefacta. Es muy simple, reconocer el poder del proceso reproductor en la mujer podría cambiar la dinámica de poder de nuestra cultura global. Si todos admitimos que, biológicamente, las mujeres no somos el sexo débil, muchas de las normas sociales tendrían que cambiar para que pudiéramos desempeñar un papel igualitario en la sociedad. Y parece que al patriarcado no le ha interesado mucho que esto ocurra. No es necesario que te recuerde los miles de años de opresión que llevamos sufriendo las mujeres de todas las culturas. Pero el hecho de que incluso la educación que recibimos sobre nuestro cuerpo, desde cómo es descrito en los libros de texto hasta cómo es tratado (o representado peyorativamente) en la comunidad médica, es bastante revelador: no solo respalda y refuerza esa opresión, sino peor aún, nos hace cómplices para que seamos nuestras propias opresoras. Si estamos convencidas de que estamos destinadas a sufrir y que no podemos esperar que nuestro cuerpo funcione sin síntomas, no creeremos que tenemos poder alguno para mejorar nuestra función hormonal.

Si no sabemos lo que está pasando realmente en nuestro cuerpo –si nuestra biología es nuestro punto muerto–, no podemos valernos por nosotras mismas. No sabemos quiénes somos. No nos educan para creer que la naturaleza nos ha dotado con un diseño privilegiado y que estamos perfectamente capacitadas para dirigir. Y por esta razón, delegamos nuestro poder de mil formas distintas cada día, desde negar nuestra propia naturaleza intentando encajar en una cultura predominantemente machista hasta sufrir, sin necesidad alguna, por nuestras crecientes disfunciones hormonales, reprimiendo nuestra potente fuerza vital, porque jamás se nos ha enseñado a cuidar como corresponde de nuestro hermoso y complejo organismo.

Seamos sinceras. Nuestra clase de educación sexual fue pésima. Los medios y los mensajes publicitarios nos han bombardeado diciendo que nuestro periodo era algo sucio que teníamos que esconder. Este mito y la falta de educación impiden que nos cuidemos adecuadamente. Nuestra cultura nos ha convencido de que nuestro cuerpo es un proyecto inacabado en el que siempre hemos de estar trabajando, mientras que el de los chicos es un poderoso instrumento que les sirve para ser los amos de su vida. ¿Te parece raro que no estemos en sincronía con nuestro cuerpo? Debido a esta introducción defectuosa a nuestra condición de mujer, intentamos reprimir nuestra biología porque creemos que nos ayudará a tener más éxito. Y eso no funciona. Has fracasado en todo aquello de lo que has intentado librarte, como tus kilos de más, el síndrome premenstrual y el acné. Tus intentos para ascender puestos en el mundo empresarial o para montar tu propio negocio ponen en riesgo tu salud más de lo que te puedes permitir. Además de extralimitarte con trabajo que no se ve, el trabajo formal y la maternidad, has de sumar tu afán de querer ser perfecta en tus actividades para tu bienestar. De lo que no nos damos cuenta es de que nos esforzamos innecesariamente, habiendo agotado la energía que necesitamos para crear, porque buscamos ayuda en las dietas, en los protocolos de curación y en herramientas para administrar el tiempo que excluyen el ciclo femenino. La mayor parte de los consejos que estamos siguiendo son para hombres –y esto es muy fuerte–, nada menos que dando por hecho que también se pueden aplicar a las mujeres. Tengo que decirte algo: eso no es así.

Nuestra des-educación es profunda. ¡Y ha de tocar a su fin, ­ahora!

En sintonía con tu ciclo femenino

Подняться наверх